sábado, 14 de febrero de 2026

Geopolítica de la soledad cubana

 Si un país con el capital simbólico y diplomático de Cuba puede ser asfixiado ante la mirada impotente del mundo, la promesa de un orden global alternativo quedará seriamente dañada.

Iramis Rosique Cárdenas / www.ctxt.es


El jueves 29 de enero, Donald Trump declaró una emergencia nacional respecto a Cuba al calificarla como una amenaza “extraordinaria e inusual” para los Estados Unidos. Los que tengan memoria recordarán que esas fueron justamente las palabras que empleó Barack Obama en 2015 para hacer lo propio con Venezuela. Estas órdenes ejecutivas invocan la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional y permiten al presidente regular el comercio internacional, congelar activos o imponer sanciones tras declarar una emergencia nacional por amenazas “inusuales y extraordinarias” provenientes del extranjero.

 

Como el propio Trump admitió ya hace poco, no hay muchas más sanciones que se puedan aplicar sobre Cuba. La presión económica sobre la isla es “el conjunto de sanciones de EE. UU. más completo [o exhaustivo] sobre cualquier país”. Es decir: mucho de lo que se podría hacer con esta declaración de emergencia, ya se hizo. Entonces, ¿para qué esto ahora?

 

El bloqueo es un entramado que lastra a la economía cubana como es bien sabido. No obstante, tiene límites de aplicación que la isla ha explotado para sobrevivir. Por ejemplo, a pesar del carácter extraterritorial de la Ley Helms-Burton, no es sencillo para EE. UU. sancionar a empresas de terceros países por tener relaciones comerciales con Cuba. Aunque se ha hecho, suele ser un dolor de cabeza diplomático y jurídico que acaba en tribunales internacionales. En este nuevo contexto se puede sancionar a extranjeros bajo el argumento de la “seguridad nacional”, lo cual es mucho más difícil de impugnar.

 

Si esta ampliación del margen de agresividad se combina con un gobierno que recurre al chantaje y desprecia abiertamente el derecho internacional, el resultado es lo que acompaña a esta “emergencia nacional”: Trump advirtió que cualquier país que suministre combustible a Cuba enfrentará aranceles por parte de los Estados Unidos. Este puede ser solo el comienzo de las muchas “medidas dolorosas” que –anunciaba hace un año el enviado especial de Estados Unidos para América Latina, Claver Carone– se han pensado para Cuba. Sin embargo, por sí sola ya deja muy poco margen para la ayuda internacional a Cuba, y es, de facto, la declaración de un bloqueo energético.

 

Las expectativas sobre Rusia y China

 

En muchos sectores de la izquierda hemisférica persiste la esperanza en que Rusia y China actuarán como frenos de Estados Unidos frente a este tipo de conflictos. Esto deriva de cierta memoria romántica, y hasta cierto punto imprecisa, sobre la Guerra Fría si tenemos en cuenta que, bajo el amparo de la “coexistencia pacífica”, la URSS y EE. UU. se respetaron mutuamente muchas barbaridades. 

 

No obstante, en este caso, no es descabellado en absoluto mirar a Rusia o a China, porque en los términos que se acaba de reconfigurar el cerco hacia Cuba, de entre todos los aliados de la isla, solo esos dos países podrían enfrentarlo o aliviarlo. A Rusia no le afectarían esos aranceles pues ya está muy sancionada, y China tiene amplio margen de respuesta ante cualquier amenaza arancelaria como ya ha demostrado. La pregunta es si les interesa, o si están dispuestos a asumir los riesgos que entrañaría.

 

Cuba es un activo bivalente. Por un lado, posee un valor geoestratégico reconocido desde los tiempos de la piratería: es la llave del Golfo. Traído a la geopolítica del siglo XXI, Cuba puede ser eventualmente un portaaviones inhundible a 90 millas de las costas de Estados Unidos, o una avanzada para otro tipo de operaciones, como lo entendió la URSS en su momento. También podría ser un centro de proyección económica hacia Latinoamérica, especialmente para China, al tener ahí a un Estado aliado y estable. Sin embargo, por otro lado, tanto Rusia como China parecen estar frustradas por la gestión económica de La Habana, y hacen sus propias evaluaciones de riesgo político-económico respecto al país.

