sábado, 25 de marzo de 2017

El trabajo infantil y decente en el mundo neoliberal

Una de las tragedias sociales que debiese despertar entre los seres humanos la mayor sensibilización y visualizarse en toda su cruda magnitud, es la existencia en pleno siglo XXI, del trabajo infantil y de formas de explotación laboral hacia este sector, sencillamente ultrajantes.

Pedro Rivera Ramos / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad Panamá

En todo el mundo y pese a todos los esfuerzos realizados hasta hoy para superar y erradicar el trabajo infantil, un poco más de 200 millones de niños siguen condenados a esa situación, lo que los priva al pleno disfrute de la educación, salud, libertades y tiempo para el ocio y los juegos. Por ello es fundamental un trabajo sostenido y constante de todos los gobiernos, de todos los grupos organizados, de todas las instituciones internacionales y de todas las personas, para eliminar las peores formas de trabajo infantil que existen en la actualidad.

Un documento sumamente importante en esta lucha contra este flagelo en Panamá, es el Convenio 182 de la OIT sobre las peores formas de trabajo infantil, que hace más de trece años entró en vigor. Cúmplase en su totalidad el articulado de este instrumento básico y, de seguro, tanto en nuestro país como en el resto de la humanidad tendrán así a todos sus niños y niñas felices.

Es innegable que trabajo infantil y pobreza van de la mano. De igual modo, estas construcciones sociales que laceran al imaginario colectivo, están también ligadas a las desigualdades e inequidades que existen en nuestras sociedades. Por ello es que para vencerlas, debemos pasar indefectiblemente por el gasto público y su sostenibilidad en el tiempo. Es preciso, en primer lugar, invertir de forma eficaz en la educación de las nuevas generaciones y sobre todo, en los sectores más vulnerables.

Por otra parte, el llamado “trabajo decente” en el mundo neoliberal y las preocupaciones y conflictos que genera para interconectar eficazmente, el mercado laboral con las entidades educativas de formación, las universidades y sus egresados, no son de reciente data y tampoco han sido caminos de rosas. De lo que realmente se trata, es la de emprender el desarrollo de acciones más integrales que le garanticen a la juventud panameña un empleo decente, es decir, un trabajo decoroso y una remuneración justa, que les permita, por un lado, sumarse al desarrollo de las potencialidades económicas que la Nación exhibe y, por el otro, entregarse en su propio mejoramiento personal, profesional y familiar. Y todo esto en un contexto donde hay una profunda, marcada, incesante y objetiva transformación del conocimiento y del mundo del trabajo.

Es evidente que no se puede reconocer ni hablar de trabajo decente, y mucho menos para la juventud, sin considerar por una parte, el origen y definición de este concepto en el marco de la globalización neoliberal, así como la de revelar las razones que llevaron a su acuñación; y por la otra, las relaciones de producción prevalecientes en la sociedad y que determinan, que mientras más desigualdades existen en un país, más difícil resulta encontrar trabajos decentes y dignos.

Sin duda alguna, en este contexto a las universidades le cabe una responsabilidad suprema. Su principal objetivo, que es al mismo tiempo la razón de ser de ellas, es el de educar y formar ciudadanos con elevados valores morales y éticos y excelentes y sólidas competencias profesionales. Ellos deben responder a las exigencias cada día más variadas y complejas del competitivo mercado laboral y deben, a su vez, mostrar que lo hacen guiados por una ineludible responsabilidad ciudadana y un permanente compromiso social. Por eso las Universidades, más que cualquier otro centro de formación para el mundo del trabajo, tienen la obligación --por ser las entidades que deben  ser-- de conservarse como centros de formación integral de los educandos, para beneficio principalmente de una sociedad que crece y se consolida verdaderamente, cuando sus profesionales tienen un conocimiento más allá del mero saber instrumental, cuando son capaces de reconocer la utilidad de saberes que no suelen tener una aplicación inmediata o práctica, pero que les permiten contar con una visión general del mundo en que viven y actúan.

De allí las grandes dificultades y los complejos retos que las Universidades de hoy tienen, para asumir plenamente su misión principal. Se trata en síntesis, de encontrar la interacción aceptable, o la que mejor funcione, entre los objetivos supremos de la educación universitaria, las necesidades de la sociedad y las demandas del mercado laboral. Es preciso superar ese desencuentro que en cierta medida ha existido, principalmente entre el mundo laboral y el académico, sin que ello suponga en modo alguno sacrificar las exigencias prioritarias del primero o la calidad educativa del segundo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Dolor e indignación debemos sentir de vivir en un mundo, donde la explotación infantil exista.
Niños que deberían estar estudiando, ensalzando los valores humanos, sociales y morales a los que tienen derecho y disfrutando de esta etapa de su vida, carguen sobre sus endebles hombros el peso de la manutención de sus hogares, víctimas del sistema imperante en sus países.
Sirva este artículo para concientizar, a lo que les falta amor por el ser humano y sólo les interesa incrementar su capital.