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sábado, 31 de enero de 2026

Una interpretación hegeliana de la realidad actual

 Hoy los bloques, a pesar de la crisis de Occidente, están, podría decirse, empatados. Trump no es la causa de esta crisis, ni del desbarajuste de la geopolítica mundial, sino su síntoma,  su producto.

Mariano Ciafardini / Para Con Nuestra América
Desde Buenos Aires, Argentina


Aplicar las categorías hegelianas a la realidad del presente implica necesariamente reformularlas al menos  en parte,  ya que para Hegel  Espíritu Absoluto culminaba (y con él la historia humana)  en los momentos en que el escribía, es decir en los comienzos del S XIX, cuando,  en Jena, en 1806, al ver pasar a Napoleón, le  escribió a Niethammer que había visto pasar “al espíritu del mundo a caballo” (die Weltseele zu Pferde).
 
Desde la perspectiva actual y con toda la visión privilegiada que tenemos de la antropología y de la historia, si se comprende  que la historia humana está en un punto de inflexión tan trascendente que resume no diez, ni cuarenta, ni siquiera mil, sino cerca de 100.00 años de existencia de la humanidad[1], es decir desde el comienzo de la violencia entre los seres humanos con el advenimiento de la sociedad de clases y la dominación y explotación del “hombre por el hombre” (Marx dixit), la “realización del espíritu” como la más alta forma de realización de la historia para un hegeliano consecuente, estaría por darse actualmente ( en un largo proceso ) con el fin de la modernidad  capitalista  y el   comienzo de una nueva era. Si esto es así  los análisis sobre la coyuntura política mundial actual (y sus impactos hacia el interior de cada país)  deben hacerse con mucho cuidado  porque solo estaríamos hablando de síntomas de un cambio gigantesco de la historia humana. Es decir que  en este sentido dialéctico cualquiera que intente sacar conclusiones inmediatas o que se aferre a viejos esquemas de análisis, particularmente a los del siglo XX, está expuesto a cometer graves errores.
 
Evocan también a Hegel los términos de Fidel Castro sobre la “crisis civilizatoria”, que estaríamos viviendo  y   que implicaría  un cambio de toda la civilización y no solo de una forma hegemónica por otra, y ni siquiera de  la finalización de un “unipolarismo” y su reemplazo por un “multipolarismo”. Todo estaría yendo  mucho más allá de ello. Insistimos, no hay que olvidar que fue el propio Marx el que predijo que después del capitalismo, como ultima forma de “explotación del hombre por el hombre” (y con ello se está refiriendo a un proceso de miles de años), no iba a surgir otra forma nueva de dominación del ser humano por el ser humano sino  una sociedad sin clases y eso, si uno se detiene a pensar, es un cambio no solo político y económico, sino un cambio en la forma de existencia de la humanidad. ¿No es el tembladeral de hechos contradictorios confusos y muchas veces descabellados a los que estamos asistiendo actualmente un anuncio de los prolegómenos de ese cambio trascendental? Hegel diría que el espíritu, que se había extraviado con el comienzo y durante toda la era de la violencia y la dominación de unos  seres humanos por otros (la dialéctica del amo y del esclavo), comienza a reencontrarse a sí mismo con la realización de la Razón, iniciada (en forma abstracta) con el iluminismo y la Revolución Francesa y llevada a su última instancia (diríamos nosotros) con el advenimiento del marxismo y la realización de la racionalidad comunista.
 
Es cierto, hablando de la coyuntura actual  que están ocurriendo hechos nunca antes vistos en el ámbito geopolítico. La otrora “Alianza Atlántica”  entre EEUU y Europa Occidental, que viene incluso desde antes de la formación de la OTAN,  está en una crisis estructural  y que la desaparición del dominio unipolar  del mundo por dicha alianza  es ya un hecho. Todos lo dicen.  Es simplemente describir una evidencia.
 
