Quedamos en un mundo sin compromisos sólidos, sin acatamiento a lo que emane de los órganos de las Naciones Unidas y sumidos en el real (no hipotético) “estado de naturaleza” internacional, sin normas de acatamiento obligado: la paz, la seguridad colectiva y el respeto al derecho ajeno se ha convertido en quimera.
Jaime Delgado Rojas / AUNA-Costa Rica
Metidos en la selva, desprotegidos y al acecho de lobos insaciables. Es la imagen de cine de terror donde seres humanos son devorados por otros: una realidad de estado de naturaleza que Tomas Hobbes construía como metáfora para invocar el Leviatán, el Estado autoritario que pone el orden a costa de la vida y la seguridad de las personas. Aquella metáfora es extensible al ambiente internacional: es lamentable y preocupante ver cómo se va desmantelando el sistema internacional de las Naciones Unidas; observamos la arremetida neofundamentalista que ha puesto en la gaveta de lo descartable a un conjunto de organismos creados para cautelar la paz, los derechos de las personas, la seguridad colectiva y la convivencia mutua de los pueblos y naciones; no son meras oficinas burocráticas, su misión es profundamente humana y trascendente; emergieron de las cenizas de un mundo que creíamos superado y su recuerdo se nos torna similar al que se está forjando desde el corazón del imperio, donde el ser humano es un lobo para el vecino y el Estado también lo es.
Los filósofos, sobre todo los que se formaron en la lectura y el debate sobre las tradiciones intelectuales europeas, no dejan de apelar a los clásicos, los pensadores emblemáticos de la historia para tratar de entender la realidad. Algunos arañando las narrativas sobre la paz y la guerra nos llevaron a reflexionar sobre la soberanía de los Estados y el resguardo de ese patrimonio en el contexto internacional. Lo hemos leído en algunas de las diversas páginas donde se han resumido las cosmovisiones y retratos de ese ambiente de Estados soberanos, en dos tesis contrapuestas (aunque la realidad no sea necesariamente dicotómica): una, de “realistas”, los que defienden la prestancia del Estado soberano y su autoridad hacia dentro, a su sociedad (en fin, la que le dio origen y sentido) y hacia afuera, para autoafirmarse como Estado soberano ante otros iguales en el escenario internacional. La otra, de “idealistas”, que miran el escenario internacional copado por Estados nacionales que, en tanto se afirman como soberanos, se ven compelidos a establecer vínculos de intercambio, comunicación, cooperación y fraternidad. La primera, ahondada en rigideces soberanas, provoca y promueve conflictos, que pueda desemboquen en la guerra. La segunda mitiga la guerra y busca la construcción de un escenario internacional de paz y seguridad colectiva. Una ve el escenario internacional como “estado de naturaleza” donde todos se agreden entre si y los más fuertes se constituyen en “lobos” hacia el entorno donde impera el “orden imperial”. Los otros vislumbran la posibilidad de erradicar el egoísmo estatal con acuerdos y tratados, incluso renunciando al patrimonio de parte de su soberanía internacional para propiciar la seguridad colectiva. En una campeó el filósofo prusiano Hegel, en la otra el ilustrado Kant que, como buen idealista postulara un ambiente internacional utópico, el otro, distópico. Uno dio paso al derecho internacional. El otro dudaba de su viabilidad.
Avanzado el siglo XXI presenciamos este exterminio de las “redes y telarañas” (otra metáfora) en las que se mueven las soberanías de los pueblos y los derechos de las personas, para dar paso al “gigante de siete leguas” (el del cuento aludido por José Martí) que pisa, sin permiso, territorios y pueblos allende las fronteras formales del Estado imperial, para imponer sus pretensiones políticas, jurídicas y de seguridad y que anulan, lo que con tanto celo había construido la humanidad: las soberanías nacionales. La puesta en la gaveta de la Corte Penal Internacional, la Organización Mundial de la Salud, los otros organismos internacionales para la cautela del derecho de los trabajadores (OIT surgida en 1919), de protección de la naturaleza, los grupos vulnerables, las mujeres, los migrantes e, irónico obviamente, la Organización Mundial de Comercio (OIM) creada con tanto ahínco, por las diplomacias comerciales de las naciones económicamente poderosas, Norteamérica incluida, en 1994.
Quedamos en un mundo sin compromisos sólidos, sin acatamiento a lo que emane de los órganos de las Naciones Unidas y sumidos en el real (no hipotético) “estado de naturaleza” internacional, sin normas de acatamiento obligado: la paz, la seguridad colectiva y el respeto al derecho ajeno se ha convertido en quimera. Los actos violatorios a la vida humana y al respeto a la vida e integridad de los pueblos del mundo ha quedado en desamparo. La Corte Penal Internacional va siendo desmantelada. Se desconoce su estatuto y, sobre esa práctica los delincuentes internacionales se mueven como en su propia casa: no hay derecho internacional acatable y, menos, punitivo. No hay posibilidad de darle curso a una acusación de delitos de lesa humanidad. En los procesos en marcha en esa Corte Penal Internacional hay dificultad y ninguneamiento hacia las órdenes de detención emitidas contra los líderes mundiales de las prácticas punibles acompañadas a cuestionamientos de su jurisdicción por parte de Estados que no forman parte del Estatuto de Roma.
Es lamentable aún observar cómo este recorrido con “motosierra” es acompañado no solo por los leales del mundo imperial (y decadente), Netanyahu, Milei, Zelensky o Bukele, sino también por otros líderes que hubiéramos pensado que su celo y narrativa antiimperialista les habría dado cautela para hacerlo; además de intelectuales que otrora fueron exponentes de causas nobles y exmilitantes de la izquierda visionaria del pasado, que hoy lo acuerpan sin tapujos.
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