 

La política exterior china es brutalmente pragmática. Pesa mucho en la relación bilateral la deuda que acopia la isla con China –especialmente con empresas privadas–. También los chinos han insistido para que Cuba emprenda un tipo de reforma económica que ellos mismos hicieron y consideran correcta. Los comunistas cubanos, contrariamente, fueron en el pasado muy críticos con la reforma china, y en la década de 2010 distinguían la suya de aquella. Todo esto quizá no sea determinante, pero son elementos que interfieren. A la altura de 2026, puede decirse que el primer intento de reforma en Cuba fracasó. Si China cree que el Gobierno cubano es incapaz de reformar su economía y que el dinero enviado simplemente se “evaporará” en ineficiencia burocrática sin generar retorno, nunca se comprometerá con la recuperación de Cuba. No es un asunto ideológico, o sí: el pragmatismo también es una ideología.

 

Además, China siempre ha sido muy respetuosa con el marco de sanciones norteamericano. Su principal prioridad es conseguir la hegemonía y si ser demasiado solidaria con Cuba aumenta la hostilidad norteamericana, y compromete su plan, entonces la solidaridad tendrá que esperar. Esa es China: quizá nos sorprenda próximamente, pero así ha sido hasta ahora. 

 

En cualquier caso, China no es un país petrolero sino importador, por lo que la ayuda que pudiera dar respecto al bloqueo energético tendría que apuntar a otro tipo de soluciones sistémicas. En cambio, Rusia sí es un país productor de petróleo y una potencia militar. No obstante, ya tuvimos el episodio de un buque con bandera rusa que transportaba crudo venezolano que fue incautado por Estados Unidos sin consecuencias. Rusia podría enviar barcos escoltados. Es cierto. Pero, desde un posible cálculo ruso, Cuba también posee una importante deuda con Rusia, y tampoco ha cedido ni en cuanto a las reformas económicas sugeridas por ellos ni es un Estado cliente. De hecho, Cuba ha sido firme en proteger su soberanía y en intentar alianzas y negociaciones con las distintas potencias sin mermarla. Por otro lado, el Kremlin y la Casa Blanca mantienen un evidente coqueteo respecto al tema Ucrania: desafiar a EEUU por Cuba podría comprometer la evidente parcialidad que, en este asunto, muestra Trump en favor de Putin.

 

Este cuadro describe la relación bilateral de Cuba con ambos países desde hace tiempo, no solo ahora. Y explica por qué la ayuda de China y de Rusia hacia la isla se parece, desde hace ya varios años, a unas maniobras de reanimación, más que a una curación. Cuando la situación llega a algún punto límite, envían un barco de petróleo, o de arroz, o un préstamo pequeño a pérdida. Pero hace años que no hay grandes movimientos inversionistas, que son los que necesita la isla para salir de su crisis. Esto sorprende más cuando comparamos, por ejemplo, la inversión de China en otros países de Centroamérica.

 

Hay un último factor político que puede explicar por qué Beijing y Moscú actúan con mucha cautela, y es la estabilidad del poder. Hasta ahora, la dirección histórica de la Revolución ha mantenido una estabilidad y un compromiso con una alternativa económica al bloque occidental. Pero ese liderazgo histórico supera como promedio los 80 años de edad. Es un hecho que, en la próxima década, el país será gobernado por otras generaciones. Hoy la dirección histórica disciplina y da unidad a distintas tendencias dentro del Estado cubano, pero la incógnita es cuál de esas tendencias liderará al resto en el futuro próximo. China y Rusia tienen buenas razones para “esperar a ver qué pasa” antes de comprometerse con una situación que en cinco años puede cambiar completamente.

