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sábado, 31 de enero de 2026

México resiste a la ofensiva de Trump

 Los temores de Claudia Sheinbaum a una ofensiva militar, aun declarada como colaborativa, y con la excusa de acabar con el narcotráfico, están plenamente justificados. La última vez que Estados Unidos penetró en México, hace cerca de 180 años, se apoderó de más de la mitad de su territorio…

Daniel Kersffeld / Página12


“Este es el momento de que México, con la ayuda de Estados Unidos, declare la GUERRA contra los cárteles de la droga y los extermine de la faz de la tierra”. “Si México necesita o solicita ayuda para erradicar a estos monstruos, Estados Unidos está listo, dispuesto y capacitado para intervenir y hacer el trabajo con rapidez y eficacia”. 

 

Los tuits publicados por Donald Trump durante su primera presidencia, luego de que varias familias de mormones estadounidenses fueran masacrados por un grupo de sicarios en el norte de México, en noviembre de 2019, tendrían su correlato exactamente un año más tarde. 

 

Según narra en sus memorias el exministro de Defensa, Mark Esper, Trump le consultó sobre la posibilidad de lanzar misiles a México, para “destruir los laboratorios de drogas” y aniquilar a los cárteles, sosten iendo además que el involucramiento de Estados Unidos en un ataque en contra de su vecino del sur podía mantenerse en secreto.

 

Pero sería un error suponer que esta política es patrimonio exclusivo de la actual administración republicana. Un programa clandestino de la CIA, iniciado bajo el mandato del demócrata Joe Biden, utilizaba drones de alta tecnología para rastrear laboratorios ocultos en México, en una operación que ha crecido exponencialmente desde que Trump retornó a la Casa Blanca y, más aún, después de que seis organizaciones del narcotráfico fueron declaradas como “terroristas”.

 

Las constantes ofertas del presidente Donald Trump para que el ejército estadounidense realice operaciones más allá de sus fronteras para someter a los cárteles de la droga en México se han acentuado luego del éxito en el operativo de secuestro de Nicolás Maduro que tuvo lugar en Venezuela a principios de este año. 

 

Sin medidas sociales y sanitarias efectivas, para el caudillo republicano el asedio a México sería la única opción de detener el flujo de fentanilo que está asolando a la sociedad estadounidense. La presión es cada vez más intensa y el rechazo desde el sur de la frontera, sólido como un muro, al parecer no hace más que incentivar el interés bélico manifestado desde el norte. De ahí que el pasado 4 de enero, Trump elogió a la presidenta Claudia Sheinbaum (foto), pero insistió en que ella “tiene un poco de miedo sobre los cárteles controlando México”.

 

Sin embargo, ninguna amenaza ha movido de su posición inicial a la mandataria mexicana que, frente al arrebato imperial de su incontenible vecino responde con claridad que su política de seguridad está orientada de acuerdo con tres preceptos irremplazables: soberanía, coordinación y colaboración, pero nunca subordinación y, menos aún, pérdida de la independencia. 

 

Aunque Trump no ha acusado a Sheinbaum de estar vinculada o de pertenecer a organizaciones narcotraficantes, como sí lo ha hecho con los gobernantes de Venezuela y Colombia, ha afirmado que estaría “orgulloso” de atacar directamente a los cárteles. Todo indica que el objetivo actual sería hacerlo, pero desde la geografía mexicana, mediante tropas de las fuerzas de Operaciones Especiales o, incluso, con la colaboración de agentes de la CIA. Trump no está solo en este deseo. 

 

En su entorno más íntimo se destaca el subjefe de gabinete Stephen Miller, una suerte de Primer Ministro considerado como el autor intelectual de la política de deportaciones masivas y del hostigamiento a los inmigrantes (pero también cada vez más a ciudadanos estadounidenses) a través del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas-ICE.

