
Froilán Escobar
En uno de los poemas del libro Flores del destierro, José Martí toca el misterio cuando dice:
Dos patrias tengo yo:
Cuba y la noche.
Y concluye con una pregunta que constituye, sin duda, más que una respuesta, un ensanchamiento del misterio:
—¿O son una las dos?
Cuba y la noche se confunden para él en una misma geografía, en una misma vigilia esperadora. Sin embargo, a la hora de hablar de la vida de José Martí, las noches no cuentan. Por más pobladas que estén, por más que nos dejen innumerables connotaciones y sentidos, nunca hacemos referencia a ellas, como si los ríos no corrieran en la oscuridad, como si el tiempo del mundo, en ese momento de aparente ceguera —en que sólo podemos ver para adentro—, quedase suspendido.
Las noches, pareciera, no tienen implicaciones sociales, políticas y humanas. Tal vez porque tan pronto despertamos, se borran, se pierden de nosotros, como si se tratara de algo que no nos pertenece. Tal vez porque lo que se oculta —aunque es lo que nos completa—, no lo asociamos con el tiempo. O tal vez porque la historia, que suele ser excluyente con lo que soñamos, sólo ve y recoge el acto.
Dos patrias tengo yo:
Cuba y la noche.
Y concluye con una pregunta que constituye, sin duda, más que una respuesta, un ensanchamiento del misterio:
—¿O son una las dos?
Cuba y la noche se confunden para él en una misma geografía, en una misma vigilia esperadora. Sin embargo, a la hora de hablar de la vida de José Martí, las noches no cuentan. Por más pobladas que estén, por más que nos dejen innumerables connotaciones y sentidos, nunca hacemos referencia a ellas, como si los ríos no corrieran en la oscuridad, como si el tiempo del mundo, en ese momento de aparente ceguera —en que sólo podemos ver para adentro—, quedase suspendido.
Las noches, pareciera, no tienen implicaciones sociales, políticas y humanas. Tal vez porque tan pronto despertamos, se borran, se pierden de nosotros, como si se tratara de algo que no nos pertenece. Tal vez porque lo que se oculta —aunque es lo que nos completa—, no lo asociamos con el tiempo. O tal vez porque la historia, que suele ser excluyente con lo que soñamos, sólo ve y recoge el acto.
José Martí, como es sabido, vivió 42 años. O como suele decirse de manera habitual buscando mayor exactitud: vivió 15 mil 411 días, de los cuales, más de la tercera parte estuvo fuera de su patria, con su patria a cuesta, soñando con su patria, porque le faltaba. Pero sus días, por más que se alarguen en el dolor y la impaciencia de un hombre profundamente comprometido con el independentismo antimperialista y el americanismo como declaración de identidad, resultan fragmentarios e insuficientes, pues se le está amputando a su vida la otra mitad germinatoria. Leer más...
No hay comentarios:
Publicar un comentario