sábado, 7 de febrero de 2026

Costa Rica y costa pobre

 La historia ya ha pasado antes en otras partes. El fascismo llegó aupado por millones que, eufóricos, vieron en él, como Ramiro, una salida a su situación angustiosa. Todos, inclusive él, pagamos después los platos rotos, pero mientras tanto la ola crece y amenaza con llevarse por delante lo que en Costa Rica se construyó con esfuerzo colectivo desde, por lo menos, la década de 1940. 

Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica

Sentado en un pequeño pretil a la orilla de una calle de tierra y bajo el sol inclemente de la costa caribeña, Ramiro me dice, dos días después de las elecciones presidenciales y de diputados, que ojalá la nueva Asamblea Legislativa logre pasar leyes que detengan la ola de violencia que azota al país, y que pone en peligro la llegada de los turistas de los cuales vive como jardinero que cuida las parcelas que rodean las casas en donde se alojan.
 
Vive en una casa en la pequeña localidad de Penshurt, situada en una encrucijada en la que confluyen los caminos que llevan al Valle de la Estrella, centro de las bananeras del Caribe costarricense, y a las paradisíacas playas de Cahuita y Puerto Viejo, a las que fluyen sin parar turistas de Canadá, Estados Unidos y Europa.  
 
Trabaja de sol a sol durante toda la semana, asiste al culto de su iglesia neopentecostal los sábados por la noche, y casi todos los domingos ayuda voluntariamente a hacer reparaciones en una de las muchas iglesias protestantes de su comunidad. Dice que es una forma de retribuir la ayuda que le brindó la Iglesia cuando en su juventud vivía preso de las drogas. Tenía entonces cinco hijos, tres varones y dos niñas, que crecían en medio de privaciones y escenas de violencia familiar por sus reacciones violentas a los reclamos de su esposa, hasta que encontró en la Iglesia el asidero para salir del pozo en el que estaba.
 
Después de más de veinte años de haber logrado salir del infierno en el que vivía, sigue a pie juntillas las indicaciones de su pastor que los orientó, a él y al resto de “siervos” de su pequeña comunidad religiosa, a votar por la candidata oficialista, Laura Fernández, porque será ella, me cuanta que les dijo, quien logrará sacar a Costa Rica de la plaga de la violencia que tiene tan preocupados a todos.
 
Ramiro tiene, a sus cincuenta y cuatro años, una catarata en el ojo derecho, pero en la Caja del Seguro Social, en donde logró que le hicieran el diagnóstico después de dos años de hacer filas para que lo atendieran, le dijeron que podrían operarlo seguramente hasta el 2028, siempre y cuando se llenara la plaza de especialista que está vacante desde hace cuatro años, cuando hubo una desbandada de especialistas por las deficientes retribuciones de la Caja del Seguro Social una vez que la Asamblea Legislativa aprobó la ley del salario único o global en la administración pública, establecida por la Ley Marco de Empleo Público.
 
Sentados a las once de la mañana en ese pretil me dice que tiene esperanza de que “Laurita” siga los pasos de su predecesor, de la cual es delfina, y asuma de alguna forma el modelo de mano dura que Bukele ha popularizado en el país. “Que se lleven a todos estos malandros que nos hacen la vida imposible”, me dice, mientras ve de reojo a Gustavo, su hijo de 28 años que le ayuda en el trabajo que hace todos los días y del que teme que caiga en la tentación de enrolarse en alguna de las bandas que pululan entre sus vecinos en Penshurt distribuyendo drogas o sirviendo como sicarios a sueldo.
 
Dos días antes de las elecciones acompañé a Ramiro a la farmacia, porque me pidió que yo le explicara a la farmacéutica “con más claridad” -me dijo- un síntoma que le afecta y para el cual buscaba remedio. En el camino, nos encontramos con un pequeño piquete del Frente Amplio (FA) que, en el parquecito del pequeño pueblo en el que él trabaja y yo vivo, hacía una volanteada. 
 
Los muchachos del FA lo abordaron. Yo lo vi parado en medio de la calle, panzón, con el pantalón raído y las manos callosas recibir el panfleto que le entregaba un muchacho delgado y con coleta que apelaba a su conciencia ambientalista y lo invitaba a votar por su partido. Era alguien que había bajado de la Costa Rica a la costa pobre, la que le dio mayoritariamente el voto a Laura Fernández, que ve como ajenas las preocupaciones de esos muchachos a los que no conoce y que son hasta físicamente distintos a él.
 
La costa pobre es producto de cuarenta años de neoliberalismo. En un pequeño territorio de apenas 50 mil kilómetros cuadrados existen, ahora, dos países, uno dinámico que aumenta sus exportaciones con un modelo que en otros países de Centroamérica lo ven como un ejemplo, y otro en el que el horizonte está preñado de largas filas en clínicas y hospitales, citas médicas a dos, tres o más años plazo, violencia cercana y cotidiana y trabajo precario.
 
La costa pobre se agarra de quien le ofrece resolver esos problemas. No tiene muchos criterios para juzgar porque, como parte de su historia de creciente precarización, abandonó la escuela o el colegio y apenas puede redactar, con letra vacilante y frases llenas de faltas de ortografía, las frases básicas para hacer una lista de materiales para alguna construcción en la que trabaje de peón o algún otro mensaje elemental.
 
Cuando le pregunto a Ramiro cómo sabe de las bondades de su candidata me muestra su teléfono celular y me pone a ver alguno de los cientos de mensajes de la red TikTok que circulan. No tiene ni que buscarlos, porque dice que le llegan como en cascada y se entretiene mirándolos cuando, a las seis de la tarde, se tira a descansar en la hamaca. 
 
Tal vez es cierto lo que dicen los oponentes al proyecto político del presidente Rodrigo Chaves, de que la electa Laura Fernández será la continuadora: seguramente es gente sin criterio. “Ignorantes”, los llaman, y se burlan de ellos. Yo veo a Ramiro sentado en el pretil de esta mañana milagrosamente soleada después de cuatro días de un frente frío en el que no ha dado tregua la lluvia, y pienso que alguien como él ha sido devorado por la opción política de la derecha que, en última instancia, lo ha usado como carne de cañón para encumbrar en el gobierno a una nueva capa de capitalistas, oligarcas y nuevos ricos mafiosos. Él no lo sabe, y tal vez no lo sabrá nunca, pero han sido ellos quienes han sabido canalizar su angustia y frustración. Pudo haber sido la izquierda, pero no ha sido capaz.
 
La historia ya ha pasado antes en otras partes. El fascismo llegó aupado por millones que, eufóricos, vieron en él, como Ramiro, una salida a su situación angustiosa. Todos, inclusive él, pagamos después los platos rotos, pero mientras tanto la ola crece y amenaza con llevarse por delante lo que en Costa Rica se construyó con esfuerzo colectivo desde, por lo menos, la década de 1940. 
 
Ramiro no puede dimensionar lo que eso significa: ha vivido siempre en un estado de derecho, con instituciones bien asentadas y no aquilata su valor. Más bien le han dicho que ese es el principal obstáculo para que todo camine mejor, lo acepta sin chistar y sigue el mainstream del momento: el modelo Bukele es la solución.   

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