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sábado, 4 de julio de 2026

Venezuela: terremoto y campaña antichavista

En un cuadro político confuso como el que vive Venezuela, nunca más que ahora es necesaria nuestra solidaridad con el proceso bolivariano que se encuentra en una situación límite en la que, seguramente, se ve obligado por las circunstancias a tomar decisiones e impulsar acciones que van a contramano de su naturaleza política.

Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica

Desde que Hugo Chávez llego al poder en 1999, el asedio contra el gobierno de la Quinta República, chavista o bolivariano, como quiera llamársele, no ha cesado. Venezuela se ha convertido, desde entonces, en el ogro con el que cualquier derecha que se respete asusta a sus conciudadanos. No convertirse en “otra Venezuela” es el mantra que se remacha hasta convertirlo en un sentido común receptivo a cualquier narrativa que le atribuya al chavismo cualquier barrabasada o maldad.
 
Al igual que como sucede con Cuba, Venezuela es un país cercado por los Estados Unidos, al que se le ha impuesto una serie de medidas coercitivas que han reducido su PIB en más del 95%. Es decir, es un país brutalmente empobrecido, que teniendo riquezas naturales extraordinarias en su subsuelo, no puede valorizarlas en el mercado internacional.

Es, además, un país saqueado. Sus reservas en oro, valoradas en más de 4,000 millones de dólares, están bloqueadas en el Banco de Inglaterra, porque Gran Bretaña no reconoce al gobierno de Nicolás Maduro. Su gran empresa en Estados Unidos, Citgo (que posee tres importantes refinerías en ese país, una red de oleoductos y otra de distribución que abastece a más de 4,000 gasolineras), filial de PDVSA, valorada en 15, 000 millones de dólares, se encuentra bloqueada en medio de un juicio que pretende resarcir a petroleras norteamericanas.

Y, al igual que como sucede con Cuba, se encuentra cercada por una brutal y sistemática campaña de desinformación en la que participa toda la prensa cartelizada, que atribuye la innegable situación de deterioro económico en la que ha caído por las circunstancias antes apuntadas, a la “inoperancia del régimen corrupto”, contra el cual no hay invectiva que se deje en el tintero.

Todo esta estrategia de cerco y agresión no tiene más que una causa: la Revolución Bolivariana es un proceso que se propuso darle protagonismo político al pueblo, mejorar sus condiciones de vida e impulsar una política exterior antimperialista y de unidad latinoamericana. Algo intolerable para los Estados Unidos, que como lo ha dejado tan claro a través de toda nuestra vida republicana, pero especialmente en la administración de Donald Trump, nos considera su patio trasero.

Como siempre, los Estados Unidos han contado con aliados internos. En Venezuela, esa es la famosa “oposición”, que en los últimos veinticinco años ha dado golpes de Estado, organizado paros petroleros, perpetrado intentos de magnicidio, organizado bandas paramilitares y gobiernos paralelos.

Y ahora, llegan los terremotos, que se producen cuando el país ha sido prácticamente tomado por los Estados Unidos que, como todo el mundo sabe, secuestró al presidente constitucional en una operación militar que dejó más de cien muertos, y estableció una tutela que enajena el producto de la riqueza petrolera que, ahora, sí comercializa para su propio beneficio Estados Unidos.

En este contexto, la prensa internacional no ceja en llevar agua al molino del descrédito del gobierno venezolano. Lo acusan de inoperancia, de entorpecer la llegada de la ayuda del exterior, de haber construido edificios sin estructuras sólidas. Hasta circula en redes un vídeo con el bulo de que las reservas de oro bloqueadas por el Banco de Inglaterra se encontraron en un edificio derruido en la Guaira. Si no fuera trágico e indignante, sería de risa.

Es la nueva estrategia contra el gobierno bolivariano. Así como en 2002 pusieron tras el golpe de Estado a Pedro Carmona en lugar de Chávez y en 2019 a Juan Guaidó como presidente de facto, ahora los Estados Unidos decidieron intervenir directamente. Es la nueva fase en la que nos encontramos ahora, y que los propios Estados Unidos han informado que consta de tres etapas, estabilización, recuperación y transición. 

El que Estados Unidos se haya dado cuenta que no puede actuar como lo ha hecho en múltiples ocasiones en otros países latinoamericanos, directamente con un golpe de Estado, muestra la fortaleza real que tiene el chavismo en Venezuela. En la práctica, han tenido que reconocer que la oposición, que decía a los cuatro vientos que había ganado las elecciones, no tiene arraigo ni posibilidades de gobernar. Si las tuviera, María Corina Machado ya sería la presidenta encargada.

En medio de estas circunstancias tan adversas, menguado y a la defensiva, el chavismo (que es más que el gobierno bolivariano y tiene múltiples expresiones) se mantiene en el gobierno, y este es el punto más importante en este momento político. Con un margen de maniobra estrechísimo, mantiene amplios espacios de legitimidad popular que deben defenderse.

En un cuadro político confuso como el que vive Venezuela, nunca más que ahora es necesaria nuestra solidaridad con el proceso bolivariano que se encuentra en una situación límite en la que, seguramente, se ve obligado por las circunstancias a tomar decisiones e impulsar acciones que van a contramano de su naturaleza política.

En medio de la tragedia que está viviendo, vaya toda nuestra solidaridad para Venezuela.

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