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sábado, 3 de octubre de 2026

Los colores partidistas en América Latina

 Los partidos políticos de América Latina han adoptado símbolos y colores que los representan, con el fin de distinguirse unos frente a otros. Pero esta simple “formalidad” tiene un trasfondo histórico que no siempre resulta conocido para el conjunto de la sociedad.

Juan J. Paz-y-Miño Cepeda / www.historiaypresente.com

Durante el siglo XIX, el conflicto político fundamental en la región se expresó entre conservadores y liberales. Los primeros representaron la tradición colonial, la fe católica, las herencias hispánicas, el orden social existente, la autoridad de las élites dominantes y el progreso de la economía agraria y terrateniente, vinculada con haciendas, latifundios y plantaciones. El color 
azul, asociado con Francia, el Reino Unido y la monarquía constitucional, representó largamente a los partidos conservadores y “católicos” de la región. Los liberales, en cambio, expresaron a las incipientes burguesías, las crecientes clases medias y la intelectualidad más progresista. Buscaban abolir el “feudalismo” mantenido por los conservadores, promover el progreso basado en la industria y el comercio, así como alcanzar amplios derechos individuales, que incluían la libertad de conciencia y credo religioso, el laicismo y el alto valor del ser humano. Fueron los promotores de la abolición de la esclavitud y de las formas serviles de explotación a los campesinos e indígenas. Pero los liberales no tuvieron un color específico de identidad, ya que variaron en el tiempo, siendo rojo en algunos momentos revolucionarios y amarillo en otros, como ocurrió con el liberalismo colombiano.

El rojo, en cambio, se vitalizó en el siglo XX como identidad de todo movimiento y partido de izquierda y particularmente de los marxistas. Hubo, sin duda, la continuidad con el uso del rojo en la Comuna de París (1871), la II Internacional (1889) y la Revolución Rusa (1917). Estos partidos tienen una clara orientación anticapitalista y su objetivo histórico es lograr una sociedad socialista. China es hoy un referente fundamental por los indiscutibles avances en esta nueva sociedad, que ha alterado al mundo, provocando la era multipolar de la historia contemporánea. En todo caso, cabe señalar que entre el rojo y el naranja oscilaron los partidos socialdemócratas, como ocurrió con la “naranja” Izquierda Democrática en Ecuador. Y resulta paradójico que el Partido Social Cristiano del país utilice el rojo y el amarillo, sin ser de izquierda, socialdemócrata, ni liberal.

El verde, por su parte, es un color “tardío”, muy relacionado con los partidos ecologistas, ambientalistas y agraristas de Europa, pero igualmente latinoamericanos y, como en Bolivia, vinculado a lo indígena, aunque la wiphala (bandera) del movimiento indígena andino tiene siete colores de identidad. Sin embargo, el verde también identificó en Ecuador al partido Demócrata Cristiano (la “flecha verde”) en sus orígenes reformistas, abandonados desde la década de los 90. Y un verde limón con azul oscuro acompañó la primera época de “Alianza País”, aunque en el ejercicio del poder durante una década (2007-2017) se identificó, con mayor cercanía, al color rojo. Después, “Revolución Ciudadana”, continuidad de los ideales originales del gobierno de Rafael Correa, adoptó un azul claro (cian) con rojo.

El partidismo identificado con el color negro tiene raíces europeas, ubicándose a la cabeza el fascismo italiano de Mussolini y los “Camicie Nere”. El negro pasó a ser el color oficial en el Estado, no solo marcando la estética del régimen sino como representación de autoridad fuerte, disciplina, militarismo, orden y unidad nacional. También lo utilizaron sectores del franquismo español, si bien la Falange usó el azul. El gris derivó de estos orígenes. Pero en América Latina el negro o el gris tuvieron usos puntuales entre pocos movimientos nacionalistas de los años 30 y 40 (Brasil, Argentina). De todos modos, hay que tener mucho cuidado al respecto para diferenciar claramente el uso del negro por parte de partidos cuestionadores del poder capitalista, como ocurre con el anarquismo latinoamericano (y los movimientos afroactivistas) con orientaciones antiautoritarias, auténticamente liberalistas y antiestatistas, que tampoco tienen que ver con el reaccionario “libertarianismo anarco-capitalista” cultivado por los seguidores del presidente argentino Javier Milei, basados en una sui géneris interpretación de la “libertad”, que no cuestiona, en modo alguno, el poder del capital.

Desde luego, los tan variados partidos latinoamericanos también han adoptado simbologías no solo de un color, sino combinando varios de los señalados, a los que se suma el blanco, con la idea de paz y armonía social. El PRI de México, por ejemplo, institucionalizó, desde los años 40, el tricolor de la bandera nacional: rojo, blanco, verde. 

El violeta (o morado) está largamente vinculado con las monarquías, las jerarquías religiosas y las magistraturas supremas. Simboliza poder, riqueza, nobleza, jerarquía. El uso de ese color en la política es reciente, si bien está asociado con el movimiento sufragista británico (violeta-blanco-verde) y desde los 80 con el feminismo internacional. En América Latina ha tomado igual significación. Sin embargo, hay una nueva connotación: la que le ha dado “La Libertad Avanza”, el partido (2022) de gobierno de Javier Milei (2023-hoy), para expresar la “nueva Argentina” de la mano del anarcocapitalismo y su modelo de economía basada en el mercado libre, la propiedad privada, el dominio empresarial y la consigna de extinguir al Estado. Los nefastos efectos sociales de semejante camino están a la vista en este país y en múltiples reportes académicos, aunque lo traten de negar y desmentir las autoridades.

Así mismo, el violeta (color púrpura) recuerda mitos de la antigüedad: se obtenía a través del “múrex”, un caracol marino. Para obtener 1 gramo se necesitaba entre 8 mil y 12 mil caracoles. Heródoto, en el siglo V a.C., cuenta sobre las telas de púrpura y Aristóteles (384-332 a.C.) lo distingue entre los colores de origen animal. De modo que dicho color representaba sufrimiento, muerte, al mismo tiempo que poder imperial, y autoridad suprema. Maquiavelo (1469-1527), quien luce actualmente como “padrino” de buena parte de los políticos y gobernantes latinoamericanos, en ningún escrito se refiere a este hecho, pero sí dice que “el príncipe” tiene que “saber simular o disimular”, ser astuto como un “zorro” y fuerte como un “león”, y, sin duda, debe saber “dar color a la falta de cumplimiento”, es decir, tiene que camuflar las cosas y revestirlas de un color distinto para justificar su proceder, la traición, el engaño o la mentira

En Ecuador no ha quedado en claro a qué quiere representar el color violeta de ADN (Acción Democrática Nacional) el partido del gobierno de Daniel Noboa: bien al sentido británico antiguo, a la antigüedad del “múrex”, al feminismo o a un “nuevo Ecuador”. Si es en el último sentido, los desastrosos datos sociales, laborales, de condiciones de vida, sobre servicios públicos en educación, salud, medicina, seguridad social y los de la criminalidad creciente se superponen a los de cualquier dato económico disfrazado en los términos que Maquiavelo recomendaba al Príncipe. Porque, en definitiva, los colores que más se aproximan a la realidad del país son el negro, gris, azul, el rojo por la extensión de la criminalidad y el verde sin esperanzas.

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