Lo que Costa Rica está viviendo es una sublevación conservadora respaldada por un maistream mundial de época que le otorga legitimidad ante los ojos de los enojados.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
A Costa Rica la alcanzó el destino. Uno que se viene anunciando desde hace ya bastante tiempo. Es el destino marcado por la reacción del conservadurismo ante las propuestas y logros culturales de la nueva izquierda y el progresismo, que tenía a los conservadores tradicionalistas con la sangre en el ojo y que al final eclosiona como una sublevación.
Quienes puntean en la carrera por llegar a esos puestos son los conservadores. Es decir, los que tienen valores y principios tradicionales como ejes morales y éticos de sus vidas. Muchos de esos conservadores son cristianos, tanto católicos como protestantes. Decimos “muchos”, porque no todos los conservadores lo son, pero constituyen buena parte de su núcleo duro.
Son el tipo de cristiano conservador que prevalece en nuestros días: neopentecostal entre los protestantes, admirador de los papas Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger entre los católicos.
Estos cristianos, pero no sólo ellos, también sectores desamparados económica y socialmente, atrapados por las redes sociales, dejados al garete por la institucionalidad estatal, sienten que el suelo se les mueve bajo los pies cuando aparecen propuestas y mandatos que de golpe y porrazo pretenden cambiarles la visión de mundo que es para ellos “natural” .
Son mandatos que no emanan de su propia dinámica social y cultural, sino de otros grupos sociales más “modernos”, más a tono con los nuevos tiempos. Grupos sociales generalmente más acomodados económicamente, más instruidos, más viajados, más cosmopolitas y más urbanos.
Estos grupos sociales se auto perciben como culturalmente superiores, más adelantados y civilizados, y despiden un cierto aire de superioridad que resiente y ofende a quienes, en un mundo caracterizado por la incertidumbre, la ambigüedad y el temor, se atrincheran en lo que perciben como anclajes ideáticos que les proporcionan una frágil estabilidad. Estos, son vistos por aquellos por sobre el hombro, y caracterizados como elementales o “básicos”, denominación, por cierto, popularizada en redes sociales.
La guerra cultural contemporánea entre ambas visiones de mundo se viene gestando desde hace mucho tiempo. Ya desde finales de los años sesenta, el Informe Rockefeller previó que sería central en la sociedad futura, es decir la nuestra, y recomendó al gobierno estadounidense incentivar las misiones de cristianos protestantes con mentalidad conservadora para evangelizar, lo cual hizo de forma paulatina y segura desde entonces. Así, el perfil del cristiano latinoamericano ha venido cambiando en el sentido por ellos incentivado.
Estos grupos conservadores se han sentido vejados con la implementación de políticas de género o las relativas a la diversidad, sobre todo cuando se introducen en el aparato educativo, porque sienten que hay un invasión en un espacio de su intimidad que solo a ellos compete. De ahí, por ejemplo, el movimiento A mis hijos los educo yo.
En Costa Rica, tales políticas motivaron protestas de padres y madres por las clases de educación sexual, o el establecimiento de baños en los colegios en los que no había separación por sexos. Lo mismo sucedió con el tema del aborto.
La creciente presencia del conservadurismo ya se expresó políticamente en el pasado, cuando candidatos presidenciales con este tipo de mentalidad conservadora estuvieron a punto de ganar las elecciones presidenciales, y también con el aumento de diputados cristianos conservadores.
Los grupos sociales “modernos” preponderantemente urbanos, contuvieron la avalancha conservadora descontenta hasta las elecciones de 2018, cuando lograron in extremis imponer a su candidato, un joven hasta entonces desconocido en la política nacional que se perfilaba como de pensamiento progresista, Carlos Alvarado, que a la postre llevó adelante un programa de gobierno que quienes lo encumbraron sintieron que fue una traición a las esperanzas en él depositadas, y con esto contribuyó a crear una nueva capa social de decepcionados.
Así, a los grupos de conservadores -cristianos o no- se les sumaron los decepcionados, los enojados, los frustrados y los que se sintieron engañados. Un contingente variopinto mayoritario que en estas elecciones del 1 de febrero de 2026 votará con rabia o no votará.
Lo que le interesa a este conglomerado es, en primer lugar, desquitarse de aquellos a quienes les sufrió su distancia -física y cultural- altanera, que no escuchó su clamor opositor. Tratan de diferenciarse lo más posible de ellos, y para hacer evidente de que son otra cosa se muestran vulgares, malcriados y agresivos, es decir, no educados, modositos ni bien portados como sus oponentes, y seguramente van a elegir a quienes validen e incentiven ese comportamiento desafiante.
Lo que Costa Rica está viviendo es una sublevación conservadora respaldada por un maistream mundial de época que le otorga legitimidad ante los ojos de los enojados.
Esa sublevación se expresará primero en las urnas electorales, y después, seguramente, en una furia destructiva, que retrotraerá decisiones tomadas e institucionalizadas en el pasado tendientes al reconocimiento de la diversidad sexual y de género; de respaldo a las mujeres en aras de lograr la equidad con los varones en el trabajo y, en general, la vida social; de legalización del aborto y de protección al medio ambiente.
Debe apuntarse algo: lo que los costarricenses expresan es su necesidad de un cambio, pero lo que muestra la historia reciente es que no saben hacia dónde lo quieren. Primero, intentaron darle el mandato para que la realizara a un partido socialdemócrata nuevo, el Partido Acción Ciudadana (PAC), al que llevaron al gobierno por dos períodos seguidos. Luego, decepcionados, no quisieron saber más de él, lo escarmentaron en las urnas borrándolo prácticamente del escenario político, e hicieron una apuesta más atrevida: eligieron a otro desconocido quien, por demás, llevaba treinta años fuera del país, que asumió el papel de canalizador de su malestar presentándose como su portavoz. Ese es el actual presidente Rodrigo Chaves.
A esta nueva propuesta parece que le darán otra oportunidad, al igual que como hicieron antes con el PAC. Lo que está por verse es si esta nueva opción que están probando puede generar, como se lo propone, un quiebre institucional que concluya de reconfigurar el perfil de la república que viene en marcha desde hace ya cuarenta años.
Se trataría de una Tercera República. Si lo logran, sería la culminación de la crisis que los mismos gestores de la Segunda República provocaron a partir de la década de los ochenta con su viraje neoliberal propiciado por el Consenso de Washington, y provocaría un reacomodo que terminaría de cambiar el perfil identitario del país, lo que daría pie a una nueva Costa Rica, distinta a la conocida por casi todas las generaciones vivas en la actualidad.
Cómo ya lo dijo Olivier Dabéne en 1992, en Costa Rica muchos problemas políticos son tratados al máximo en términos culturales con el fin de evadir la confrontación abierta, y pone como ejemplo que a fines del siglo XIX los grandes debates que se produjeron sobre la religión, la educación y el desarrollo social sirvieron de biombo a fuertes pugnas políticas con respecto a las relaciones entre la Iglesia y el Estado en el marco del ascenso de la burguesía liberal. Se podría por lo tanto decir que el enfrentamiento en el campo cultural enmascara contradicciones políticas.
En esas se está. No es poca cosa.

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