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sábado, 27 de abril de 2024

Guerras y más guerras

 “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”, decían los romanos del Imperio. Ahora, viendo los preparativos bélicos que aumentan a paso agigantado en todas partes del mundo, la pregunta es: ¿estamos entonces cada vez más cerca de la paz?

Marcelo Colussi / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala


“Las bombas podrán terminar con los hambrientos, con los enfermos y con los ignorantes, pero no con el hambre, con las enfermedades y con la ignorancia”.

Fidel Castro


El reloj del juicio final -espacio imaginario que cada año los científicos dedicados al ámbito atómico elaboran para mostrar cuán cerca estamos del holocausto termonuclear final- se encuentra a solo 90 segundos del desastre total, del Apocalipsis. Es, junto con la medición del año pasado (2023), el momento en que la humanidad más cerca se ha mantenido de la posibilidad del exterminio masivo en estos 75 años en que se hace esta medición, más aún que en los peores momentos de la Guerra Fría. 

 

Evidentemente hay mucha “preparación” para la guerra -los tratados para limitación de armas atómicas han ido quedando en el olvido-, y la proliferación de los más variados tipos de armamentos no se detiene, incluso militarizando el espacio extraterrestre y utilizando inteligencia artificial. 
 
Independientemente de que a los países les fuera mejor o peor de lo esperado económicamente, el ejército está acaparando más recursos financieros que en años anteriores”, informó recientemente el Instituto de Investigación para la Paz de Estocolmo (Suecia) -más conocido por su sigla en inglés: SIPRIStockholm International Peace Research Institute-.
 
Hoy por hoy en el mundo se habla hasta el cansancio de “paz”. Pero igual que sucede con otras palabras tan manoseadas (democracia, libertad) su uso termina siendo hipócrita, insustancial, nada creíble. Por ejemplo: los encargados -supuestamente- de velar por la paz mundial, es decir, los cinco países que detentan un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, son los cinco productores de armas más poderosos, y las cinco potencias fundamentales con capacidad nuclear: Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia. 
 
En estos momentos los tambores de guerra suenan cada vez más altos y amenazantes en todas partes del planeta. Los gastos para preparativos militares aumentan en los países de los cinco continentes. Estados que mantenían una posición no beligerante, que incluso constitucionalmente tenían prohibida su participación en eventos bélicos -como Alemania y Japón, los dos grandes derrotados de la Segunda Guerra Mundial, controlados al milímetro por el vencedor Estados Unidos con innumerables bases militares en sus territorios- invierten ahora, con el aval de Washington, cuantiosamente en el ámbito castrense. ¿Qué está pasando?
 
Como mínimo, hay dos posibles vías de explicación. Por un lado, las ganancias empresariales de los fabricantes de armas. El negocio de la guerra es de una envergadura monumental. En los marcos del sistema capitalista todo, absolutamente todo es negocio. La guerra, la muerte de un enemigo es, hoy por hoy, el negocio más fabuloso que existe, el que lleva los mayores adelantos científico-técnicos que ha conquistado la humanidad, y el rubro comercial más expandido (alrededor de 70,000 dólares por segundo en ventas). Las grandes empresas que se benefician de eso tienen ganancias astronómicas, que ni siguiera se detuvieron durante la recién pasada pandemia de COVID-19, siendo de los pocos negocios, junto con las farmacéuticas y las tecnológicas digitales, que crecieron pese a los encierros.
 
Solo para graficarlo: cada soldado estadounidense (de los cerca de millón y medio de efectivos que tiene en acción, más otro número similar en reserva) lleva un equipo cotizado en alrededor de 18,000 dólares: una armadura, rodilleras, coderas, antiparras, guantes con tejido ignífugo, radio, máscara antigás, visión nocturna, un casco de poliparafenilenoy una carabina modular M4 con diversos accesorios desmontables: dos tipos de lanzagranadas, dos tipos de agarres frontales, tres tipos de mira laser, dos tipos de mira telescópica, de cerca y de lejos.
 
