Por más de un siglo, la idea según la cual los países de América Latina y el Caribe, junto con Estados Unidos y Canadá, son un conjunto aparte del resto del mundo, con valores e intereses compartidos, ha sido una premisa fundamental de la postura general estadounidense respecto de América Latina.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
Parte del supuesto que los Estados Unidos son un pueblo y un país predestinados a alcanzar y conducir determinadas metas, no solo para sí, sino para toda la humanidad, lo que se encuentra expresado en la Doctrina del Destino Manifiesto, la cual sirve de base a su expansionismo apelando al resguardo del interés y la seguridad nacional.
Esta idea de la preminencia de Estados Unidos es de larga data, y puede rastrearse hasta antes de su independencia. Por ejemplo, Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de ese país, conocido como “padre del expansionismo norteamericano”, ya había dicho en 1809 que la consolidación de los Estados Unidos como “imperio de la libertad” y la democracia exigía la expansión territorial.
Como puede verse, la nación norteamericana nace de la expansión.
La Doctrina Monroe fue actualizada con el Corolario Roosevelt el 6 de diciembre de 1904, en el que se afirma que, si un país latinoamericano o del Caribe amenaza o pone en peligro los derechos o propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses, el gobierno de Estados Unidos está obligado a intervenir en los asuntos internos del país "descarriado" para reordenarlo, restableciendo los derechos y el patrimonio de sus ciudadanos o sus empresas, lo que supone, en realidad, una carta blanca para la intervención de Estados Unidos en América Latina, y establece de facto derechos de carácter neocolonial sobre la región.
Estaban puestas, pues, las bases para la justificación de todas las intromisiones e intervenciones que, incluso desde antes de esa fecha, han perpetrado los Estados Unidos en América Latina, especialmente en Centroamérica y el Caribe. Lo que se ha denominado en nuestros días el Corolario Trump, o Doctrina Donroe, no es más que su actualización, tal y como en su momento hicieron, en función de circunstancias históricas particulares, el Corolario Olney (1895) y el Corolario Roosevelt (1904).
La Doctrina Donroe, una verdadera política ofensiva de Washington hacia América Latina, que tiene como objetivos explícitos la contención de la influencia china y rusa y combatir “amenazas” como la migración y el narcotráfico, ha venido siendo precisada o perfilada paulatinamente por parte de diferentes miembros de la administración Trump. La última de ellas la hizo pública el Secretario de Defensa -o de Guerra, como gusta llamarle este gobierno-, Pete Hegseth, en la reciente Conferencia de las Américas contra los Carteles realizada en Miami a inicios de marzo pasado.
Según esta actualización, el “perímetro de seguridad” norteamericano pasa a llamarse Gran América del Norte, y va desde Alaska, incluye a Groenlandia y Canadá (a los cuales Trump ha dicho que quiere anexar a su país), México, todo el Caribe y Centroamérica, Colombia, Venezuela, Ecuador y Guyana. Es decir, al sur de Estados Unidos, todo el llamado Gran Caribe y un poco más allá.
Antes de esta declaración, la administración norteamericana había venido realizando pasos para concretar esta nueva concepción hegemónica. La anterior fue la reunión que tuvo lugar unos días antes en Miami, Florida, con mandatarios latinoamericanos, que dio pie a la firma de un documento de seguridad que se llama Escudo de las Américas, iniciativa a cuya cabeza fue nombrada Kristi Noem, la recientemente defenestrada Secretaria de Seguridad Nacional, quien inmediatamente después de la reunión inició una gira por los países ahora reclasificados recibiendo los saludos genuflexos y serviles de sus máximas autoridades.
Enterados, como estamos ahora, de nuestra nueva ubicación en el concierto de los intereses geoestratégicos mundiales -algo de lo que ya teníamos noticia desde 1856, cuando echamos de Centroamérica a la gavilla de filibusteros estadounidenses que querían apoderarse de nuestros países- nos toca alistarnos para cuando el gobierno imperialista norteamericano vuelva de nuevo su vista hacia nosotros, una vez que la administración estadounidense se quede con el rabo entre las patas después de salir trasquilado de las ocurrencias que están llevando a cabo en el resto del mundo.
Ya se especula que la próxima víctima, que se encuentra en el corazón de la Gran América del Norte, será Cuba. Con ella, han intentado de todo, lo imaginable y lo inimaginable, lo confesable y lo inconfesable, pero ahí está, como una roca resistente en medio del mar Caribe. A ver con qué nueva barrabasada salen ahora.

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