sábado, 11 de marzo de 2017

La otra izquierda en Guatemala

Resulta sin sentido hacer la diferenciación entre izquierda democrática y revolucionaria. Hoy estar en la izquierda es ser antineoliberal y demócrata a ultranza. El proyecto transformador como dice Enrique Dussel en sus “20 tesis sobre política”, ha borrado las fronteras entre reforma y revolución.

Carlos Figueroa Ibarra / Especial para Con Nuestra América
Desde Puebla, México

Recién he terminado de leer dos libros que  me impactaron. El primero son las memorias políticas del recordado  Américo Cifuentes Rivas, “Memorias de mi generación” (USAC-DGI, 2015). El  segundo, el de Félix Loarca Guzmán, “Asesinato de una esperanza” (USAC-CEUR, 2009), que resume una amplia investigación documental y periodística. Ambos libros son fuentes importantes para reconstruir la historia de una vertiente fundamental de la izquierda guatemalteca.  En los documentos que leíamos los militantes revolucionarios en la segunda mitad del siglo XX, aprendíamos que había dos izquierdas en el país: “la izquierda revolucionaria” y “la izquierda democrática”. Bien vistas las cosas, estas dos vertientes de la izquierda ya estaban presentes en la coalición de partidos que  se forjó en la década revolucionaria y que terminó apoyando al Presidente Jacobo Arbenz durante su gobierno.

El Partido de Acción Revolucionaria (PAR), el Partido de la Revolución Guatemalteca (PRG) y el Partido de Integridad Nacional (PIN), fueron parte diferenciada de la vertiente marxista representada en aquel entonces por el Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT). La restauración oligárquica de 1954  destruyó a los  tres primeros, mientras el PGT sobrevivió convirtiéndose en la matriz de las organizaciones revolucionarias después agrupadas en la URNG. La otra izquierda, se reconstruyó primero en el Partido Revolucionario (PR) y después en la Unidad Revolucionaria Democrática (URD, después FURD y FUR) y también en el Partido Socialista Democrático (PSD). A diferencia de la izquierda revolucionaria que buscó destruir el orden reaccionario instaurado en 1954 a través de la lucha armada y con un proyecto encaminado al socialismo, la izquierda democrática buscó desmantelar ese orden a través de la lucha pacífica y electoral y con un proyecto socialdemócrata.

Los libros mencionados reconstruyen los avatares de esta izquierda que dio al más grande líder político de la segunda mitad del siglo XX en Guatemala, Manuel Colom Argueta. También retratan a los otros dos grandes líderes, Adolfo Mijangos López y Alberto Fuentes Mohr. Fue esta izquierda democrática, que incluye a las bases democristianas y a algunos de sus dirigentes, una fuerza heroica que se enfrentó electoralmente a una dictadura militar y terrorista. Resulta estremecedor leer en los libros de Américo Cifuentes y Félix Loarca, cómo Adolfo Mijangos López vaticinó su asesinato después de ganar una diputación en 1970. O cómo en su última entrevista después de la inscripción del FUR como partido, Colom Argueta expresó que sería asesinado. Finalmente, advertir cómo la dictadura le dio registro al PSD mientras tenía ya montado el operativo que asesinó a Fuentes Mohr.

El mundo ha dado muchas vueltas después de la muerte de estos tres grandes dirigentes. Resulta sin sentido hacer la diferenciación entre izquierda democrática y revolucionaria. Hoy estar en la izquierda es ser antineoliberal y demócrata a ultranza. El proyecto transformador como dice Enrique Dussel en sus “20 tesis sobre política”, ha borrado las fronteras entre reforma y revolución. En América Latina podemos ver revoluciones que hacen reformas y reformas que hiladas son procesos revolucionarios.

El socialdemócrata consecuente hoy tiene voluntad posneoliberal.  Y el socialista revolucionario realista, también.