El presidente de Estados Unidos está metido en un predicamento. Haga lo que haga con Irán, quedará mal. Mejor dicho, ya quedó mal. Le pasan estas cosas por prepotente, impulsivo e ignorante. Sufre de una egolatría enfermiza que le nubla el entendimiento y mete la pata frecuentemente, aunque lo de Irán es peor: ha quedado en evidencia la debilidad de la potencia que comanda.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
Donald Trump está desesperado porque no encuentra cómo librarse de la telaraña en la que ha quedado atrapado, en la que cayó él solo y que lo está hundiendo. Todos los días anuncia haber llegado a un pacto que pondrá fin a la guerra, y cada día es falso. Cada día promete que arrasará hasta los cimientos a su enemigo, y no puede.
Ya nadie le cree, como al pastorcillo mentiroso. Al principio sí, hubo revuelo cuando amenazó con arrasar la civilización iraní, de las más antiguas del mundo, en una sola noche. Pero luego ha repetido la amenaza tantas veces, y tantas veces la ha dejado en el aire, que ya nadie le cree.








