sábado, 12 de septiembre de 2009

Brasil: ¿subimperio o potencia alternativa del sur?

El predominio de la opción militar en Brasil, como quedó de manifiesto en el reciente acuerdo con Francia para la compra de naves y tecnología de guerra por $12 mil millones de dólares, solo acentúa las contradicciones y limitaciones del proyecto hegemónico sobre el conjunto de la sociedad brasileña.
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
(Fotografía: los presidentes Nicolás Sarkozy y Lula da Silva)
¿Brasil está “condenado” a repetir, en América del Sur, el desarrollo imperialista de los Estados Unidos en América del Norte? Esta es la pregunta que surge tras el anuncio, el pasado 7 de setiembre, de la firma de un acuerdo entre los gobiernos del país suramericano y el de Francia para la compra de helicópteros, submarinos y tecnología francesa para la fabricación de un submarino nuclear, por un monto de $12 mil millones de dólares.
El avance que ha tenido el proyecto hegemónico brasileño durante el ambiguo escenario de los dos gobiernos de Lula da Silva y del Partido de los Trabajadores, simplemente es incuestionable. Se trata de un proyecto cuyas raíces se extienden casi hasta el surgimiento del Imperio de Brasil en el siglo XIX (1822-1889), y que, desde distintos ámbitos de acción (geopolítico, cultural, económico, tecnológico-militar), expresa fundamentalmente los intereses de la burguesía y de las élites militares por convertir al país en una potencia regional y global.
La punta de lanza de esta iniciativa es la afirmación de la superioridad militar de Brasil en América Latina, su “zona de influencia” más inmediata. De acuerdo con el informe anual del Instituto de Estudios para la Paz de Estocolmo, el gasto brasileño en este rubro fue de más de $15 mil millones de dólares en 2008, muy por encima de los $6,5 mil millones de la alianza colombiano-estadounidense.
Distintos analistas latinoamericanos observan en este “rearme” brasileño una prueba más de la “independencia” relativa que ha alcanzado América Latina, en los últimos años, con respecto de los Estados Unidos.
También señalan el acuerdo franco-brasileño como la respuesta obligada de Brasilia al acuerdo Washington-Bogotá, que permitirá al ejército estadounidense hacer uso de siete bases militares en Colombia. En este sentido, Roberto Godoy, especialista brasileño en asuntos militares, afirmó que “probablemente esto [la alianza estratégica con Francia] es el inicio, aunque eso nadie lo admite porque puede traer consecuencias diplomáticas, de un camino que dará al país el mayor poder de fuego naval en América Latina” (Página/12, 07-09-2009).
Desde Puerto Rico, Carlos Rivera considera que el vínculo militar Brasil-Francia puede “contrarrestar las movidas recientes de Estados Unidos para trastocar la situación geoestratégica en la región” (ver: “Nuestra América se arma contra el imperio”). Y desde Uruguay, Raúl Zibechi escribe sobre el nacimiento de “un complejo militar-industrial autónomo […] que consigue blindar la Amazonia y las reservas de hidrocarburos descubiertas en el litoral marítimo brasileño” (ver: “El definitivo adiós al patio trasero”).
Tales interpretaciones, con un fuerte acento en la cuestión militar, válidas para leer estos acontecimientos desde una perspectiva estrictamente geopolítica, no son tan útiles para analizar el tema desde un enfoque popular-emancipatorio.
El predominio de la opción militar en Brasil solo acentúa las contradicciones y limitaciones del proyecto hegemónico sobre el conjunto de la sociedad. Contradicciones, porque ese gasto, escandaloso en tiempos de crisis económica -que pesa sobre todo en los más pobres- y revelador de las prioridades del gobierno, constituye un aldabonazo para el nuevo complejo militar-industrial, en detrimento de las demandas sociales insatisfechas y las más legítimas aspiraciones populares, que claman por la transformación de las estructuras de exclusión.
Y limitaciones, porque el Brasil potencia se construye casi exclusivamente hacia afuera (rasgo esquizofrénico de la formación de los Estados latinoamericanos), mientras a lo interno el poder oficial continúa esforzándose en ser un eficiente administrador de la desigualdad: Brasil es la novena economía del mundo, pero ocupa el lugar número 70 en el Índice de Desarrollo Humano del PNUD (datos del informe 2007-2008).
Además, según lo denunció recientemente el Movimiento de los Sin Tierra (MST), aproximadamente el 47% de la propiedad de la tierra está concentrada en el 1% de la población (Adital, 12-08-2009): esa fauna latinfundiaria que, como certeramente lo explica Aníbal Quijano, “sigue empleando con los trabajadores los mismos exactos procedimientos del antiguo señorío terrateniente latinoamericano, que fue terminando en todo el resto de la región a fines de la década de 1960: abusa, maltrata, tortura, mata a sus trabajadores” [1].
El mandato de Lula da Silva termina el próximo año. Su proyecto político, en especial aquellos aspectos más cuestionados por el campo popular, como la continuidad del neoliberalismo, el “imperialismo” financiero-comercial y la postergación de la reforma agraria, muy probablemente será profundizado a favor de los intereses de la centro-derecha opositora, representada por José Serra, quien avanza como favorito en las encuestas de intención de voto.
Sin el liderazgo carismático de Lula en el impulso a la integración regional, o empleando el poder suave para la mediación en conflictos latinoamericanos, ese poderío militar forjado en sus dos gobiernos podría cubrirse con una sombra de incertidumbre. ¿Se utilizará para resguardar los intereses de la élite transnacional que detenta el poder? ¿Para reprimir al pueblo brasileño, a los campesinos sin tierra, a los sindicatos y organizaciones populares? ¿O servirá para conspirar ahora, como ya ocurrió durante la década de 1970, contra los gobiernos socialmente más radicales de América Latina (Bolivia, Ecuador o Venezuela)?
Lejos aún de la posibilidad de emprender un proyecto político nacional-popular y emancipador, con continuidad en el tiempo, Brasil parece estar más cerca de convertirse en un imperio esquizofrénico –o subimperio, función que alguna vez desempeñó en el siglo XX-, que en una potencia alternativa del Sur: reconocida por sus esfuerzos en la construcción de un mundo multipolar y la promoción del bienestar de los pueblos y no, como ahora, por favorecer el bienestar de los estados financieros de la industria militar, y cuidar, de paso, los sacros privilegios del statu quo.

NOTA
[1] Quijano, Aníbal (2004). El laberinto de América Latina: ¿hay otras salidas?, En publicación TAREAS, nº 116, enero-abril. Centro de Estudios Latinoamericanos "Justo Arosemena" (CELA), Panamá. Pp. 45-74.