Así como Pinochet pretendió negar los sufragios que lo recusaban, el actual ocupante de la Casa Blanca podría intentar hacer algo similar. Solo un incremento de la vigilancia civil e institucional, solo la epopeya cotidiana de la gente común y corriente—y Fuerzas Armadas patrióticas— pueden garantizar, como en Chile, que tal posible ataque a la democracia fracase.
Ariel Dorfman / Página12
Un presidente maligno y monomaníaco, insondablemente impopular, afronta comicios que podrían restringir su poder y dominio futuro del país. Cuenta, es cierto, con muchos recursos: una Corte Suprema sumisa y una avalancha de noticias falsas acusando a sus oponentes de ser comunistas antipatriotas, así como el mando absoluto de las Fuerzas Armadas y un colosal apoyo financiero de una oligarquía que ha prosperado gracias a sus políticas neoliberales. Nada de esto, ni siquiera el intento de intimidar a los votantes, parece suficiente para disuadir a un electorado harto de su autocracia. Pese a que las encuestas indican una derrota venidera, este déspota delirante, enceguecido por cortesanos aduladores, no cree posible que el inminente referéndum vaya en contra de su voluntad divinamente inspirada.

















