Los gauderios y luego gauchos, fueron libres como el ganado cimarrón, nadie les imponía reglas salvo los amos virreinales de la tierra, quienes marcaron con fuego el ganado allá por orden del Cabildo a fines del siglo XVI.
A los gauchos libres como el viento Pampero, se los transformó en “vagos, mal entretenidos”, según la definición corriente luego de 1810, no los marcaron con fuego sino los obligaron a portar la papeleta de conchavo que debía ser firmada por el patrón y el juez de paz del lugar, sino eran mandados a la frontera a pelear contra sus hermanos, los indios. Basta leer al Martín Fierro de José Hernández para internarse en sus padeceres y triste derrotero. Lejos de la estigmatización que les impuso el maestro de América, Domingo Faustino Sarmiento, para quien la sangre del gaucho debía servir de abono de la tierra. Contradicciones reiteradas de generación en generación por las clases gobernantes que admiran más lo extranjero que lo propio, mientras el pobrerio nativo intenta sobrevivir en la intemperie, sin derechos y mucho menos justicia.
Antonio Rivero fue un gaucho valiente y leal que acompañó al gobernador Luis Vernet designado por las autoridades porteñas como primer gobernador de las islas Malvinas en 1827. Se dice que Rivero fue a trabajar a la isla Soledad hasta que los piratas ingleses, fieles herederos de Fracis Drake, tomaron las islas en 1833. Islas que desde entonces venimos reclamando con diversa suerte. Luego de esto, Rivero volvió al Río de la Plata y se dice que murió en laVuelta de Obligado en 1845.
Más allá de esto, nuestros gauchos siempre fueron sinónimo de generosidad y solidaridad, no en vano a los favores le llamamos gauchada; la gauchada nos caracteriza como signo de identidad nacional extendida a los orientales y los gaúchos del sur brasileño donde persiste el mate o chimarrao como infusión compañera y la milonga como género musical surero, intimista y nostalgioso.
Aunque sumidos en la oscuridad de este tiempo perverso donde la obligada reflexión es un ejercicio saludable para asirnos al vapuleado sentido común, extraviado en quienes nos conducen, fieles a los mandatos plutotecnocráticos que intentan imponer su perversa incultura; describir sus nocivas acciones semanales nos permite la necesaria catarsis compartida y obligada con nuestros hermanos de la región.
Advierto también, que muchos cronistas actuales recurren a la filmoteca o la literatura para intentar homologar situaciones pasadas con las presentes, con diversa suerte y talento, a sabiendas que la ficción no llega a los extremos de ciertas realidades donde la actualización tecnológica y las facilidades de la inteligencia artificial siempre están distorsionando la verdad, torciendo las cosas a favor de intereses mayormente perversos, el presente. Vaya situación la nuestra...
Las idas y vueltas de nuestro gobernante travestido, quiso imitar al gaucho Rivero en su último discurso por cadena nacional el pasado jueves 3 de septiembre, recuperando protagonismo en la causa Malvinas ¿totalmente? diferente a declaraciones anteriores, tal vez obnubilado por haber cumplido mil días de su mandato y quedar bien con Dios y con el diablo, cosa que sabemos, no se puede.
Pero volvamos a la historia, como le gusta al gauderio actualizado, nuestro telúrico gauchito amante sumiso de la Sociedad Rural. El 30 de abril de 1982 el país ardía, Saúl Ubaldini líder de la CGT Brasil lanzó un paro bajo el lema: “Pan, paz y trabajo”, donde la cruel represión dejó miles de heridos y detenidos por la situación económica caótica de la dictadura, lejos del triunfalismo del Mundial ‘78 y la guerra con Chile. El general Leopoldo Fortunato Galtieri, tal vez inspirado o desesperado por los vahos etílicos, puso en acción la operación Rosario, invadiendo por mar las islas Malvinas el 2 de marzo. Nuestro presidente, Javier Gerardo Milei tenía entonces 11 años y cursaba la primaria; quienes ya éramos ciudadanos sobrevivientes de la dictadura atroz, observamos azorados la noticia por los medios hegemónicos, donde el periodista estrella José Gómez Fuentes enardecido decía “hemos recuperado las Malvinas” y los días posteriores una vez que el Reino Unido respondió militarmente: “¡Vamos ganando la guerra!”. No podíamos creer que días antes los militares nos molían a palos y ahora esa misma multitud los vivaba en Plaza de Mayo y celebraba que no se pasara por radio música en inglés, algo que el jueves 3 de septiembre último intentó emular nuestro gauchito a 44 años de aquel suceso. Los medios socios del poder, “los ensobrados”, como gusta decir el locuaz mandatario, actuaron de manera similar. Genuflexia sempiterna que domina las mentes colonizadas por el imperio de turno.
Curiosamente, la caída de la producción industrial y la construcción en julio según el INDEC fue de 4,9% y 4,5% interanual respectivamente, pese al entusiasmo del ministro Caputo y el presidente Milei rumbo a las elecciones del 2027.
