Espectáculo y política siempre han andado juntos. Desde la antigua Atenas, en la que uno de los principales espacios de esparcimiento y distracción era la famosa Ágora, y en Roma el Foro, en el cual los políticos hacían gala de sus dotes de elocuencia retórica hasta el punto de crearse bandos que llegaban a enfrentarse violentamente en las calles de la ciudad.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
Cargadas de espectáculo para las masas han estado los grandes movimientos sociales, las revoluciones, que han dejado para la posteridad, como símbolos del momento histórico, escenas cargadas de histrionismo que el arte recogió para fijarlas en la imaginación asumiendo rango de íconos representativos que capturan el espíritu de una época.
Pero sí es nuevo la omnipresente presencia en nuestros días del espectáculo en todos los ámbitos de la vida, al punto que el teórico político francés Guy Debord califico a la nuestra como la “sociedad del espectáculo”.
En este tipo de sociedad que nos ha tocado vivir, se transforman en entretenimiento hasta los más íntimos rincones de la vida privada, aún los más banales, que transforman en celebridades mundiales las actividades más comunes y corrientes y a las personas más intrascendentes, grises e inocuas, muchas de las cuales ni siquiera se propusieron trascender a la atención pública.
La política en el mundo occidental, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, que buscó atraer votantes en elecciones cada vez más masificadas, se vio, al principio tímidamente, pero después sin ningún rubor, subyugada por la atracción -a veces hipnótica- de espectáculos cada vez más sofisticados, creados y producidos por especialistas apertrechados cada vez más con herramientas que hacen de sus producciones verdaderas atracciones para las masas, especialistas que, por demás, no son ellos mismos políticos, sino técnicos al servicio del mejor postor.
Si bien uno estaría tentado a pensar en los grandes shows de candidatos y candidatas presidenciales, en los que la música, las luces, los colores y la performance del político o política de turno están calculados milimétricamente para encandilar a los espectadores (estuvimos tentados de decir “a los ciudadanos”), sucede que, ahora, la puesta en escena se prolonga a través de todo el tiempo que el político o la política en cuestión esté en el ejercicio del poder, haciendo de su mandato una continua y cada vez más sorpresiva escenificación, que debe mantener al público atento, expectante.
De esta forma, el espectáculo político se ha convertido en la esencia, en el contenido de la acción política. Quien se mete a la política debe estar dispuesto a convertirse en showman o show-woman, según sea el caso. Claro que no se trata de que el político desarrolle especiales dotes histriónicas por sí solo (aunque algunos, efectivamente, las tiene), sino que tienen tras de sí verdaderos equipos de científicos sociales, técnicos y mercadólogos que planean y ayudan a ejecutar estrategias que mantienen a su empleador en el candelero.
No es, pues, casual que los personajes que ocupan la palestra de la vida política contemporánea protagonicen salidas de tono, vulgaridades y atropellos continuamente. No importa a cuento de qué hagan declaraciones, falten el respeto o insulten a alguien, lo importante es que se comente y se pongan los ojos en él.
Extrañamente, estas estrategias elevan el número de adherentes. Decimos extrañamente, porque en la vida cotidiana ante un comportamiento de ese tipo se tiende a despreciar o, cuando menos, a distanciarse del ofensor o patán del caso, pero en la política parece que se premia el show, la impostura, la mascarada. Aparecen seguidores obnubilados con la malacrianza, celebrantes impermeables a los despropósitos del showman o show-woman de turno. Es más, mientras más estridentes son las salidas de tono, más grande la algarabía.
Se aduce que la frustración y el espíritu de revancha alimenta este comportamiento de las masas. Es posible, pero se trata de un fenómeno abarcador de toda la vida contemporánea de Occidente ante el cual aún no se ha encontrado un antídoto efectivo.

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