domingo, 24 de agosto de 2008
¿Puede la mayoría votar por el cambio y verdaderamente obtenerlo?
Una evaluación crítica de la revolución venezolana.
Leonardo Bracamonte / Rebeliónjueves, 21 de agosto de 2008
¡Nuevo!: Cuadernos del Pensamiento Crítico Latinoamericano

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domingo, 17 de agosto de 2008
Paraguay: Después de 197 años se produjo el primer recambio democrático
Fernando Del Corro / ALAI La asunción de Lugo tuvo varias características de trascendencia, amén de esa condición histórica de tanta importancia. Tal vez, mayoritariamente, para la cantidad de asistentes extranjeros a la ceremonia y hasta para algunos paraguayos, dentro de la variopinta y hasta contradictoria representatividad de todos ellos, hayan pasado inadvertidos algunos gestos simbólicos del nuevo presidente. Por empezar su vestimenta que, siguiendo la línea inaugurada por el boliviano Evo Morales, que reivindica a los pueblos originarios, rompe con las formas de la urbanidad occidental del traje y la más reciente corbata inventada ya avanzado el Siglo XX.
Muchos creerán que la camisa con la que pronunció un estentóreo “Sí, lo juro” tiene relación con su condición de religioso, ya que tiene algún parecido con la vestimenta informal de los clérigos. Pero no. Lugo se apareció con la clásica camisa del mariscal Francisco Solano López, a quién luego reivindicó en su discurso. Discurso que no debe haber agradado, entre la melange de asistentes, a exponentes de la derecha argentina allí presentes como a las delegaciones del macrista PRO y de la Coalición Cívica
Y por si fuera poco reivindicó un par de veces al gran revolucionario latinoamericano que fue el presidente José Gaspar Rodríguez de Francia, vilipendiado por la historiografía liberal. La reivindicación explícita de Rodríguez de Francia fue seguida de otras implícitas a medida que fue delineando su futura gestión gubernamental. En primer lugar cuando leyó la carta que aquél redactara y dirigiera al gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata el 25 de julio de 1811 la junta de gobierno paraguaya donde, a la par que reivindicara la ruptura con el tradicional amo español, se manifestara la decisión de no aceptar hacia el futuro ningún otro vasallaje.
Los mayores aplausos a su discurso -amén de los propiciados por la multitud que enarbolaba banderas de fuerzas de izquierda- entre los ocupantes de los lugares reservados a los invitados especiales, partían de políticos, intelectuales, religiosos y otros que también se inscriben entre los partidarios de los grandes cambios sociales. El teólogo de la liberación brasilero Leonardo Boff rebozaba de satisfacción cuando Lugo se comprometió a defender los bosques naturales aún supérstites en el Paraguay y a impulsar proyectos comunes en la materia con los estados vecinos. Boff asesorará a Lugo en la materia.
Desde la “popular” los mayores aplausos se hicieron notar cuando habló de la cuestión aborigen y de la problemática de la niñez y la infancia. El ex obispo de San Pedro estableció dos clases de especialmente favorecidos para el futuro de la sociedad paraguaya. Como al estilo de aquél “los únicos privilegiados son los niños” de la Constitución social argentina de 1949. En este caso los privilegiados, para los que no utilizó tal denominación, serán los aborígenes y los niños, quienes, según manifestó son hasta hoy, ignorados por los estamentos del poder y, particularmente, por la justicia.
Su relación con la tradición de las antiguas etnias de la región la ratificó, además, al exponer su pensamiento, en diversas oportunidades, a lo largo de su prolongado discurso, en la lengua guaraní, con el añadido de garantizar la inviolabilidad de las tierras de esas comunidades, a las que no podrá aspirar ningún “blanco”, según enfatizó.
Un tramo importante fue el destinado a comprometerse a frenar la diáspora paraguaya. En tal sentido dio las gracias a los argentinos, personificados en la presencia de la “presidenta Cristina”, por haber dado trabajo a millones de paraguayos desde los años 1930, sobre todo en la industria de la construcción. Emigración que en las últimas décadas también apuntó hacia otras regiones del planeta como Europa y los Estados Unidos de América. Emigrantes que hoy representan el tercer ingreso de recursos del Paraguay, tema que no fue mencionado por el nuevo presidente quién, por el contrario, expresó que aspira a que en un porvenir no lejano cada paraguayo pueda ganarse dignamente la vida en su país.
En ese marco señaló la importancia de la cuestión de la tierra, comprometido como está desde la campaña electoral con la cuestión de la reforma agraria. Y también habló, implícitamente, de las relaciones con la Argentina y el Brasil, fundamentalmente con este último, por el reparto de los beneficios de las represas de Yacyretá e Itaipú. Fue cuando señaló que algunas cuestiones nacionales en realidad son binacionales y que en ese marco de integración, en el cual dijo creer, lo que deben primar son los hechos de legítima justicia, más allá de algunos argumentos meramente jurídicos.
Lugo, que se comprometió a luchar por “justos, los débiles y los perseguidos”, reconoció que no hay plazos estimables para encontrar soluciones y pidió ayuda al conjunto de la población, sin banderías. El tema no parece ser fácil. Sus fuerzas propias en el parlamento son escasas, aunque cuente con una manifiesta adhesión popular. Sus propios aliados del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA) se manifiestan insatisfechos porque consideran que no han cobrado lo suficiente en la composición del nuevo gobierno. Un 80 por ciento de los liberales parece estar dispuesto a tener paciencia, pero otro 20 por ciento da radicalidad a sus reclamos.
Desde el derrotado coloradismo los mayores problemas surgen del saliente Duarte Frutos y sus tropas, algo que se suma al rechazo de la APC para aprobarle su diploma de senador electo. Algunos acuerdos trasuntan que podrá llegar a tener alguna colaboración de la Unión de Ciudadanos Eticos (UNACE) que encabeza el general Lino César Oviedo, lo que quedó reflejado en las palabras de Enrique González Quintana, quién en representación de esa fuerza preside el Senado paraguayo, y quién comprometió un espíritu colaborador mediante un discurso en el que predominó el guaraní por sobre el castellano.