Volvamos a un párrafo de su celebrado discurso:“Debemos actuar hoy en función del futuro y Malvinas es el futuro. No es solamente una cuestión de nuestro pasado. Defender nuestra soberanía y recuperar nuestras islas, requiere ser una nación políticamente relevante, económicamente influyente y militarmente respetable. No hay otro camino. Y esa es la verdadera forma de rendir homenaje a quienes entregaron su vida por esta causa y a los veteranos que volvieron.”[1] ¿Será el mismo del 2 de abril de 2024, cuando soñaba con el Nobel de Economía por haber hecho el mayor ajuste de la historia? En sus propias palabras de entonces:
“Para que los reclamos soberanos sean escuchados y respetados, es condición necesaria primero que el país y su dirigencia sea respetada ya que nadie tomaría en serio el reclamo de defaulteadores seriales corruptos o dirigentes políticos que más que una visión de país lo que defienden es un modelo de negocios para que una Nación soberana sea respetada en el concierto de las Naciones hay dos condiciones esenciales que deben darse. Esa Nación debe ser protagonista del comercio internacional y también debe contar con Fuerzas Armadas capaces de defender su territorio frente a cualquiera que intente invadirlo. Nadie escucha ni respeta a un país que solo produce pobreza y cuyos políticos desprecian a su propia Fuerzas. Argentina producto de la diligencia política en las últimas décadas no ha cumplido con ninguna de las dos condiciones que acaba de señalar.”[2]
En esos momentos se pavoneaba imitando al presidente Julio Argentino Roca, la Generación del ‘80 y el modelo agroexportador. Ahora, en picada acelerada, hasta su propia ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, habla de los suicidios en las Fuerzas de Seguridad por las pésimas condiciones laborales, bajos salarios y endeudamiento. Una contradicción permanente propia de un modelo perimido propuesto por gente disruptiva e irracional que pasará a la historia justamente por sus crueles extravagancias y recurrente ignorancia.
Curiosamente hoy, 11 de septiembre de 2026, sale a la luz una carta inédita publicada en Infobae, sita en el Archivo de la Provincia de Tucumán. El escrito pertenece al gobernador de Buenos Aires, Juan Ramón Balcarce, enviada al gobernador de Tucumán, Agustín Heredia, días después que los ingleses invadieron el archipiélago argentino. La carta inédita escrita en el año 1833, relata cómo fue la ocupación ilegal de las Islas Malvinas por parte del Reino Unido. El escrito está firmado el 21 de enero de 1833 por parte del entonces mandatario bonaerense Juan Ramón Balcarce para su par Agustín Heredia, quien estaba al frente del territorio tucumano. Allí habla de un “disgusto” por la noticia “de la violencia y abuso de la fuerza en las Malvinas, ejecutado por un buque de guerra de S. M. B. (Su Majestad Británica)”.
La ocupación ocurrió el 3 de enero de 1833, por lo que lo expresado en el documento es un fiel reflejo de lo que se vivió en Buenos Aires en aquellos tiempos. La invasión fue encabezada por el comandante británico John Onslow, al mando de la corbeta HMS Clio, quien ordenó arriar y retirar la bandera argentina del territorio. Justamente, la carta es para comunicar cómo fueron los hechos que transcurrieron en las islas en la fecha mencionada y el trabajo que realizó el comandante José María Pinedo, quien estaba al mando de la goleta de guerra Sarandí en aquel momento. El oficio tiene como base el parte oficial que Pinedo elevó al gobierno bonaerense tras su regreso. La Sarandí dio fondo en las balizas exteriores de Buenos Aires el 18 de enero de 1833, y tres días después Balcarce formalizó la denuncia por escrito. En ese marco, Francisco Mestivier fue designado comandante civil y militar del establecimiento, y la Sarandí partió en septiembre de 1832 hacia el archipiélago.
Sin embargo, una violenta sublevación en Puerto Soledad terminó con la vida del propio Mestivier. Cuando Pinedo regresó el 31 de diciembre, restableció el orden en la colonia. Dos días después llegaron las fuerzas británicas. Según el relato que Pinedo transmitió a Balcarce, el 2 de enero de 1833 la corbeta británica HMS Clio se presentó en la isla Soledad. Pinedo envió dos oficiales a bordo del buque con “ofrecimientos de atención y amistad”. Más tarde, cerca de las tres de la tarde, Onslow subió a la Sarandí acompañado por dos oficiales propios. Allí informó que venía “a tomar posesión de las Islas Malvinas” en nombre de Su Majestad Británica y exigió que el pabellón argentino fuera arriado en un plazo de 24 horas. A las seis de la mañana del 3 de enero, Pinedo fue personalmente a bordo de la Clio para protestar por última vez. Onslow mantuvo su postura: afirmó que contaba con fuerzas suficientes y que esperaba refuerzos. La carta recoge que Pinedo responsabilizó a Gran Bretaña por el “insulto y de la violación de los respetos debidos a la República”, y dejó en claro que no sería él quien arriara la bandera que flameaba en tierra. Antes de partir, prohibió por escrito que se arriara el pabellón argentino y dejó a cargo del establecimiento a Juan Simón, capataz del lugar, junto con otros hombres.
Para las nueve de la mañana, tropas británicas desembarcaron desde tres botes de la corbeta. Izaron el pabellón británico en una casa ubicada a unas cuatro cuadras de la comandancia y luego arriaron el argentino. La Sarandí permaneció en las islas durante los días siguientes. El 5 de enero, Pinedo se hizo a la vela. Su presencia en la zona, con fuerzas claramente inferiores —la Clio contaba con 18 cañones y aguardaba el apoyo de la corbeta Tyne, de 28—, no ofrecía margen militar real para revertir la situación. La carta cierra con una declaración de postura oficial. Balcarce anticipa que el gobierno bonaerense sostendría “los derechos de la República Argentina” y promovería las gestiones necesarias “para obtener del Gobierno Británico una digna reparación, el reconocimiento del derecho sobre las Malvinas, y el uso del dominio en aquel territorio”.
Este documento pone de manifiesto la sólida postura del gobierno argentino desde ese momento en adelante. Jamás hubo dudas de la invasora ocupación imperial por parte del Reino Unido y del diálogo de nuestra parte entre dos países soberanos a través de la diplomacia. Hoy, nuestro contradictorio mandatario contradice la tradición de paz y neutralidad y se sumerge en situaciones de difícil salida. Salida que, seguramente, será con su salida.

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