Bajo un calor agobiante -que ha servido para que la FIFA haga cortes “de hidratación” que posibilitan que las televisores pongan más anuncios-, el campeonato mundial de fútbol avanza entre polémicas, acusaciones, lágrimas y euforia desbordantes.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
No hay evento colectivo que tenga más impacto en el mundo de hoy. No hay, tampoco, mecanismo más poderoso para poner en funcionamiento ese viejo aparato, que a veces parece oxidado y demodé, que es el nacionalismo.
Es impresionante ver las pantallas al aire libre en el Cairo o en Oslo, con decenas de personas con el rostro expectante, ansioso, asustado o eufórico. Unidos todos como uno solo, cuando en la vida diaria están separados y hasta enfrentados por razones políticas, de género, de clase, étnicas o condición migratoria.
Se abrazan y lloran aún sin conocerse, unidos y tal vez sin saber (sin que les importe) que el otro sería, en otras condiciones, las “normales”, el enemigo o la amenaza irreconciliable que querrían ver lejos, si no muerto.
Ese otro también puede sufrir la transmutación opuesta: de conocido inocuo, vecino amable o amigo eterno, pasar a ser la encarnación de lo más aborrecible.
El Mundial también muestra las huellas profundas de los resentimientos que va dejando en nosotros los atropellos y subyugaciones que están en la base del mundo contemporáneo. La mirada por sobre el hombro del norte hacia el sur; la pervivencia del racismo; la necesidad de revancha de quienes sufren humillación por su condición de clase o color de piel.
Son multitudes atragantándose con la furia o la euforia, con la mente nublada, dispuestas a “vencer o morir”, enarbolando banderas, arropándose con ellas como escudo protector y unificador.
Sobre ellas, el emperador. Él no es el hincha de las graderías, el que se endeudó y sufre el calor que nos impone el cambio climático. El emperador baja el pulgar y sus órdenes se cumplen, aunque la multitud del circo clame lo contrario y se enoje. Su palabra es ley, por estúpida que sea.
Y están los que llevan agua a su molino, los oportunistas de siempre. Los que aprovechan los resentimientos y se montan en la ruleta que esperan se detenga en el lugar que le de réditos políticos, como aquella senadora que canaliza su racismo, cimentado en la sociedad estamentaria en la que vive, y se ceba en quienes son chivo expiatorio del pueblo enardecido.
Eso es lo que somos. Habrá quien quiera desmarcarse, mostrarse como viendo desde la barrera la barahúnda de este mundo que va en carrera hacia su destino cataclísmico, ese que ha empezado a vivir ya el ahogo del calor sofocante, de las sequías y los incendios, pero también de los huracanes devastadores y las inundaciones.
Pronto vendrá el momento que Serrat describe poéticamente:
“Y con la resaca a cuestas
Vuelve el pobre a su pobreza
Vuelve el rico a su riqueza
Y el señor cura a sus misas.”
Esto somos, genio y figura…

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