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sábado, 4 de abril de 2026

La disyuntiva del Antropoceno

La sostenibilidad del desarrollo humano solo será posible si es equitativa y solidaria. Allí está la clave de la disyuntiva fundamental que nos plantea al Antropoceno…

Guillermo Castro H./ Especial para Con Nuestra América

Desde Alto Boquete, Panamá


En el fondo, el problema es sencillo. Cada sociedad crea su propio ambiente a partir de las relaciones que establece con sus entornos naturales a lo largo del tiempo, a través del trabajo socialmente organizado. Por lo mismo, si se desea un ambiente distinto será necesario crear sociedades diferentes. En el caso de las sociedades contemporáneas, esta relación ha quedado en evidencia con la creación y desarrollo de las sociedades que integran el moderno sistema mundial, sobre todo a partir de la Revolución Industrial de fines del siglo XVIII y, en particular, de la llamada Gran Aceleración en el desarrollo del mercado mundial asociada al consumo masivo de combustibles fósiles desde mediados del XX.

           

El factor decisivo en la formación y desarrollo de ese vínculo en las sociedades contemporáneas ha sido la crisis socioambiental global en que ha venido a desembocar esa Gran Aceleración. La magnitud y complejidad de esa crisis ha encontrado expresión en el concepto de Antropoceno, que expresa una etapa la historia ambiental de nuestra especie en la cual la influencia humana en el funcionamiento del llamado sistema Tierra ha alcanzado la magnitud de una fuerza natural que incide en la formación y desarrollo de fenómenos como el cambio climático, que a su vez ponen en riesgo la sustentabilidad del desarrollo de nuestra propia especie. 

 

Esto, a su vez, se ha hecho sentir en la dimensión política de la crisis socioambiental global en términos que los historiadores Clive Hamilton, Christophe Bonneuil y François Gemenne sintetizaran en 2015 en los siguientes términos: 

 

Cuando el ambiente ingresó formalmente en la política de los gobiernos a principios de la década de 1970 con las primeras conferencias internacionales y la designación de ministros del ambiente, las políticas se referían a la conservación. Esas políticas buscaron crear reservas naturales y parques nacionales, mientras eran aprobadas leyes de protección a especies en peligro (seguidas de manera deprimente por la sugerencia de que de todas maneras habíamos ingresado en la sexta extinción masiva). El periodo conservacionista temprano condujo a la necesidad percibida de una administración del ambiente, una estructura de gestión; la naturaleza no solo podía ser conservada, necesitaba ser administrada. Esto también probó ser insuficiente cuando la internacionalización de los problemas ambientales se hizo evidente. Ningún Estado podía manejarlos por sí mismo; incluso un ‘superpoder’ no estaba en capacidad de resolver la contaminación transfronteriza, los vertidos en el océano, el cambio climático y el agotamiento de la capa de ozono. Así, el ambiente se convirtió en materia de relaciones internacionales, de colaboración global, que de manera inevitable vino a mezclarse con otros problemas de la gobernanza global, desde tratados comerciales hasta arreglos sobre refugiados y las exigencias de la Guerra Fría. Los resultados fueron mixtos, para decir lo menos.[1]

 

En el curso de ese proceso, a partir de la década de 1980 el énfasis en la conservación de segmentos del mundo natural pasó a ser compartido con el de la demanda de la sostenibilidad del desarrollo humano, que para 2015 encontró expresión en los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, a ser alcanzados en 2030 – y que no lo serán. En abstracto, cabría decir que la conservación pasó, de ser la expresión principal del ambientalismo global, a convertirse en una condición necesaria pero no suficiente para la sostenibilidad del desarrollo humano. En concreto, aun la combinación así planteada pasó a ser víctima de los “resultados mixtos” de la gestión ambiental del sistema mundial realmente existente a que se referían Hamilton, Bonneuil y Gemenne.

           

Esos resultados seguirán siendo mixtos, sino simplemente negativos, mientras dependan del sistema mundial existente para la gestión de la crisis socioambiental global. Este sistema, en efecto, no fue creado para hacer sostenible el desarrollo humano, sino para hacer sostenido el crecimiento económico de un mercado mundial surgido de la desintegración del sistema colonial que constituyó su matriz de origen y desarrollo entre mediados del siglo XVIII y mediados del XX, y es en el marco de esa matriz donde debe ser juzgado. A ese respecto, dice John Bellamy Foster, “el capitalismo es un sistema histórico transitorio”: 

 

Como todo lo terrestre, es parte del Sistema Tierra. En términos del tiempo geológico, existe hoy dentro de lo que los científicos han designado como la era de Antropoceno, que comenzó en los primeros años de la segunda post Guerra Mundial, durante la cual los impactos humanos o antropogénicos, generados en su gran mayor parte por el propio capitalismo, se convirtieron en la mayor fuerza de cambio del Sistema Tierra, desplazando la era relativamente benigna del Holoceno de los 11,700 años anteriores, en los que emergió la civilización. El advenimiento del Antropoceno coincide con una brecha planetaria, en la cual la economía humana bajo el capitalismo ha cruzado – o empezado a cruzar – de manera despreocupada los límites del Sistema Tierra, ensuciando su propio nido y amenazando con la destrucción del planeta como un hogar seguro para la humanidad.

 

Ante esa situación, añade Foster, los impactos humanos sobre el Sistema Tierra generados en la fase temprana del Antropoceno “perdurarán, potencialmente al menos, como las influencias clave en el cambio del Sistema Tierra […] mientras exista el mundo industrial.” En esa circunstancia, enfrentamos una opción “entre el desarrollo de una relación sostenible con el Sistema Tierra, que requerirá la construcción de una nueva civilización ecológica, o la continuación del actual sistema insostenible, que se encamina hacia la destrucción y la terminación de la propia humanidad.”[2]

 

Lo fundamental en esta crisis es que en el mundo contemporáneo todo proceso de cambio ambiental implica la participación de la sociedad involucrada. Esa participación puede tener diversas características, correspondientes a la formación histórica y los rasgos culturales y políticos de cada sociedad involucrada. En este sentido, el cambio ambiental y el cambio social siempre están estrechamente vinculados entre sí de maneras muy diversas que, sin embargo, pueden ser convergentes en el marco de una civilización ecológica como lo han sido – y lo son – en el marco del mercado mundial que tenemos. 

 

Desde la perspectiva del sistema mundial que organiza y expresa ese mercado, esa participación social debe operar bajo tutela estatal. Desde la perspectiva de una salida democrática a la crisis, que haga parte de la transición a la civilización ecológica que plantea Foster, esa participación social es indispensable para la transformación democrática del propio Estado. El crecimiento económico sostenido ha sido por necesidad desigual y combinado a todos los niveles del sistema mundial. También lo ha sido el impacto de ese crecimiento sobre los entornos naturales de los que depende nuestra existencia en la Tierra. La sostenibilidad del desarrollo humano solo será posible si es equitativa y solidaria. Allí está la clave de la disyuntiva fundamental que nos plantea al Antropoceno: tal es su promesa, tal su dificultad.

 

Alto Boquete, Panamá, 3 de abril de 2026

 

 

NOTAS:

[1] Hamilton, Clive; Bonneuil, Christophe y Gemenne, François (2015): “Thinking the Anthropocene”. The Anthropocenne and the Global Environmental Crisis. Rethinking modernity in a new epoch. Routledge. Taylor and Francis Group. London and New York, p. 10-11.

[2] Foster, John Bellamy (2022:13-14): Capitalism in the Anthropocene. Ecological ruin or ecological revolution. Monthly Review Press, New York.

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