sábado, 18 de agosto de 2012

Centroamérica: De las Banana Republic a la cultura del Estado fallido

De la cultura de la Banana Republic, pasamos a la cultura del Estado fallido: esa que un día busca en los TLC la tabla del salvación al abismo de la pobreza, y al otro, mira en la soluciones militares y policíacas la solución a los problemas creados por décadas de rechazo y posposición de políticas públicas de desarrollo humano. Tal es la mentalidad sumisa y colonizada de la clase política y de los grupos que realmente tienen el poder en la región.

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

El pasado fin de semana, 72 marines llegaron a Guatemala para participar en operaciones antidrogas y en entrenamientos en tácticas de montaña en la selva del Petén.
Históricamente, la visión de los grupos dominantes estadounidenses sobre Centroamérica –la visión imperial- ha pretendido justificarse sobre un supuesto básico pero falaz: que los pueblos de esta parte del mundo, díscolos, corruptos, rebeldes y proclives a las revoluciones, son incapaces de gobernarse por sí mismos, y que por lo tanto, requieren la tutela de una nación civilizada, fuerte y organizada para conducirlos hacia su desarrollo (pensado siempre desde la perspectiva de los poderosos civilizadores).

Crónicas de viajes, partes diplomáticos, discursos políticos, obras literarias y algunos elementos de la historia oficial, dan cuenta de la forma en que esa construcción ideológica, de marcado acento colonialista, y sus correlatos políticos y económicos, se fueron imponiendo poco a poco entre amplios sectores de la población centroamericana, entre su clase política y sus oligarquías, hasta convertirse en sentido común dominante de la cultura regional. De ahí surgió, en buena medida, esa cultura de la resignación y la docilidad ante la intervención extranjera que caracterizó el tiempo de las Banana Republic.

Entre finales del siglo XIX y principios del XX, cuando los Estados Unidos desplazaron a Gran Bretaña como potencia hegemónica en América Central y el Caribe, esa visión imperial, con rasgos más o menos expansionistas, más o menos intervencionistas según los interéses de la época y los gobiernos de turno, también se convirtió en paradigma de las relaciones entre Centroamérica y el vecino del norte.

Dana Gardner Munro, diplomático norteamericano que recorrió y estudio nuestra región en las primeras décadas del pasado siglo, y autor del libro Las cinco repúblicas de Centroamérica (1918), expresaba bien esta aspiración cuando escribió: “Los intereses de Estados Unidos en el istmo son mucho mayores que los de cualquier otra potencia extranjera. (…) al igual que otros países localizados en el Mar Caribe, las cinco repúblicas son una de las áreas más prometedoras para la expansión del comercio estadounidense y de la inversión de nuestro capital. (…) Es inevitable, por lo tanto, que Estados Unidos ejerza una influencia decisiva en los asuntos internos de las cinco repúblicas”[1].

Desde la segunda mitad del siglo XX, la convergencia entre las estrategias de “protección de los intereses” de los Estados Unidos en Centroamérica, por un lado, y la cultura política –de Banana Republic- de las oligarquías y grupos económicos locales, por el otro, abrió las puertas de  una progresiva penetración militar en nuestra región que, al cabo de los años, se fue sofisticando para adaptarse a los tiempos de paz y de guerra, sin abandonar sus objetivos estratégicos de control y dominación.

Porque, qué duda cabe, estamos en tiempos de guerra. De otra manera, no se podría explicar la llegada, en días pasados, de un contingente de 72 marines estadounidenses y 4 helicópteros equipados con última tecnología llegó Guatemala, a bordo de uno de los aviones militares más grandes del mundo (el Galaxy C-5), para, según las versiones oficiales, realizar tareas de apoyo a la lucha contra el narcotráfico, entrenarse en tácticas de montaña en la selva del Petén y desplegar misiones humanitarias en esta zona (Siglo21.com.gt, 12-08-2012). Todo esto en el marco de la Operación Martillo que ejecutan trece países latinoamericanos y europeos bajo la coordinación del Comando Sur. 

Y ocurre ahora en Guatemala, como se ha repetido en los últimos meses en Centroamérica con motivo de las cumbres presidenciales de seguridad regional; de las donaciones de equipo y vehículos militares de Estados Unidos a El Salvador; de los anuncios de nuevas bases militares en Honduras; de los ejercicios navales conjuntos en torno al Canal de Panamá y la militarización de la policía de ese país; o de los acuerdos de patrullaje conjunto que permiten el ingreso de naves de guerra en aguas de Costa Rica; ocurre, decíamos, que gobiernos y sesudos analistas del establishment, apoyados por los grandes medios de comunicación, intentan justificar esta presencia e intervención extranjera en función de los objetivos de la guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado, y en última instancia, como consecuencia de la incapacidad de los Estados fallidos centroamericanos de combatir esos flagelos.

Así, de la cultura de la Banana Republic, pasamos a la cultura del Estado fallido: esa que un día busca en los TLC la tabla del salvación al abismo de la pobreza, y al otro, mira en la soluciones militares y policíacas la solución a los problemas creados por décadas de rechazo y posposición de políticas públicas de desarrollo humano. Tal es la mentalidad sumisa y colonizada de la clase política y de los grupos que realmente tienen el poder en la región. Los mismos que, aunque vive en estas tierras, tiene su cabeza y sus aspiraciones en Miami o la sucursal de ocasión del paraíso del consumo y la acumulación.


NOTA

[1] Munro, Dana G. (2003).  Las cinco repúblicas de Centroamérica. Desarrollo político y económico y relaciones con Estados Unidos. San José, CR: Editorial de la Universidad de Costa Rica – Plumsock Mesoamerican Studies. Pp. 333 y 346.