Trump no lo ha dicho tan explícitamente como en Gaza, pero seguramente busca para la isla una solución a su estilo de magnate de bienes raíces con una propuesta similar a la hecha para el territorio palestino, y esté pensando en transformarla en un resort en el que magnates gringos puedan llenarse los bolsillos.
A esta campaña se ha sumado alegremente el gobierno costarricense, que ni siquiera ha tenido que pensar con cabeza propia el paso que iba a dar. ¿Para qué, si para eso está en Washington ese señor que está trastocando el orden mundial a punta de ocurrencias y que se ha transformado en su modelo?
La idea de esta cruzada, que el presidente costarricense definió claramente como anticomunista, es matar a las cubanos por desesperación a través de un cerco que los priva de hasta lo más elemental para la vida.
Los cercan, amenazan con aporrearlos, y luego acusan a su gobierno de inepto. Ningún país en el mundo habría soportado ni un mes lo que han tenido que aguantar los cubanos durante más de sesenta años y, encima, los acusan de tener ellos la culpa de su situación.
Es el cinismo, la hipocresía y la cobardía en su máxima expresión. A esta política despreciable es a la que se está sumando el gobierno costarricense. Ya antes lo hizo en Centroamérica Guatemala, cuando canceló el programa de los médicos cubanos que tanto aportaron a la salud de los guatemaltecos en zonas apartadas que sufren enormes carencias de bienes y servicios.
Cuba no es la Venezuela boyante de recursos naturales que tanto necesita el imperio. Cuba es un símbolo de dignidad y resistencia con el que no ha podido Estados Unidos desde el mismo momento del triunfo de la Revolución en 1959. Un hueso atravesado en la garganta, la sangre en el ojo con la que no ha podido ninguna administración norteamericana.
Por eso la aporrean y la vilipendian, y a ese gesto cobarde se une el actual gobierno costarricense. El presidente de este país puede asumir poses de jefe de horda bárbara enfurecida, pero en última instancia lo que hace es mostrar su condición de sumiso seguidor de los dictados de Washington. Triste papel de capataz de finca acérrimo defensor de los intereses del patrón.

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