Alguien paga toda esa monumental cifra de dinero: la población de pie, la clase trabajadora mundial a través de nuestro trabajo diario. Y alguien -una muy pequeña élite- se la embolsa. Sin dudas, las guerras producen mucho dinero. “En las guerras no hay ganadores”, se dice a veces ampulosamente, apelando a un pacifismo algo ingenuo. Por supuesto que los hay: por lo pronto, los que lucran fabricando y vendiendo todos esos pertrechos, desde un par de botas o un largavista hasta bombarderos estratégicos con carga nuclear o portaviones con las armas más letales que se puedan concebir. 
 
Hoy se habla mucho de las grandes guerras que se roban la atención mediática: la de Ucrania y la de Palestina, al igual que la tensión creada en torno a Taiwán y todos los reacomodos que eso está trayendo en el Pacífico. Pero junto a esas guerras, enormes, monstruosas, al mismo tiempo existen 65 frentes de combate, entre grandes conflictos con más de 10,000 muertes anuales, guerras civiles, tribales y enfrentamientos armados diversos con hasta 10,000 muertos al año, y pequeños conflictos y escaramuzas, muchas veces limítrofes y que no escalan a mayores. En todos esos enfrentamientos se necesitan armas y pertrechos. Obviamente, con cada nueva guerra -por más pequeña que sea- habrá quien se frota las manos. Y, por supuesto, no serán los soldados -y ahora también soldadas- que ponen el cuerpo en los campos de batalla. 
 
Una segunda explicación, que también se vincula con esta primera, tiene que ver con la arquitectura del sistema-mundo que se está viviendo hoy día. Salvo algunas pocas excepciones que continúan la senda del socialismo (China con su particular modelo de socialismo de mercado, por su lado Cuba, o Vietnam, o Corea del Norte, siempre con enormes dificultades), y algunos pocos, excepcionales y muy pequeños grupos de poblaciones que sobreviven aún en el período neolítico sin haber arribado a la agricultura ni a la vida sedentaria (en algunas selvas tropicales, por ejemplo), prácticamente la totalidad del planeta se rige por la lógica capitalista. El capitalismo se siente triunfador, intentando por todos los medios denigrar un pensamiento crítico que lo adverse. El anticomunismo visceral continúa instalado en el mundo, y los poderes dominantes no se cansan de profundizarlo a diario.
 
Ese capitalismo tiene como su principal locomotora a Estados Unidos. Sucede que este país, innegablemente la superpotencia que ha venido marcando el rumbo de la humanidad en este último siglo, ha comenzado a declinar en su hegemonía. Continúa siendo la gran superpotencia, pero últimamente ha encontrado rivales de igual a igual en el tablero internacional. China, con su portentoso desarrollo económico y científico-técnico, y Rusia, con su renovado poderío militar, sacan pecho ante la nación americana. La principal preocupación de Washington es China, por la dinámica económica que está imponiendo; pero ambos, en una suerte de unión inseparable, están planteando un escenario post dólar, lo que preocupa enormemente a la clase dominante estadounidense, representada en los gerentes sentados en la Casa Blanca. Esa mancuerna Pekín-Moscú plantea una nueva organización global rompiendo el unilateralismo norteamericano, propiciando un multipolarismo que hoy se conoce como BRICS. Esta no es una propuesta exactamente socialista, pero constituye una afrenta a la hegemonía de Washington. ¿Podrá decir acaso el campo popular: “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”?
 
A partir de esa nueva correlación de fuerzas se ha abierto un espacio de confrontación entre los dos polos en pugna: por un lado, Estados Unidos y su perro faldero, la Unión Europea, representados militarmente en la OTAN, y por otro un ámbito diverso (países capitalistas todos, salvo China, con marcadas diferencias político-culturales), pero con una característica en común: la intención de alejarse del dominio del dólar. Esto está detrás de esta hiper militarización que estamos viviendo en este momento. La estrategia de la Casa Blanca parece consistir en la creación de numerosas zonas de conflicto -continuar la guerra en Ucrania, incendiar Medio Oriente, abrir la guerra en el Pacífico contra China-, destinadas en definitiva a mantener su hegemonía y a neutralizar ese nuevo polo de poder emergente.
 
Los tiempos que vienen no son precisamente de paz. El campo popular de todo el planeta debe estar atento y denunciar -buscando impedir- nuevas guerras, donde lo único que se consigue es más muertes para nosotras y nosotros, el pobrerío de a pie, y mantenimiento de la hegemonía para los grandes poderes (y sus buenos negocios).

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