En Costa Rica se vive una situación asombrosa e inexplicable: un país que se caracterizó por la tolerancia, la amabilidad y los buenos modales, que el resto de centroamericanos lo caracterizaban como “educado” y que algunos, incluso, decían que era “domesticado” por su tranquilidad y falta de beligerancia, se ha transformado en poco tiempo en otra cosa.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
Uno de esos males es la corrupción. El discurso dominante identifica a los corruptos con “los mismos de siempre”, que básicamente son los partidos políticos y los políticos que gobernaron el país hasta hace cuatro años. Estos partidos y estos políticos habrían arruinado al país, lo habrían postrado mientras, al mismo tiempo, se enriquecían.
El principal blanco es el Partido Liberación Nacional (PLN), partido socialdemócrata que es uno de los principales artífices de la Costa Rica construida en la segunda mitad del siglo XX, un país que logró destacar en América Latina por la construcción de un fuerte estado de derecho e instituciones que atendieron la salud y la educación de manera ejemplar.
Esa obra remarcable estuvo también acompañada de actos de corrupción, negociados y malversaciones que tuvieron en el banquillo de los acusados a algunos de sus principales dirigentes, expresidentes, exministros, algunos de los cuales guardaron prisión o protagonizaron escenas vergonzosas, como la de aquel expresidente de la República que, habiendo sido electo Secretario General de la OEA después de su mandato, tuvo que renunciar y bajar esposado por la policía del avión que lo trajo de regreso al país desde Washington.
No fue el único. El hijo de uno de los caciques políticos más connotados del siglo XX, José Figueres Ferrer, salió del país por varios años hasta que los delitos que se le achacaban, luego de ser él también presidente de la República, prescribieron. Son solo ejemplos, hubo muchos otros de mayor o menor cuantía en ese partido y en otros, como el Partido Unidad Socialcristiana (PUSC), con el que el PLN se alternaba en el poder y constituían así un verdadero sistema bipartidista.
En esas circunstancias, los costarricenses apostaron hace doce años por un partido emergente que se había desgajado del PLN, el Partido Acción Ciudadana (PAC), que se presentó originalmente como de ideología también socialdemócrata, pero un poco más en sintonía con los partidos de la ola progresista latinoamericana de los primeros quince años del siglo XXI.
Pero el PAC, aunque le dieron la oportunidad de gobernar durante ocho años dos períodos presidenciales seguidos, traicionó la expectativa que despertó. En vez de retomar el rumbo hacia una Costa Rica con justicia social que el rumbo neoliberal había desvirtuado, lo que hizo fue insistir en esa vía que ahondaba la brecha que había transformado al país en uno de los más desiguales de América Latina: impulsó una reforma fiscal regresiva, limitó la libertad sindical y sus posibilidades de protesta y no vaciló en reprimir con dureza la protesta ciudadana.
Así que los costarricenses se decidieron por buscar a un outsider, un desconocido que había estado ausente treinta años del país, que había trabajado en el Banco Mundial de donde fue despedido por acusaciones de acoso sexual, y que literalmente nadie conocía.
Fue este advenedizo quien implantó y legitimó un nuevo estilo de relacionamiento social en el que no se escatiman improperios, insultos y frases denigrantes contra quienes piensen diferente a él u ocupen puestos en el aparato del Estado que él considera que son nidos de la corrupción.
Su liderazgo se basa en la polarización y en la estigmatización del otro de forma tajante y sin reparos. Los insultos que lanza a diestra y siniestra son seguramente los que el común quisiera lanzar contra todo lo que él les diga que es el causante de los males del país. Escogió quienes eran los que debían ser objeto de escarnio, el PLN, el poder Judicial y los comunistas (que realmente no lo son), y no pasa semana en la que no los insulte y denigre públicamente por televisión.
Una buena parte de la población le hace barra y lo celebra, se congratulan de su estilo “frontal” y “sin pelos en la lengua”, y pretenden hacer borrón y cuenta nueva del pasado en el que hubo instituciones ejemplares que les proporcionó estándares de vida destacados.
Se canaliza el resentimiento dando manotazos, sin que se vislumbre una alternativa real. Tras cuatro años de mandato que concluirán el próximo 8 de mayo, no se puede identificar ningún avance o construcción real en ningún aspecto. La próxima administración será, como ya ha sido anunciado, continuidad de la presente, y eso hace muy feliz a muchos que mandan a callar a quienes llamen la atención sobre la pérdida de rumbo.
Quien conociera la Costa Rica de antaño, de hace diez o veinte años, ya no digamos la de hacer treinta o cuarenta, no podría dar crédito a lo que verían hoy sus ojos u oirían sus oídos. Esto seguramente ya pasó antes en otras partes y las masas también fueron arrastradas por líderes de este tipo. Luego, siendo ya tarde, se lamentaron. Pero lo cierto es que en Costa Rica ha habido un cambio en el que una forma de ser, es decir, una cultura, una visión de mundo, dio un viraje ante nuestros ojos. Lo que se creía inconmovible, se sacudió y mutó en otra cosa.
Los profesionales de las ciencias sociales interesados en el tema de las identidades colectivas deberían poner atención a este fenómeno que, ante sus ojos y en tiempo real, muestra cómo la cultura puede transmutarse en relativamente poco tiempo y cambiar el perfil identitario de un pueblo.

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