 

Por otro lado, no es ninguna novedad el profundo desprecio que el movimiento MAGA y, en general, la base electoral trumpista, profesa hacia México, solo comparable con la amplia aversión que le provoca la personalidad de Sheinbaum, una figura que es rechazada por la ultraderecha no sólo por su condición de mujer, sino también por ser de izquierda, científica y ambientalista. De manera coordinada, las protestas que organiza la derecha en contra del gobierno en México suelen ser también acompañadas por declaraciones y actividades de MAGA en los Estados Unidos. 

 

Desde que Trump asumió hace casi un año, la retórica intervencionista no ha dejado de crecer en su base electoral, tanto entre quienes llaman a opositores y disconformes a una “movilización popular” que derroque el gobierno de izquierda, como entre aquellos que solicitan una urgente intervención armada en contra de los narcos pero también en contra de la administración de Sheinbaum, cooptada (o cómplice) de quienes se dedican a traficar fentanilo a través de la frontera. Todo sea por establecer en México un “gobierno de transición” aliado a los Estados Unidos…

 

Dos figuras centrales de la ultraderecha estadounidense, como Steve Bannon y Alex Jones, se dedican a desinformar y a denunciar la supuesta transformación de México en un “estado narcoterrorista”. La misma acusación que hasta hace pocas semanas realizaban contra la Venezuela de Nicolás Maduro y que habría encontrado en México a uno de sus próximos objetivos. 

 

El Congreso estadounidense también se ha convertido en una arena privilegiada entre quienes apoyan una aventura militar al sur de la frontera, y quienes la rechazan de plano. Dentro del primer grupo se destaca el republicano y exoficial SEAL de la Marina Dan Crenshaw, quien hasta noviembre pasado estuvo al frente de un subcomité de vigilancia sobre los cárteles de la droga perteneciente al Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes. Su salida de la titularidad del subcomité fue propiciada por la propia CIA frente a los recurrentes agravios del congresista. 

 

Frente a la ultraderecha, Sheinbaum en cambio ha priorizado la lucha contra el crimen organizado, desplazando un número importante de soldados a la frontera, y atacando a una importante cantidad de redes del narcotráfico, con frecuentes envíos de sus cabecillas deportados a los Estados Unidos. Pese a la voluntad colaborativa de México, en los últimos días hubo señales claras del interés creciente de Estados Unidos por la realización de operaciones militares conjuntas con amplias consecuencias geográficas y geopolíticas.

 

El 15 de enero el Pentágono anunció la creación de la Fuerza Operativa Conjunta Interagencial contra los Cárteles (JIATF-CC), coordinado por el Comando Norte. Al frente se encontrará el general de brigada Maurizio Calabrese, ex Director de Inteligencia del Comando de Defensa Aeroespacial y uno de los principales especialistas en inteligencia militar en contextos de guerra abierta contra enemigos no tradicionales. 

 

Un día después, la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos pidió “precaución” a las aerolíneas estadunidenses al sobrevolar zonas del espacio aéreo de países como México, Colombia, Ecuador y otros de Centroamérica por el peligro existente ante “actividades militares” e interrupciones del GPS.

 

El freno momentáneo a sus ambiciones en Groenlandia y el impasse con la Unión Europea, estarían motivando una nueva aplicación de la “Doctrina Donroe” ya en territorio latinoamericano. El 24 de enero, el autodesignado Premio Nobel de la Paz reafirmó sus palabras y volvió sobre sus consabidas amenazas al asegurar que los ataques “por tierra” contra los cárteles de la droga podrían ocurrir “en cualquier lugar”, incluidos Centroamérica, Sudamérica y, desde ya, también México. 

 

Los temores de Claudia Sheinbaum a una ofensiva militar, aun declarada como colaborativa, y con la excusa de acabar con el narcotráfico, están plenamente justificados. La última vez que Estados Unidos penetró en México, hace cerca de 180 años, se apoderó de más de la mitad de su territorio…

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