Pero incluso esto  es, para nosotros, no más que  un síntoma  de este cambio tremendo que sintetiza un devenir humano milenario.
 
El eje chino-ruso aparece como una novedad en torno a la cual se van  articulando alianzas como la OCS, los BRICS+ y la Franja y la Ruta (proceso que  obviamente  no está exento de marchas y contramarchas) y le hace contrapeso a un “occidente” en crisis.
 
El panorama mundial ya no es el de una bipolaridad como la del siglo XX en el que la URSS mantenía un precario equilibrio basado en el poderío nuclear frente a un capitalismo todavía pujante, que cada vez le sacaba más ventajas  en términos de desarrollo sobre todo tecnológico y científico, principalmente a partir de la década de 1960, lo que terminó siendo una de las causas fundamentales de la caída del país socialista. 
 
Hoy los bloques, a pesar de la crisis de Occidente, están, podría decirse, empatados. Trump no es la causa de esta crisis, ni del desbarajuste de la geopolítica mundial, sino su síntoma,  su producto.
 
Es cierto también  que el desarrollo chino aparece como imparable,  cualesquiera  que sean las medidas que se tomen en su contra. Rusia se encuentra a punto de ganar la guerra de Ucrania de forma contundente a pesar de la desesperada Europa  que además está en la crisis más profunda desde la constitución de la UE, lo que implica nada más ni nada menos que Rusia está derrotando a la OTAN. El genocidio de Gaza no logró exterminar a Hamas y ha dejado a Israel  en las peores condiciones geopolíticas de su historia, mientras que las rivalidades entre países musulmanes como Egipto, Arabia Saudita e Irán,  en los que se basaron gran parte de los triunfos militares israelíes hasta ahora,  está desapareciendo con acuerdos recientes con el padrinazgo de China y Rusia Es decir  se está reconfigurando la situación de oriente medio que venía desde la finalización dela segunda guerra mundial.
 
Pero a diferencia de la larga historia anterior de la humanidad  la llamada “trampa de Tucídides”[2] pareciera que no va a funcionar esta vez.
 
Ni “occidente” pareciera que fuera a desaparecer como actor político y económico relevante (too big to fall),  ni tampoco que vaya a  aparecer  ningún nuevo hegemón, ni  menos aún  un nuevo imperio. Tanto EEUU como la UE, a pesar de sus crisis  son  todavía estructuras políticas económicas y sociales  muy fuertes  y ni China ni Rusia están interesadas en ninguna debacle occidental que las arrastraría a ellas también  y ni que hablar del resto del mundo. Por lo tanto todo ello  no lleva a una multipolaridad estable  que se vaya a instalar permanentemente sino a una tensión, a una gran contradicción dialéctica, que debe resolverse.  Y, como ya sabemos, precisamente por Hegel mismo,  que las contradicciones dialécticas no se resuelven en favor de uno de otro de los extremos  sino como  síntesis superadora de ambos polos manteniendo esencias de los dos.
 
Estaríamos frente al  gran final de una era milenaria. En la que, y ahora si en términos absolutamente hegelianos,  habiéndose pasado del mero “entendimiento” de la horda primitiva  a momento de la conciencia (particularmente conciencia del yo, es decir conciencia de la conciencia  (Fenomenología del  Espíritu) el espíritu se desgarró  en enfrentamientos a muerte sometimientos brutales  y formas de explotación y sobre todo guerras en una extensa era de miles de años. Ahora estaría reencontrándose.
 
 Pero además,  y coincidiendo históricamente  (y diría Hegel  no casualmente) con ello,  otra particularidad asombrosamente descuidada, cuando no gravemente ignorada en la mayoría de los análisis geopolíticos actuales,  es la, por ahora imparable, crisis ecológica del planeta, cuya principal manifestación  hoy es el calentamiento mundial producido por las altas emisiones de carbono,  generadas principalmente por las emisiones industriales, automotrices y la producción de alimentos entre otras cosas. Ello, que está llevando a una suerte de “suicidio planetario”, tarde o temprano, terminará por preocupar seriamente, sino aterrorizar,  a la gran mayoría de la población mundial, cuando sus lamentables efectos sean más evidentes. Y nos referimos a toda la población mundial,  ya que el daño esta vez no dejará a nadie afuera y es inevitable para todos,  aún para aquellos con fortunas personales, o con la ilusión de una supuesta supervivencia en búnkeres de lujo.
 