Un discurso importante en tales circunstancias, y en un acto al que, finalmente, no asistió el dictador de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang –el mismo al que cuestionó severamente en su momento la presidenta argentina Cristina Elisabet Fernández-, a pesar de haber anunciado su presencia, y en el cual no fue mencionada la presencia del secretario de Comercio de los Estados Unidos de América, Carlos Gutiérrez, quién sí estuvo sentado entre los asistentes, uno de los cuales, el presidente de Taiwán, Ma Ying-jeou, debe haber seguido todo con mucha preocupación ya que un tema en discusión a saldarse en el futuro gobierno de Lugo es saber si mantendrá las relaciones diplomáticas con la provincia china rebelde o si las dejará de lado para establecerlas con el gobierno de la verdadera China que, en aplicación de la “Doctrina Zhou” (por el ex canciller Zhou En-lai), no acepta intercambiar embajadores con aquellas naciones, hoy muy pocas, que las mantengan con las autoridades aposentadas en Taipeh.
Arranca Lugo
Santiago O'Donnell / Página12“El claramente quiere asegurase que va a durar. Quiere crear condiciones mínimas de gobernabilidad para superar las crisis que seguramente vendrán muy rápido. No es poca cosa cambiar de gobierno después de 60 años, poner gente nueva en todos los ministerios, son demasiadas cosas juntas. Además, con la inexperiencia de no haber estado nunca en el poder. Primero quiere afirmarse con los dos pies sobre la tierra. Acaba de asegurarse una ligera mayoría parlamentaria haciendo un complejo malabarismo (con el oviedismo y los liberales), pero no tiene parlamentarios de izquierda. Hay nada más que cuatro y en el Congreso hay 80 diputados y 45 senadores.”
No la va a tener fácil.
“La cosa es tirar para más adelante todo lo que huela a conflicto ideológico, como la reforma agraria. Pero en los nombramientos en las áreas mas álgidas, que son Agricultura, Industria y Comercio y Economía, que acá llamamos Hacienda, eligió gente previsible y conservadora. Como si quisiera mandar mensajes tranquilizadores a los que más temen un giro a la izquierda como los agroexportadores, los industriales, los militares, etcétera. Claramente busca postergar problemas de fondo.”
Parece la actitud de un hombre sensato, medido, que ubica a conservadores en algunos ministerios sensibles y mayoría de izquierdistas en los demás. Pero la imagen de este Lugo cauto, prisionero de los números, contrasta con la que surge de las fotos recientes de entonces presidente electo celebrando la revolución sandinista abrazado a Chávez y Ortega, o haciendo el peregrinaje a La Habana para ver a los Castro.
“Nadie se preocupa por eso”, se apura en aclarar el analista, que además es médico, profesor de Hematología de la Universidad Nacional de Paraguay y columnista del diario Ultima Hora. “A él le encanta salir en la foto con Chávez y con Evo.”
Chávez, además, le prometió petróleo barato.
“Pero internamente no tiene mucha trascendencia. Nadie tiene miedo en este momento a una radicalización ideológica. No puede. Depende demasiado de los liberales en el Parlamento y los liberales son reacios a abandonar su conservadurismo.”
Lo cual nos lleva a la primera pregunta. ¿Qué quiere hacer Lugo? Quiere impulsar reformas progresistas.
“Si lo pudiera hacer, sería claramente más socialista línea radical”, dice el analista.
Lugo prometió una reforma agraria. Fue uno de los ejes de su campaña.
“Ahí van a empezar sus problemas. Va a tener que definirse ante los conflictos ideológicos de fondo. Hasta ahora lo único que ha decidido es patear todo para adelante, por lo menos cien días. Si tuviera la intención de polarizar la lucha por la tierra hubiera nombrado a un ministro de Agricultura socialista, pero nombró a un ex diputado liberal de San Pedro. Los liberales están felices. Llegan al semi-poder después de 60 años, disfrutan de los cargos ministeriales. El ambiente está tranquilo. Tienen la ventaja de que el Partido Colorado sigue en un estado de soponcio, como un boxeador groggy.”
Sintieron la derrota en las elecciones de abril.
“No han podido reaccionar. Están sumidos en conflictos internos bastante graves. Cambiaron el presidente del partido tres veces en unas horas, con derivaciones judiciales. De-saparecieron de la tapa de los diarios y de la escena política. Pero se van a reciclar. Son los peronistas paraguayos. Van a defender sus intereses. están creando sindicatos de empleados públicos a todo vapor, negociando contratos colectivos para mantener sus privilegios. Va a haber un destape de casos de corrupción muy grandes, que van a crear conflictos judiciales que se van a transformar en conflictos políticos.”
Y la Justicia es colorada.
“...y la Justicia es colorada. Pero hasta ahora Lugo viene haciendo equilibrio, y por la reacción que han tenido hasta ahora sus nombramientos, y como se repartieron las críticas entre la izquierda y la derecha, da la pauta de que marcha más o menos por el centro.”
Lugo va a tener que hacerse de recursos, de eso no cabe ninguna duda. En la campaña Lugo habló de renegociar los contratos de Itaipú y Yacyretá, las principales fuentes de recursos energéticos que tiene el país.
“Ese tema nunca se había tocado acá en una campaña –prosigue el analista– y no sé por qué se ha silenciado. Es un gran mérito de Lugo haber colocado en la agenda el debate sobre la soberanía energética. Pero también aquí va a ser prudente. No va a haber medidas radicales. Te das cuenta por el director de Itaipú que ha elegido, que es más bien conservador.”
Entonces ni hablar de confrontaciones con los socios y los inversores extranjeros del Paraguay.
“Es que no tiene margen para una estrategia más radical. La vía paraguaya va a ser una vía progresista pero muy lejos de Venezuela o Bolivia, y él va a apuntar a ser como Tabaré Vázquez. El gran problema va a ser cómo mejora las vidas de dos millones y medio de pobres sobre una población de seis millones.”
Con los márgenes tan acotados cuesta imaginar cómo hará para mantener la iniciativa política. Pero el analista no pierde el optimismo.
“Un aporte importante que puede hacer Lugo es cerrar los circuitos subterráneos que unen al Partido Colorado con el Estado. Se trata de un estado muy patrimonialista, donde no queda muy claro qué pertenece al Estado y qué pertenece al partido. Lugo tendrá un margen de acción porque lo único bueno que heredó de Nicanor Duarte Frutos es un crecimiento del 6,5%, el más alto de los últimos 40 años, y la estabilidad macroeconómica. Paraguay es el quinto exportador mundial de soja y el año pasado hubo buen clima y este año también se espera una buena cosecha.”