 

Sin embargo, hay una razón que sí podría empujar a actuar a Rusia y China. Cuba no es la Venezuela de Maduro, a la que han logrado convertir en un Estado paria y, en cierto sentido, un Estado desprestigiado internacionalmente. Cuba es un país simbólicamente relevante, políticamente confiable, y diplomáticamente respetado. ¿Qué mensaje enviarían los BRICS respecto a la tan cacareada multipolaridad naciente si permiten que EE. UU. se desayune a Cuba?¿Por qué cualquier otro país, con mucho más que perder que Cuba, apostaría por los BRICS y se expondría a la ira de EEUU si queda demostrado que “a la hora de la verdad”, los BRICS lo van a dejar con la espalda descubierta? Cuba no será el activo más codiciado del mundo, pero la amenaza contra ella encierra de una manera muy clara un examen de credibilidad para los BRICS. 


El mundo latinoamericano


La relación bilateral de Cuba y EEUU es muy sensible a la correlación ideológica de los gobiernos de América Latina. Cuando predomina el progresismo, la agresividad norteamericana suele ceder; si lo hacen las derechas, la hostilidad tiende a crecer. Así fue durante el primer Gobierno de Trump. Hoy tenemos un escenario mixto –aunque con una tendencia a la derechización– y no parece que la existencia de gobiernos progresistas en Venezuela, México, Brasil, Colombia, Uruguay o Chile, se haya traducido en mayor seguridad diplomática para Cuba, ni tampoco que ninguno de ellos pueda ayudar en serio.


Venezuela era la principal aliada de Cuba hasta el 3 de enero. El nuevo Gobierno venezolano continúa reafirmando, de forma retórica, los lazos de amistad con Cuba, pero en la práctica hace lo que Washington indica, y eso incluye no enviar más petróleo a Cuba ni ningún tipo de ayuda económica. Es irónico cómo se han invertido las cosas: en 2015 el Gobierno cubano, en plena luna de miel con Obama, no solo no abandonó a Venezuela, sino que condenó la política del garrote y la zanahoria. Entonces la zanahoria era para Cuba y el garrote para Venezuela.


Colombia, Uruguay, Brasil o Chile se han mantenido en la timidez, en el silencio o –en el caso chileno– directamente en la “traición”. A algunas de estas izquierdas les pesa el empleo de Cuba como significante tóxico en la guerra cultural y el activismo que despliega, no sin efectividad, la diáspora cubana de derechas. Quizá, no comprenden que la clausura del proyecto cubano tendría efectos muy negativos para todo el campo político. Cuba “calza la cerca”, actúa como límite simbólico y geopolítico para las izquierdas al marcar un referente de radicalidad. Si desaparece, las izquierdas hoy toleradas como “moderadas”, serán empujadas hacia el campo de lo inadmisible en el que han intentado colocar a Cuba. La derecha entiende esto en el cuadro general de la batalla cultural; pero muchas izquierdas hispanoamericanas no. 


En cualquier caso, de entre los países mencionados solo Brasil, que es un gran productor petrolero, podría participar en el alivio energético a Cuba. Pero el silencio de Lula es elocuente. También a Brasil debería importarle el examen de credibilidad sobre los BRICS, dicho sea de paso.


El único país que durante las últimas semanas ha mostrado una voluntad expresa de ayudar a Cuba es México. La presidenta Sheinbaum ha defendido su relación soberana con la isla. Incluso se ofreció como mediadora entre La Habana y Washington. Sin embargo, ¿México enfrentará hasta sus últimas consecuencias las amenazas de Trump respecto a los envíos de combustible hacia Cuba? Por muy sincera y cercana que sea la amistad entre ambos países, no es probable que Sheinbaum exponga a su país a un perjuicio económico por Cuba.


Mientras tanto, los cubanos se encuentran, una vez más, por su propia cuenta. No obstante, lo que se discute excede a la isla. Si un país con el capital simbólico y diplomático de Cuba puede ser asfixiado ante la mirada impotente del mundo, la promesa de un orden global alternativo quedará seriamente dañada. No sería entonces solo una tragedia nacional: sería un síntoma incómodo más del desorden que viene. 

No hay comentarios: