sábado, 12 de septiembre de 2026

La guerra híbrida y sus derivas

 La guerra híbrida desdibuja las fronteras entre lo militar y lo civil, entre el interior y el exterior, y entre los periodos de paz y los de guerra. Su escenario no se limita al territorio: comprende la economía, la tecnología, la comunicación, las instituciones y la vida cotidiana.

Jorge Alemán / Página12

La nueva forma de dominación de los Neoemperadores consiste en visualizar el mundo como un mapa de guerra. La guerra híbrida (Frank Hoffman) es una forma de confrontación que combina, de manera coordinada, medios militares y no militares con el propósito de debilitar a un adversario. A diferencia de la guerra convencional, no siempre comienza con una declaración formal ni se desarrolla únicamente en un campo de batalla reconocible. Puede avanzar de forma gradual, encubierta y fragmentaria, hasta volver difícil determinar si una sociedad se encuentra en paz, en conflicto o en una situación intermedia.
 
El gobierno del PSOE no ha tenido un problema con la inmigración. Ceuta, con la complicidad de Marruecos, ha sido ocupada por miles de almas vulnerables impulsadas por el gobierno marroquí. Pero detrás de Marruecos están Israel y Estados Unidos, que buscan el nuevo estrecho. Y entonces Pedro Sánchez está en jaque.
 
También en Argentina es absurdo creer que el presidente haya tenido un ataque de soberanismo por la bandera malvinera en el mundial o su descenso en las encuestas. Se trata de Trump y su cálculo con las conexiones con el Atlántico. En la guerra híbrida el malentendido es clave: nunca se sabe del todo lo que ocurre o, si se sabe, no se puede decir.
 
El intento de asesinato de Cristina Kirchner y su posterior prisión es un punto culminante de esta guerra. Se disfraza como un problema interno lo que es una estrategia de guerra hacia el movimiento nacional y popular.
 
La modalidad híbrida puede incluir operaciones militares limitadas, grupos armados irregulares, ciberataques, sabotajes, espionaje, presiones económicas, campañas de desinformación, manipulación de las redes sociales e injerencia en procesos políticos o electorales. También puede servirse de conflictos sociales, movimientos migratorios, tensiones territoriales o divisiones culturales ya existentes. Su eficacia reside precisamente en la combinación de estos recursos: cada acción, considerada por separado, puede parecer insuficiente para constituir una guerra, pero el conjunto produce un efecto de desgaste profundo. La guerra toma el carácter espectral del Mercado y su circulación ilimitada.
 
Por ello, una de sus características principales es la ambigüedad. Con frecuencia resulta difícil identificar al responsable de un ataque o demostrar la intervención directa de un Estado. Las operaciones pueden realizarse mediante empresas privadas, grupos políticos, organizaciones aparentemente autónomas, mercenarios, cuentas falsas o redes informáticas cuya procedencia no se reconoce fácilmente. Esta dificultad para atribuir responsabilidades permite que el agresor niegue su participación y actúe sin asumir abiertamente las consecuencias políticas o jurídicas.
 
La guerra híbrida tampoco pretende necesariamente conquistar un territorio. Su objetivo puede ser más difuso y, al mismo tiempo, más profundo: desorganizar una sociedad, debilitar sus instituciones, deteriorar su economía, condicionar las decisiones de sus gobernantes o modificar la percepción colectiva de la realidad. Se intenta producir una pérdida generalizada de confianza en el Estado, en los medios de comunicación, en la justicia, en la ciencia, en los partidos políticos y, finalmente, en la posibilidad misma de establecer una verdad compartida.
 
Por esta razón, la información se convierte en un campo de batalla decisivo. La desinformación no consiste solamente en difundir noticias falsas. Puede operar mezclando hechos verdaderos con interpretaciones engañosas, exagerando determinados acontecimientos, ocultando otros o haciendo circular versiones contradictorias hasta que resulte imposible distinguir lo verdadero de lo falso. El objetivo no siempre es conseguir que la población crea una mentira determinada; a veces basta con producir confusión, cansancio y desconfianza.
 
Es lo que hemos designado como “melancolización” del tejido social. Cuando todas las versiones parecen sospechosas, la sociedad pierde la capacidad de elaborar una respuesta común. La Argentina ha resultado muy atractiva a los Neoemperadores para el experimento.
 
Las redes sociales amplifican este procedimiento. Su velocidad permite que imágenes, rumores y mensajes emocionales alcancen a millones de personas antes de que puedan ser comprobados. Los algoritmos, además, tienden a favorecer aquellos contenidos que provocan miedo, indignación o rechazo. De este modo, las divisiones políticas y sociales pueden ser intensificadas desde el exterior, aunque se apoyen en conflictos reales que ya estaban presentes dentro de la propia.
 
Obviamente la dimensión económica también ocupa un lugar central. Las sanciones, los bloqueos, la interrupción de suministros, la manipulación de precios o la dependencia energética y tecnológica pueden utilizarse como instrumentos de presión. No es necesario destruir físicamente las infraestructuras de un país si es posible paralizar sus comunicaciones, afectar su sistema financiero, alterar sus cadenas de abastecimiento o generar incertidumbre sobre su futuro económico.
 
Los ciberataques introducen, a su vez, una forma de agresión capaz de afectar hospitales, bancos, redes eléctricas, transportes, medios de comunicación y organismos públicos. Un ataque informático puede causar daños materiales importantes sin que ningún ejército cruce una frontera. También puede utilizarse para obtener información secreta, vigilar a dirigentes, divulgar documentos manipulados o interferir en el funcionamiento cotidiano de una comunidad.
 
La guerra híbrida actúa igualmente sobre la subjetividad. Busca transformar la manera en que las personas interpretan lo que sucede, se relacionan con los demás y conciben el futuro. El miedo, la impotencia, el odio y la sensación de amenaza permanente pueden ser empleados para fragmentar los vínculos sociales. El aumento exponencial de la tasa de suicidios nos ilustra este punto terrible. Una población dividida, agotada y enfrentada consigo misma ofrece menor resistencia que una sociedad capaz de reconocer sus conflictos y sostener espacios comunes.
 
Sin embargo, el concepto de guerra híbrida debe utilizarse con cautela. No toda protesta social, información falsa, crisis económica o confrontación política forma parte necesariamente de una operación organizada desde el exterior. Si el término se emplea indiscriminadamente, puede servir para desacreditar a la oposición, justificar la vigilancia o presentar cualquier discrepancia como una amenaza enemiga. La dificultad consiste en reconocer las estrategias reales de desestabilización sin convertir la noción de guerra híbrida en una explicación general de todos los conflictos.
 
En definitiva, la guerra híbrida desdibuja las fronteras entre lo militar y lo civil, entre el interior y el exterior, y entre los periodos de paz y los de guerra. Su escenario no se limita al territorio: comprende la economía, la tecnología, la comunicación, las instituciones y la vida cotidiana. En ella, la batalla no se libra únicamente por el control de un espacio, sino también por el dominio del sentido, por la capacidad de establecer qué está ocurriendo y por la posibilidad de una sociedad de conservar una interpretación común de la realidad.
 
De entrada, las izquierdas y los movimientos nacionales y populares se encuentran con serios obstáculos frente a este enjambre de operaciones para constituir las bases de una experiencia colectiva común.
 
No se trata de esgrimir una radicalización potente sino una capacidad de gobernar y de establecer límites.

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