Tendrá que tener cuidado, porque prometió una reforma agraria que en principio les apunta a los latifundistas sojeros, los mismos que controlan el negocio que impulsa el crecimiento de la economía.
“Lugo no va a poder ignorar el conflicto principal, que es la estructura feudal de la distribución de la tierra. Hay soja por todos lados, que genera muchos ingresos que no se redistribuyen porque los agroexportadores generan muy poco empleo y por lo tanto sus ganancias no gotean a la población. Para gran parte de la izquierda el gran enemigo es el latifundista sojero, que en gran parte es oriundo de Brasil, habla portugués y mantiene su cultura. Ocupan grandes extensiones de tierra cerca de la frontera con Brasil y acá los llaman los brasiguayos. Si Lugo pretende revertir esta situación no sé cómo lo hará ni a cambio de qué.”
Pero algo va a tener que hacer. La lucha por la tierra campesina no es para él sólo un slogan de campaña, sino la causa que abrazó durante toda su carrera religiosa.
“Lugo siempre ha sido un defensor de la toma de tierras, y hasta lo reafirmó siendo presidente electo, lo cual causó un gran revuelo. Pero nadie conoce su plan de reforma agraria. No lo ha anunciado. Tampoco se sabe bien de quién son las tierras porque se han vendido tantas veces y hay tanta corrupción. Por de pronto anunció un catastro rural, y con eso va a ganar unos meses.”
Lo cual nos lleva a la segunda pregunta, que termina siendo la más reveladora de las tres. ¿Qué puede hacer Lugo? Sorprendernos.
“Lugo habla poco. Es un obispo, es bastante inescrutable. En un mismo día le da una palmadita en la espalda al empresario liberal y un guiño al compañero de izquierda. Tiene aliados que están en los antípodas de poder pero no se fue nadie de su alianza. Es un equilibrista impresionante y es muy carismático. Aparece en ponchos y ojotas, pero sin ser tan exótico como Evo Morales. Comunica de una manera muy rara. Nombra a un ministro cada cinco o seis días y después desaparece. Tiene un entorno pequeñísimo, de dos sacerdotes y un asesor político, y pasa días sin hablar con la prensa ni con sus aliados. Nadie sabe dónde va a dormir, estilo Fidel Castro. Para en distintas casas y ya avisó que no va a vivir en la residencia presidencial. Vuelve locos a los políticos. Es difícil de definir.”
Más que preocupado por lo que acaba de contar, el analista suena como asombrado. O casi como mareado, mareado por el vértigo de una historia que se le viene encima de golpe y demasiado rápido.
“Si no se vuelve loco, Lugo va a hacer cambios importantísimos. Vamos a entrar en el siglo XXI salteándonos el siglo XX. Hay optimismo. La gente, más que votarlo, votó por hartazgo en contra del Partido Colorado. Más que optimismo hay una expectativa grande, mucha ansiedad, y esa ansiedad le puede jugar en contra. todo es posible. Va a ser divertido.”
Para encarar una epopeya lo primero que hace falta es mística. Y eso, a Lugo le sobra.
Entre el golpismo y la democracia vigilada
Raúl Zibechi Como muestran Bolivia, Colombia y Venezuela, están emergiendo nuevas derechas autoritarias, que no rehuyen los golpes de Estado, pero que ahora asumen formas diferentes a los golpes militares clásicos. Ya no pretenden derribar presidentes con tanques en la calle ni bombardeos a los palacios de gobierno.
Para impedir la gobernabilidad en procesos de cambio social, las nuevas derechas han encontrado modos para promover una suerte de inestabilidad de masas mediante grandes movilizaciones populares impulsadas desde arriba, convocadas por los grandes medios monopolizados. Aquí el papel de los medios es importante, pero no factor decisivo. Mucho más importante es fomentar la intolerancia y los miedos de las clases medias, y de importantes sectores populares, hacia los diferentes (indios, pobres, otras lenguas y culturas). Insuflar miedo da buenos dividendos, de ahí que en todos los procesos mencionados la delincuencia y la violencia urbana se hayan disparado o ésa es la impresión dominante entre buena parte de la población.
En Colombia el elemento movilizador es el “terrorismo” de las FARC, pero en Argentina un padre de familia, cuyo hijo fue asesinado por delincuentes, Juan Carlos Blumberg, movilizó cientos de miles con la excusa de la inseguridad ciudadana, codo a codo con la ultraderecha, contra el gobierno de Néstor Kirchner. Las nuevas derechas, sean las autonomistas de Santa Cruz o las que defienden una televisora golpista en Caracas, tienen capacidad de movilización de masas, apelan a demandas “democráticas” y utilizan un lenguaje familiar a las izquierdas, pero para promover fines antidemocráticos y los intereses de las elites. A menudo meten en el mismo saco a las viejas derechas y a los dirigentes de los movimientos sociales y de izquierda, como hizo el prefecto golpista de Santa Cruz, Ruben Costas, quien la noche del referendo atacó por igual a Evo y a Jorge Quiroga, dirigente de Podemos: “Con la presencia del pueblo, derrotamos el oportunismo político que sin escrúpulos unió a la derecha conservadora y al masismo totalitario para destruir a esta patria emergente, alejada de los privilegios de la verdadera oligarquía que es el MAS”. Discursos como éste son desvaríos oportunistas, pero lo cierto es que las nuevas derechas enarbolan demandas sentidas por amplias franjas de la población.
Estos discursos y esas prácticas obedecen a dos nuevas orientaciones de las elites globales. La primera fue formulada por Robert M. Gates, secretario de Defensa de Estados Unidos, en su discurso en la Universidad Estatal de Kansas, titulado “La restauración de los instrumentos no militares del poder estadunidense” (Military Review, mayo-junio de 2008). Quien sirvió a siete presidentes como director de la CIA sostiene que su país puede mantener la hegemonía mundial a condición de “fortalecer nuestras capacidades de usar el poder ‘blando’ y establecer una mejor integración con el poder ‘duro’”.
Sacando conclusiones de la experiencia en Irak y Afganistán, Gates sostuvo que “el logro del éxito militar no es suficiente para vencer, sino el desarrollo económico, la construcción institucional y el imperio de la ley”. Para conseguirlo, se trata de “atraer civiles con experiencia en el agro, gobernabilidad y otros aspectos del desarrollo”, como una de las claves de las políticas de contrainsurgencia. La segunda cuestión, íntimamente ligada a ésta, es el apoyo material y en orientación a esas nuevas elites, como sucede en Bolivia.
Según denuncia del premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel, el embajador de Estados Unidos en La Paz, Philip S. Goldberg, es el gran articulador de la oposición, inspirada en su odio a los indios. En 2007, la agencia de cooperación USAID desembolsó 124 millones de dólares en ayudas a la “sociedad civil” boliviana, canalizados por los prefectos de los departamentos de la Media Luna autonomista, embanderada detrás del departamento de Santa Cruz. Una estrategia muy similar a la utilizada en Venezuela.
Para los estrategas actuales del imperio, la democracia se reduce a elecciones con resultados mínimamente creíbles. Ni la democracia ni los servicios sociales son derechos que tiene la población, sino formas de mejorar el control y asegurar la hegemonía.
A la era de los golpes de Estado le sucedieron los “golpes de mercado”, como el que obligó la renuncia del presidente argentino Raúl Alfonsín en 1989, o de Hernán Siles Suazo en Bolivia, en 1985, en medio de la hiperinflación promovida por “los mercados” para destituir gobiernos a los que consideraban poco fiables. Ahora se trata de destituir procesos más que presidentes, impedir cambios de fondo motorizados por bases sociales organizadas y que cuentan con masivo apoyo popular. Un golpe de Estado clásico sería contraproducente, toda vez que los sectores populares aprendieron a revertirlos, como sucedió en Venezuela en 2002. La estrategia del desgaste y la ingobernabilidad ocupa el primer lugar en la agenda.
Bolivia: ¿un paso atrás o un nuevo paso adelante?
Como en éstos sus enemigos obtuvieron 67, 64, 58 y 56 por ciento de los votos, respectivamente, es evidente que en las zonas escisionistas no sólo Evo Morales representa una fuerza, sino que cerca de 10 por ciento de quienes votaron por los prefectos (gobernadores) que se le oponen votaron también por él.
La abstención, además, fue mínima (la ultraizquierda llamaba a abstenerse) y eso da aún mayor importancia a su triunfo y al golpe político sufrido por todos sus enemigos de ultraderecha o de ultraizquierda, que estaban unidos contra Evo. Éste logró no sólo una abrumadora mayoría de votos indígenas y campesinos, sino también los votos obreros y una buena parte de los votos de las clases medias urbanas y rurales mestizas, inclusive en los departamentos de Oriente, donde la ultraderecha racista y secesionista demostró, también, tener una base de masas importante.
Las primeras conclusiones son, a mi juicio, las siguientes: el aparato estatal, y en particular el Poder Ejecutivo, sale reforzado de la prueba. Por otra parte, los llamados, como el del alcalde de Santa Cruz, a un golpe militar contra Evo Morales tendrán menos efecto, ya que la inmensa votación (más de dos tercios del electorado) harán pensar dos veces a los candidatos a Pinochet ante la magnitud de la lucha social (y armada) que podrían tener que enfrentar.
Además, subsiste el “empate catastrófico” entre el gobierno, con su apoyo de masas, y la ultraderecha, que cabalga una visión reaccionaria del autonomismo y cuenta también no sólo con el respaldo económico y político del gran capital, de la oligarquía, de los soyeros argentinos y brasileños que trabajan en Santa Cruz y del imperialismo, sino con una fuerte base popular local aunque carezca de base nacional para su proyecto reaccionario de volver a la Bolivia anterior.
Ese hecho obliga a ambos vencedores a negociar, o sea, a hacerse concesiones mutuas no deseadas pues la ultraderecha no puede derrocar a Evo sin las fuerzas armadas y sin las consecuencias que tendría para ella enfrentar directamente a quienes votaron por aquél (recordemos, suman cerca de la mitad del electorado oriental), y el gobierno no puede lanzarse a aplastar a la derecha para después tener que imponer el estado de sitio en los departamentos orientales con unas fuerzas armadas frágiles y divididas y con la oposición mayoritaria de las poblaciones urbanas de aquéllos.
Ante este panorama, el gobierno llama a sus opositores a discutir para que la Constitución que debe ser aprobada por el pueblo contemple, además de la comunitaria y de la indígena, aspectos de la autonomía que pretende imponer la ultraderecha. Ahora bien, el núcleo más duro de la misma (el prefecto Costas y los racistas de Santa Cruz) se ha negado incluso a reunirse con Evo, lo ha calificado de “macaco” a las órdenes de un “macacón” (Chávez), ha creado una policía propia (es decir, un cuerpo armado) y ha adoptado medidas ilegales, como el cobro de impuestos y la convocatoria de un parlamento local (llamado Consejo Departamental), mientras sus partidarios apalean médicos cubanos y los “negociadores” no negociaron nada.
Como se sabe, para conciliar, como para bailar tango, se necesitan dos, y uno de los dos, la ultraderecha, ha elegido el camino provocador de los hechos consumados. Eso haría ilusoria toda concesión importante por parte del gobierno, sin hablar de que la autonomía debe adaptarse a la Constitución y no viceversa, y sin mencionar tampoco el hecho de que, en la celebración del triunfo en La Paz, los que votaron por Evo gritaban: “¡mano dura!”, “¡mano dura!”, sacando sus propias conclusiones del resultado electoral.
La revolución boliviana es, al mismo tiempo, una revolución descolonizadora (por la igualdad de todos los bolivianos y su incorporación como ciudadanos plenos a un Estado plurinacional), una revolución democrática (por el estado de derecho, la limpieza del aparato judicial, la revolución agraria, la soberanía alimentaria, la independencia del país frente al imperialismo) y, en su dinámica aunque no en la conciencia de sus protagonistas, una revolución anticapitalista. No se enfrentan un proyecto neoliberal moderno y otro arcaico, de retorno al Tawantisuyo, sino un proyecto conservador del colonialismo y otro modernísimo de superación del capitalismo. A 68 años del asesinato de León Trotsky, esta revolución confirma su teoría de la revolución permanente: para garantizar la tierra o una pensión a los ancianos, hay que avanzar hacia el socialismo.
Pero para eso se necesita elevar la conciencia de lo que está en juego en ese casi 68 por ciento que votó por las dos primeras revoluciones y separar de la ultraderecha parte de los que la apoyaron porque desean mayor autonomía local dentro de Bolivia (pero no se plantean, como los prefectos, crear miniestados secesionistas). En el terreno resbaladizo de las negociaciones entre pocos hay un peligroso margen para la imposible búsqueda de la “unidad nacional” y entre las clases, cuando hay que crear, en cambio, la unidad entre todos los explotados, oprimidos o subordinados frente a las clases dominantes nacionales y el imperialismo, que ya está planeando cómo “tumbar al indio”.
EZLN: 24 años después
Jaime Martínez Veloz LA JORNADA
A los zapatistas nada les ha sido fácil, ni nada les ha sido regalado. Lo logrado ha sido gracias a un enorme esfuerzo y a una alta cuota de sacrificio de sus integrantes. Mayor significación tiene cuando sus logros se han producido en medio de condiciones difíciles y complicadas.
Desde los primeros años en que desarrollaron su trabajo, tanto en el frente de masas como en la organización clandestina, se formaron al amparo de una convicción: “mandar obedeciendo”. Los años anteriores al levantamiento les permitieron consolidar una fuerte presencia en comunidades, muchas de las cuales se reconocieron zapatistas. La estrategia en su formación guerrillera puso distancia frente a métodos utilizados por otras guerrillas para allegarse fondos mediante secuestros o acciones que caen en el terreno delictivo y que han sido rechazadas por la opinión pública.
La apuesta zapatista de construir una base social organizativa como sustento fundamental de la acción armada, financiada con los modestos recursos de sus integrantes, ha sido el distintivo que ha alejado al zapatismo de cualquier acción que lo vincule con acciones terroristas que pudieran justificar la acción represiva del Estado mexicano. El levantamiento zapatista fue caracterizado por la primera Cocopa como “expresión de una insurrección comunitaria, producto de causas fundadas que lo originaron”.
La irrupción zapatista en el escenario nacional trajo modificaciones sustantivas. Las subsecuentes reformas electorales al primero de enero de 1994 fueron realizadas por una demanda de la sociedad mexicana, pero también por el reconocimiento tácito a la justeza de los reclamos zapatistas. Tal vez esto no quiera ser reconocido por los partidos políticos, pero el levantamiento armado contribuyó a la creación de un nuevo escenario electoral y a una redistribución del poder político. Hoy el modelo electoral mexicano dista mucho de ser el mejor y más adecuado para los mexicanos, pero es muy diferente al de antes de 1994.
El diálogo entre el EZLN y el gobierno federal estuvo amparado por una Ley para el Diálogo, cuya fortaleza radica en expresar la voluntad de las partes, sobre todo de la sociedad mexicana, que desea una solución de fondo a la problemática planteada por los zapatistas, por vía de la negociación. El EZLN puso su parte, el Estado Mexicano incumplió los compromisos contraídos en San Andrés. Aunque el estatus del diálogo que ampara la ley vigente es de “suspensión”, no de “ruptura”, la reanudación de esta vía tendrá que pasar por el cumplimiento de los acuerdos de San Andrés, cuyo contenido principal ha hecho suyo la Organización de Naciones Unidas.
Luego de la suspensión del diálogo y desde antes, en un doble discurso el gobierno, mientras decía querer dialogar, apoyaba una estrategia de contrainsurgencia y acorralamiento de las fuerzas zapatistas. Expedición de títulos agrarios, habilitando a campesinos como ejidatarios en tierras ocupadas por los zapatistas, encarcelamiento de líderes y bases de apoyo zapatistas, matanzas indiscriminadas, fomento de las deserciones y el paramilitarismo, ofrecimiento de apoyos oficiales a cambio de renuncias públicas al EZLN, minimización del conflicto, campañas mediáticas antizapatistas fueron, entre otras, acciones que dominaron el escenario chiapaneco durante el mandato del presidente Ernesto Zedillo y los varios gobernadores interinos que Chiapas tuvo durante ese sexenio.
En medio del hostigamiento, el zapatismo tuvo la capacidad de salir adelante y perfilar una nueva iniciativa política a principios de 2001, mediante la marcha exitosa que culminó con la presencia de los zapatistas en la tribuna del Congreso de la Unión, donde el debate entre los legisladores traspasó las fronteras de las formalidades parlamentarias para ubicarse en un terreno donde el elemento principal que introdujo la petición zapatista para hacer uso de la tribuna de San Lázaro no radicaba en que fuera un asunto de normatividad legislativa, sino en otro mucho más profundo que cuestionaba al actual modelo de la democracia mexicana, la cual aún no incluye a todos los mexicanos, en este caso a los pueblos indígenas.
A pesar del éxito de la marcha y las expresiones públicas del presidente Fox, la culminación del proceso legislativo que dictaminó la iniciativa de ley indígena produjo un resultado ajeno a lo pactado en San Andrés Larráinzar, con una reforma constitucional que hizo a un lado el arduo proceso de negociación entre las partes. El nuevo escenario permitió que de nueva cuenta los zapatistas sacaran la creatividad que los ha caracterizado con las juntas de buen gobierno como una nueva forma de organización que este año cumple un lustro de actividades sostenidas mediante un método de trabajo que ha permitido procesar diferencias, definir esquemas de trabajo y vincularse organizadamente entre los miembros y quienes no lo son.
Los miembros de las juntas de buen gobierno se van rotando entre los integrantes de la comunidad, y han entendido que el servicio que brindan no significa obtener privilegios individuales, pero fortalece la integración comunitaria que permite sentar las bases para el desarrollo de los pueblos. Esta experiencia es un nuevo modelo en la toma de decisiones del que hay mucho que aprender y mucho que saber.
Silvio Rodríguez: "Creo que nuestras deficiencias noticiosas debieran ser parte de las mejoras inmediatas"
Diego Vidal / SUR (Argentina) 12- Se acaban de cumplir 80 años del natalicio del Che Guevara y en todo el mundo se han realizado actos y homenajes. ¿Qué ha significado para ti la figura del Che? ¿Crees que la manipulación de su imagen, aún con buenas intenciones, opaca lo más fuerte e interesante de su vida que fueron su pensamiento y acción política?
lunes, 11 de agosto de 2008
El Presidente más legítimo
Gabriel Puricelli * / Página12Someter su mandato a ratificación fue una opción audaz y autónoma del gobierno del MAS, aunque (y sin que esto signifique paradoja alguna) se puede decir también que se vio obligado a demostrar por segunda vez la legitimidad de éste, frente a una oposición que se ve a sí misma (y en buena medida lo es) como un régimen depuesto destinado a ser restaurado, y no como un futuro gobierno potencial, como debería ser si tuvieran alguna forma de adhesión al ideal democrático.
Combinado con la revocación del mandato de un ex y posible futuro candidato a la presidencia, como Manfred Reyes Villa en Cochabamba, el saldo a favor del MAS y sus aliados es ampliamente positivo. No habría más que decir (no existe otra instancia a la que apelar, en democracia, que no sea el veredicto del soberano), si no fuera porque esa lealtad democrática está ausente en muchos líderes de la oposición, incluidos algunos de los prefectos también ratificados ayer. Ello implica que la ventaja decisiva, pero coyuntural, que el gobierno doblemente legítimo de Bolivia tiene desde ayer, deba ser aprovechada en un plazo brevísimo para cerrar el proceso constituyente y para poder dedicarse a las tareas de reivindicación social de las mayorías y de desarrollo económico que sólo han sido alcanzadas de manera incipiente.
El resultado de los referendos debería obligar también a los vecinos de Bolivia (en particular a Brasil, pero también a Chile y Argentina) a hacer todo lo mucho que están en condiciones de hacer para ayudar a que un gobierno tan plenamente soberano como el de Morales pueda terminar de deshacer el nudo del atraso, que también puede identificarse bajo los nombres del despegue energético y del fin de la mediterraneidad.
Evo Morales, ratificado en el referendo revocatorio en Bolivia
Continuará la recuperación de los recursos naturales en favor de la igualdad, afirma el presidente. Gobernadores de “la media luna” mantienen su cargo; los de Cochabamba y La Paz, se van.Según la encuesta a boca de urna de la televisora Red 1, también fueron ratificados los prefectos opositores de los departamentos que conforman la llamada “media luna” autonomista: Santa Cruz, Rubén Costas, con 69.46 por ciento; Beni, Ernesto Suárez, con 67.72 por ciento; Tarija, Mario Cossío, con 57.83; y Pando, Leopoldo Fernández, con 58 por ciento, así como el potosino del gobernante MAS, Mario Virreira, con 70.78 por ciento.
En cambio, fueron revocados los prefectos opositores de Cochabamba, Manfred Reyes Villa, que recibió 66.07 por ciento de votos por el no, y de La Paz, José Luis Paredes, que obtuvo 64.28 por ciento de sufragios en contra. Está en duda el caso del prefecto masista de Oruro, Luis Alberto Aguilar, con una votación por el no de 50.81 por ciento, lo que obliga a esperar hasta este lunes las cifras oficiales de la Corte Nacional Electoral para verificar si fue o no revocado.
No obstante que incrementaron su votación a nivel nacional, Morales Ayma y García Linera, según las encuestas citadas, obtuvieron más votos por el no que por el sí en los departamentos de Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando.
Una vez conocidas las cifras preliminares, de inmediato se organizaron festejos en la plaza Murillo de La Paz, donde por la noche Morales Ayma pronunció un discurso; también hubo celebraciones en las plazas principales de las capitales departamentales donde fueron ratificados los prefectos opositores al gobierno encabezado por el primer indígena que llega a la presidencia en este país.
Desde el balcón del Palacio Quemado, sede del gobierno, entre gritos de “te queremos Evo te queremos; te queremos Evo te queremos”, “mano dura, mano dura”, “Evo se respeta, carajo”, la multitud presenció el estallido de fuegos artificiales. El mandatario, quien llamó varias veces a la unidad del país mediante el diálogo, aseveró que “lo que el pueblo ha expresado con su voto es para consolidar el proceso de cambio”.
En la parte central de su discurso, Morales dijo que su gobierno continuará con la recuperación de los recursos naturales y la consolidación de las empresas del Estado, y que este mandato del pueblo boliviano será respetado y será aplicado en los distintos niveles, sectores y regiones del país, para que de esta manera Bolivia cambie y haya igualdad de todos los bolivianos y bolivianas.
El voto del pueblo, enfatizó el también ex dirigente cocalero, es para unir a los distintos sectores, por lo que se buscará juntar la nueva Constitución Política (aprobada por la Asamblea Constituyente) con los Estatutos Autonómicos, “respetando las normas existentes, respetando las leyes vigentes”.
Apuntó que lo ocurrido hoy en este día histórico en Bolivia, donde el pueblo ahora puede no sólo elegir a sus autoridades sino revocarlas, “es algo importante no sólo para los bolivianos, sino para todos los latinoamericanos, marcando como siempre desde acá procesos de cambio… marcando cómo reivindicar la lucha de todos los pueblos”.
Morales Ayma expresó su respeto a los prefectos ratificados. “Respetaremos la legitimidad que tienen los prefectos ratificados para trabajar de manera conjunta”, porque en su experiencia, cuando se hace así, se pueden atender las demandas de todos los sectores.
Insistió que es una obligación del presidente, del vicepresidente, de los ministros, de manera conjunta con las autoridades departamentales y municipales, garantizar este proceso de “cambio del poder económico”, porque “eso ha pedido el pueblo con su voto”.
Además de los cambios estructurales, indicó, es fundamental atender las demandas sociales, “empezar a terminar la extrema pobreza de los bolivianos”, por lo que llamó a sumarse a esta tarea a los empresarios patriotas y a la gente solidaria, puesto que sólo la conciencia del pueblo salvará al país.
En Santa Cruz, ante una multitud que coreaba “autonomía, autonomía”, el prefecto Rubén Costas pidió a la prensa nacional e internacional y a los observadores internacionales, “que informen bien que aquí se venció al más cruel de los terrorismos de Estado de los últimos tiempos”.
Asimismo, que comuniquen “que aquí se venció al más vergonzoso fraude montado por el gobierno masista y la intervención de un gobierno extranjero”.
Más adelante manifestó que las regalías y el IDH (Impuesto Directo a los Hidrocarburos), utilizado por el gobierno para el pago de un bono a los ancianos “son innegociables”.
Costas indicó que el sí a los prefectos de Beni, Pando y Tarija y la elección de la prefecta de Chuquisaca lo entiende como una nueva ratificación a la autonomía departamental, que permita “dotarnos de un sistema que profundice la democracia para un cambio verdadero”.
Mencionó que el Estatuto Autonómico, al que le dio categoría de “catecismo”, seguirá siendo implementado, que la Asamblea Legislativa departamental –que no tiene base constitucional– se ha dotado de normas como el salario digno autonómico, la ley del diálogo departamental y la creación del Consejo Económico y Social.
Además, se expidió una ley electoral para la elección por voto popular de subgobernadores y corregidores e informó que el próximo jueves va a emitir la convocatoria a elecciones. “Esto es autonomía, esta es la revolución del Patujú”, apuntó.
Informó que está decidido a implementar “un organismo de seguridad nuestro” –actualmente la Policía Nacional depende del gobierno central– y que otra prioridad autonómica es “el control, fiscalización y recaudación de los recursos del departamento que nos corresponden”, por lo que está impulsando la creación de una agencia tributaria departamental.
La implementación de la misma permitirá, dijo, “la ejecución de un fondo solidario como mecanismo de apoyo a nuestros departamentos hermanos y constituye parte de un paquete para cumplir con la autonomía que ustedes han mandado”.
Pidió a los que con su huelga de hambre iniciada hace una semana luchan por el IDH que la levanten, y al presidente del Comité Cívico de Santa Cruz, Branco Marinkovic, que encabece esa lucha “para frenar la agresión y el atropello del MAS”.
“Hemos vencido una batalla más, ganó el no al evismo chavista”, añadió Costas, al señalar que el pueblo cruceño rechaza “la derecha retrógrada y la izquierda masista”, y aludir a lo que considera una influencia del presidente venezolano, Hugo Chávez, sobre el gobierno de Morales.
domingo, 10 de agosto de 2008
Venezuela y Bolivia
En ninguna otra parte del mundo hay tanta esperanza, tanta búsqueda de alternativas, tanta utopía, como hoy en América Latina. Estuve en Barquisimeto, capital musical de Venezuela, invitado por la Universidad Politécnica. Participé del seminario sobre extensión universitaria como forma de solidaridad con los sectores de la población marginados o excluidos.
Encontré una nación dividida. Chávez encarna, para unos, el Mesías, para otros, el diablo. El primer grupo habla entusiasmado de las organizaciones “comunales” (versión venezolana del presupuesto participativo) y de la creciente interacción entre sociedad civil y poder público. Reconoce la mejoría en los salarios, en el consumo de bienes durables (sobre todo carros) y en los servicios de salud, educación y construcción de viviendas populares.
Montado en sus barriles de petróleo (Venezuela es el segundo exportador para EEUU, después de Arabia Saudita), el país se da el derecho de promover grandes inversiones en su infraestructura.
El repudio Chávez viene de la oligarquía que, gracias a los petrodólares y a la corrupción, hacía de Miami su capital. Y también de sectores de la clase media, descontentos con el frecuente desabastecimiento de productos de primera necesidad y la inflación anual que llega al 21%.
La oposición, respaldada por los obispos católicos, acusa a Chávez de “cubanizar” el país, debido al gran número de médicos y profesores cubanos activos en programas sociales dirigidos a los más pobres. Se molesta también con la retórica presidencial centrada en la Revolución Bolivariana “rumbo al socialismo del siglo XXI”.
En La Paz, participé en el encuentro de intelectuales y artistas, de varios países, por la unidad y soberanía de Bolivia. Estuvieron presentes algunos ministros de Cultura de países latinoamericanos, incluído Juca Ferreira (Brasil), que ahora ocupa el lugar dejado por Gilberto Gil. Tuvimos oportunidad de estar con Evo Morales. Se aprobó una declaración de apoyo a su gobierno que, el 10 de agosto, será sometido al plebiscito revocatorio.
El plebiscito revocatorio es un recurso sumamente democrático (adoptado también en Venezuela) que obliga al presidente, en pleno mandato, a someterse a la valoración del electorado. Toda la nación se transforma en un gran escenario de debates respeto del gobierno.
Morales es una figura singular. Oriundo de la etnia aymara, de líder indígena se volvió dirigente sindical. En un país de 9 millones de habitantes, de los cuales un tercio vive en el exterior en búsqueda de mejores condiciones de vida, él trata de que Bolivia se apropie de sus fuentes energéticas, como el gas, y de los minerales preciosos, hasta ahora explotados por transnacionales, inclusive Petrobras.
Chávez y Morales enfrentan el gran desafío histórico de promover reformas estructurales en sus países por la vía democrática y pacífica. Los dos sufren presiones constantes de la Casa Blanca y de la oligarquía nativa. En Bolivia hay un fuerte movimiento por la autonomía de algunas regiones, con nítidas tendencias separatistas (apoyadas por el gobierno estadounidense).
Tanto a Chávez como a Morales se les impone la exigencia –urgente– de dar consistencia a la organización y movilización populares, a sus partidos políticos y, sobre todo, al proyecto de nación que pretenden implantar –lo que, hoy, se presenta confusamente con una retórica izquierdista que los pobres no entienden, la clase media teme y la rica repudia-.
En Brasil, el gobierno Lula optó por un desarrollo sin inflación descontrolada y con fuerte inclinación social, a través de políticas compensatorias (y no emancipatorias) como la “Bolsa Familia” –todo dentro de los marcos del neoliberalismo-. En Venezuela y en Bolivia, la opción es romper esos marcos y promover reformas estructurales de modo de construir un modelo de sociedad con menos desigualdad y más participación popular.
El futuro es imprevisible. Una cosa, sin embargo, es obvia: en ninguna otra parte del mundo hay tanta esperanza, tanta búsqueda de alternativas, tanta utopía, como hoy en América Latina. Ojalá que el sueño se transforme en realidad.
(Traducción ALAI)
América Latina: giro político y reacción.
Ezequiel Meler / www.noticiasdelsur.com(En la fotografía, una movilización popular del Frente Amplio de Uruguay).
El ocaso del neoliberalismo.
