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sábado, 27 de junio de 2026

Panamá: nota sobre las transformaciones en curso

 Los factores de conflicto que operan al interior de las transformaciones en curso en la vida nacional tienden a acentuar el conflicto entre una sociedad cada vez más alienada, y una economía cada vez más articulada a la complejidad del mercado global.

Guillermo Castro H./ Especial para Con Nuestra América
Desde Alto Boquete, Panamá

Para cualquiera que nos conozca, Panamá atraviesa por un período de transformaciones evidentes. Algunas son más visibles que otras, sin duda, pero es probable que sean las menos visibles las de mayor trascendencia para nuestro futuro. De todas ellas, la más importante consiste, sin duda, en la transformación de nuestra República en un (joven) estado nacional en el pleno sentido de la expresión, a partir de la década de 1990 y al cabo de un régimen de protectorado entre 1903 y 1936, de derecho primero, de hecho, después, que tuvo su expresión más brutal en diciembre de 1989.
 
También es evidente un proceso de crecimiento económico sin precedentes por su intensidad y su duración, tras el cual subyace la transformación de una economía de enclave, articulada en torno a un canal vinculado a la economía interna de los Estados Unidos, en otra que se estructura a partir de una Plataforma de Servicios Globales de creciente complejidad. Y a esto cabe agregar la de una sociedad de fuertes valores rurales y estrechos vínculos entre los sectores populares y de capas medias profesionales de origen reciente, en otra de carácter urbano, de gran desigualdad estructural, que aún se encuentra en el proceso de construir su nueva identidad. 
 
En ese marco, también, ha venido transformándose la actitud de los pobres de la ciudad y el campo ante sus propios problemas, desde la aceptación más o menos pasiva de su condición de marginalidad, hacia una creciente voluntad y capacidad para reclamar mejores condiciones de vida. Aquí, la convergencia de movimientos indígenas, campesinos y de pobladores urbanos pobres constituye una novedad del mayor interés.
 
De momento, sin embargo, lo que se transforma con mayor lentitud entre nosotros es el pensamiento político forjado entre las décadas de 1940 y 1970, en el que se confrontan hasta hoy un populismo liberal y otro conservador, que comparten una concepción del mundo organizada en categorías como pueblo y oligarquía, tradición y modernidad, o atraso y progreso. Por lo mismo, el planteamiento de los problemas de Panamá en este momento demanda encarar que se dé por sentado que la economía crece en una sociedad que no cambia, y que el evidente incremento de la desigualdad constituye un problema administrativo de reparto, y no de relacionamiento social. Aquí (aún) no es de sentido común percibir que el crecimiento económico y la desigualdad social son formas - entre otras- en que se expresa un proceso más complejo de transformación de la sociedad, de su economía, y de su cultura. En lo más esencial, ese proceso consiste en la transformación de la vieja economía – en la que la actividad del tránsito operaba al interior de un enclave que hacía parte de una economía distinta a la nacional -, en otra en la que el tránsito hace parte de la economía interna – a la que subordina a sus intereses y necesidades, mientras se diversifica en su contenido como en sus rutas.
 
Aquella economía fue definida como transitista, no porque dependía del tránsito interoceánico – una actividad milenaria en el Istmo -, sino por la forma en que esa actividad vino a ser organizada a partir del momento en que el territorio que hoy habitamos fue incorporado a la formación y el desarrollo del moderno mercado mundial, desde mediados del siglo XVI. Aquella organización – aún vigente en lo más esencial – se caracterizó por el control monopólico del tránsito por el Estado, y la de sus beneficios en quienes controlaban ese Estado; el subsidio ambiental a la actividad así concentrada a partir de un corredor agropecuario extendido a lo largo del litoral Pacífico Occidental del Istmo, y la formación de una frontera interior que marginó al litoral Atlántico y el Darién del proceso de formación nacional hasta fecha relativamente reciente. 
 
A esto cabe agregar, en lo cultural y lo ideológico, la formación y reproducción constante de una mentalidad característica en los sectores dominantes, que considera a estos rasgos históricos como consustanciales a la condición ístmica del territorio y al predominio del tránsito como actividad económica, y no como elementos característicos de una determinada fase de la historia de Panamá. Para esa mentalidad, el problema fundamental no consistía en la organización transitista del tránsito, sino su control por una potencia extranjera. Y así planteado el problema, su solución no podía ser más evidente: nacionalizar y preservar el transitismo, bajo el control del Estado que esos sectores controlan, y al amparo del hegemón regional.
 
Así la cosas, tendría que ser evidente que la integración del Canal a la economía interna, como la inserción de la economía local en la global a través de la formación de una Plataforma de Servicios Transnacionales en torno al Canal, no son hechos que puedan ser reducidos a una mera expansión cuantitativa de la vieja economía transitista. La nueva economía, en efecto, podrá llegar a ser transitista, o no. Si sigue siéndolo – esto es, si sigue concentrando el tránsito y sus beneficios en un único corredor interoceánico, subsidiado mediante la devastación ambiental y el deterioro social del resto del país -, esa economía demandará una organización social y política tan autoritaria como lo fue la antigua Zona del Canal. Si opta por una nueva organización, que descentralice el tránsito y sus beneficios mediante múltiples corredores interoceánicos e interamericanos, y fomente su capital natural mediante el fomento de su capital social, esa economía será realmente nueva y le será natural sustentarse en una organización democrática de su vida social y política.
 
Esto, por otra parte, hace parte de un proceso que abarca tanto el conjunto de la realidad nacional, como el de las relaciones internacionales de Panamá. Los problemas inherentes a un proceso de tal complejidad no pueden ser encarados asumiendo que la economía simplemente arrastra tras de sí al resto de los componentes de la vida nacional. Por el contrario, esos componentes – político, social, cultural, identitario, ambiental – se transforman a distintas velocidades, a veces interactuando sinérgicamente entre sí, a veces obstaculizándose unos a otros. 
 
Así, el crecimiento económico modifica la estructura social haciéndola cada más inequitativa y excluyente. Esto, a su vez, tensiona cada vez más las relaciones de los sectores más y menos favorecidos entre sí, y con el Estado.  Esas tensiones, por su parte, erosionan los elementos de identidad colectiva y comunidad de propósitos imprescindibles para la construcción de consensos, lo cual hace cada vez más difícil el manejo de las contradicciones que emergen del crecimiento económico, y así sucesivamente. Comprender esas interacciones, y su incidencia sobre la velocidad de marcha y la orientación del proceso de transformación en su conjunto, tiene aquí la mayor importancia.
 
Los conflictos y contradicciones que se derivan de esa interacción se manifiestan, en lo más visible, como rezagos que limitan la posibilidad de acercarse a un modelo de desarrollo social para el crecimiento económico, capaz de procesar sus propios conflictos y obtener de ese procesamiento la energía necesaria para sostenerse en el tiempo.  Así, los factores de conflicto que operan al interior de las transformaciones en curso en la vida nacional tienden a acentuar el conflicto entre una sociedad cada vez más alienada, y una economía cada vez más articulada a la complejidad del mercado global.
 
En lo inmediato, nuestro problema mayor radica en que quienes intuyeron la inminencia de este proceso de transformaciones - no para conducirlo, sino para explotarlo en su propio beneficio - no saben con qué sustituir lo que tan activamente contribuyen a destruir. Sus oponentes, por su parte, tampoco parecer saber con qué sustituir lo que ya no están en capacidad de defender. Y aun esto, sin embargo, se refiere más al aspecto principal de las contradicciones que encaramos que a la principal de esas contradicciones: la que enfrenta al tránsito contra el transitismo o, lo que es su equivalente en el terreno político, contrapone la esperanza imposible de crecer sin cambiar, característica del regresismo dominante, y la necesidad de cambiar para crecer, característica de períodos de transición entre lo que fue y lo que aún no llega a ser. 
 
En una circunstancia así, urge identificar con verdadera claridad tanto la naturaleza del cambio que ya está en curso, como la de los rezagos del pasado y los obstáculos de coyuntura que lo hacen más lento y lo distorsionan, acentuando sus peores rasgos - como el conformismo cultural y la desesperanza política -, y limitando la posibilidad de encauzarlo en una dirección que se corresponda con los mejores intereses del país.  Dicho en breve, no estamos ante problemas derivados de una mala gestión pública en los gobiernos de ayer, de hoy o de mañana, pues esa gestión pública expresa el divorcio entre el Estado que se desintegra y la sociedad que emerge en este proceso de transformación. 
 
Esa nueva etapa se caracterizará por lo mucho peor o mejor que llegue a ser con respecto a la que le dio origen. Libradas las cosas a la espontaneidad del cambio, será sin duda peor. Encaradas en su carácter contradictorio, apoyando lo que esa contradicción entraña de promesa y previendo a tiempo lo que trae de amenaza, puede llevarnos a una situación mucho mejor. Gestionar con claridad de propósitos la transformación de la sociedad y de su Estado viene a ser, aquí, la clave para evitar aquel riesgo y abrir paso a un país en el que el interés público se corresponda, en sus expresiones de política estatal, con el interés general de la nación. 
 
En este sentido, la reforma política deberá ser el producto de la reforma cultural y moral que empieza a alentar nuevamente en sectores de las capas medias, el movimiento indígena y el campesinado, y que desde allí abarcará a los trabajadores asalariados cuyas organizaciones de ayer se encuentran hoy bajo acoso del regresismo al anteayer que alienta en los sectores dominantes. Estamos, en breve, ante la tarea de construir el bloque histórico correspondiente a las circunstancias de nuestro tiempo, o ingresar de lleno en aquello que Federico Engels llamó alguna vez un periodo de putrefacción de la historia.
 
Alto Boquete, Panamá, 26 de junio de 2026

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