Este no es un dato menor, teniendo en cuenta que  la única solución posible  a este problema terminal,  si es que se está aún a tiempo de evitarlo,  es cambiar las pautas de consumo  global, lo que implica una reformulación gigantesca  de usos y  costumbres alimentarias y de formas de vida  de la población mundial  en diversos sentidos según el país o la clase social de que se trate  y, con ello una gran transformación de todo el aparato productivo,  de construcción,  de comunicaciones, etc. que ha de implicar, necesariamente, la afectación de intereses corporativos  y personales, de la propiedad privada y estatal y de las transacciones financieras en un nivel nunca visto . Y todo ello es imposible precisamente sin decisiones políticas, es decir sin  lograr  una gobernanza política  mundial en serio,  compartida por los principales actores del poder internacional   y el consenso  duro de la mayoría del resto, que implique una planificación política económica y social  que pase por encima de las estructuras de propiedad privada y estatal actuales e imponga las nuevas  pautas de consumo y de producción  determinadas por un consenso científico mayoritario global , y las haga cumplir (¿no suena esto a cierto nivel de socialismo internacional , aunque  sea de nuevo tipo?). Hegel nos hablaría aquí de un reencuentro del hombre y la naturaleza del sujeto y del objeto, ya no en un yo sino en un nosotros, características puras de la realización de la idea o del Espíritu Absoluto.
 
Por supuesto, y a contramano de lo que es todavía moneda común de nuestros días, todo ello implicaría,  también y prioritariamente, hacer desaparecer definitivamente  algo que no solo es contaminante sino totalmente inútil para la supervivencia del ser humano y que conspira incluso en su contra, como lo es la fabricación de armas del tipo que sean, y con ello, en forma consecuente, de las guerra lo que hasta ahora ha sido inimaginable ¿No evoca ello acaso el reencuentro de la humanidad con la naturaleza, de la que partió , otra de las características de la realización final de la historia en términos hegelianos?
 
Todo  ésta reinterpretación  podría decirse que “adolece” de un optimismo ingenuo  o de  no ser más que la expresión de un simple deseo personal, pero llamativamente coincide en mucho con las geniales predicciones de Hegel traídas al siglo XXI fundadas en su concepción de la historia (siempre según nuestra punto de vista) y las del propio Marx (hegeliano si los hubo) que predijo literalmente la finalización de la gran era de la violencia y su reemplazo por el comunismo.
 
Para finalizar entonces,   según las afirmaciones de Hegel y de Marx,  un nuevo mundo tiene que ser posible a riesgo de la desaparición de la humanidad  por una hecatombe nuclear o por razones de destrucción del equilibrio ecológico. El tembladeral político y económico  y ecológico actual, aunque parezca contradictorio,  podría estar anunciándolo. Sería el triunfo de la Razón con mayúsculas, la realización plena del “concepto”, superador del Ser abstracto, puramente objetivo  y de la esencia, puramente subjetiva. En suma el triunfo final de la cooperación y la convivencia pacífica y comunitaria de los seres humanos. Lo contrario contradeciría las predicciones de los dos más grandes pensadores de la humanidad desde el siglo de la luces.


[1] Incluimos aquí una especulación temporal calculando  el  inicio de las guerras tribales (guerra de todos contra todos  muy anteriores, según nuestro punto de vista,  a la aparición de la agricultura y los grandes imperios del comienzo del neolítico, según Childe y otros).

[2] Concepto de relaciones internacionales que describe el riesgo de guerra cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia dominante.

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