El cambio de milenio coincidió, en buena medida, con el fracaso del paradigma neoliberal instaurado en torno a 1990. Con el ascenso al gobierno de alianzas políticas de neto signo progresista, América Latina parecía enterrar en el pasado las políticas de libre mercado, y comenzaba la lenta tarea de recuperar discursos incluyentes en sociedades socialmente fracturadas. La correlación de fuerzas inicial era, en líneas generales, relativamente favorable, y hacia 2005 podían verse ya los primeros frutos de la nueva etapa. Si, durante los años ochenta, la recuperación de las democracias y el ocaso definitivo del actor militar como partido privilegiado de la reacción interna y foránea, habían sido reemplazados por la presión de los “mercados” y fondos de inversión, la nueva coyuntura económica abierta luego de 2001 parecía aflojar las cadenas que atenazaban a los sectores externos, y la situación macroeconómica general comenzaba a dar signos que permitían una mayor autonomía política respecto del sector financiero. El latiguillo del “libre comercio” –en rigor, la generación de condiciones óptimas para la expoliación de los recursos humanos, naturales y materiales del continente al menor costo posible por parte del capital extranjero y sus personeros locales- ya no alcanzaba para generar consenso en torno a la continuidad de políticas crecientemente descritas como injustas y regresivas. La recuperación de los términos del intercambio para commodities y otras exportaciones generaba situaciones de superávit en la balanza comercial, que, salvo casos puntuales, alejaban un poco el fantasma de la cesación de pagos.
En esas condiciones, cuatro ejes de transformación comenzaban a vislumbrarse. En primer lugar, destacaba el nuevo impulso a los procesos de integración económica regional. En concreto, el MERCOSUR comenzaba a mostrarse como una alternativa política y económicamente viable de integración regional, en oposición al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) pregonada por Washington. En segundo lugar, la situación de Ecuador y Bolivia daba lugar al bautismo político de un nuevo / viejo actor: las comunidades indígenas, largamente marginadas de los procesos de toma de decisión y del aparato estatal. La victoria de Evo Morales, en particular, abría una nueva etapa para los movimientos sociales. En tercer lugar, los países latinoamericanos, en un movimiento común, daban la espalda al FMI, el instrumento privilegiado de presión del Departamento de Estado en la región. Los casos de Argentina y Brasil, que, merced a la buena marcha de sus economías, cancelaban sus deudas y clausuraban su dependencia del poderoso sindicato de inversores, daban muestra cabal de la fortaleza de estos procesos. Finalmente, los países de la región encontraban en la escena internacional nuevos aliados. El estrechamiento de los lazos dentro del G20, que reunía a varias de las economías emergentes –como por ejemplo la India- y el desembarco en la región de inversiones procedentes de China, que al mismo tiempo se abría como un nuevo mercado, alternativo al europeo, daban lugar a asociaciones novedosas, y otorgaban mayor margen de acción a los gobiernos latinoamericanos.
Estos episodios tuvieron su coronación en la Cumbre de Mar del Plata, celebrada precisamente en noviembre 2005. En Mar del Plata, pudo decir con orgullo Hugo Chávez Frías, la firme posición de Brasil y Argentina había “enterrado al ALCA”, pese a la sorpresiva presencia del primer mandatario norteamericano, George W. Bush, poco adepto a una política latinoamericana consistente durante sus años de gestión en la Casa Blanca.
Sin embargo, la euforia y el optimismo de aquellos días, densos en historicidad, hoy parecen opacados. Nuevos desafíos, esta vez, en principio, de orden interno, han surgido para desestabilizar a la región.
Federalismo, ese caballo de Troya.
En efecto, si el año 2005 terminaba con la derrota del ALCA, el año 2008 parece signado por la reacción de aquellos grupos refractarios a las transformaciones realizadas, a la integración regional, y a la consolidación de los procesos descritos. Los referendos autonómicos bolivianos y la movilización de los sectores ligados al agronegocio de la soja en Argentina poseen, más allá de sus diferencias, algunos denominadores comunes. En primer lugar, se trata de reclamos sectoriales revestidos de banderas aparentemente progresistas, como el federalismo, la coparticipación y la distribución de la riqueza, pero que esconden la movilización y activación de los sectores históricamente asociados a las estructuras de poder tradicional, con el apoyo de los medios de comunicación y los grupos de interés neoconservadores. Las oligarquías regionales bolivianas y las fracciones reaccionarias de la burguesía agraria argentina han demostrado, en estos meses, con una fiereza inusitada, su oposición fáctica a cualquier proceso que involucre el menoscabo de sus privilegios, ligados a la explotación de recursos naturales y la exportación de bienes primarios, alimentos, energía y materias primas.
En este sentido, el reclamo de federalismo, autonomía y descentralización de los recursos es doblemente reaccionario. En primer lugar, por su funcionalidad a la estrategia de debilitamiento de los Estados nacionales seguida por el capital financiero y los intereses monopólicos ligados al suculento negocio de las exportaciones. En este sentido, la fragmentación de los territorios no es necesariamente un objetivo explícito. Antes bien, alcanza con el debilitamiento político de su principio de unidad, esto es, el actor estatal, el gran adversario del libre mercado. En segundo lugar, porque ese reclamo de “federalismo” representa, ni más ni menos, la negativa de estos sectores a compartir las rentas extraordinarias derivadas de la exportación de recursos que constituyen monopolios naturales, como es el caso de los hidrocarburos y la tierra. Es decir, se trata de un ataque al corazón mismo de las actuales condiciones políticas: la marcha de la macroeconomía y sus efectos sobre la recaudación estatal. Lejos de ser una bandera progresista, se trata entonces de un reclamo reaccionario, que pretende sumir, o bien, mantener en el atraso a toda la región.
Cabe en este sentido una reflexión. La etapa actual no es homogénea a escala regional. Pareciera, más bien, que los modelos de acumulación económica y política que se cuestionan son aquellos donde mayor libertad encontró el proyecto antiliberal para crecer en el vacío. Una hipótesis de explicación para este fenómeno podría residir en el hecho de que, tanto en Bolivia, con Sánchez de Lozada, como en Argentina, con De la Rúa, el proyecto neoliberal había derrapado por completo, generando una debacle económica, política y social que arrastró consigo a las fórmulas políticas asociadas al mismo. En Brasil, Uruguay y Chile, por el contrario, la disputa política se presentaba de modos diferentes, toda vez que, en última instancia, el neoliberalismo había gestionado con eficiencia macroeconómica las cuentas nacionales. La lucha por flexibilizar los términos de la hegemonía cultural del paradigma neoliberal en los países mencionados debió pasar, entonces, por procesos más complejos y graduales, que implicaron, muchas veces, el reconocimiento explícito de los “logros” del modelo económico y social. Con un adversario siempre presente en la esfera pública, legitimado por ésta y preparado para el eventual relevo, las construcciones políticas fueron diferentes, y la batalla cultural se presentó con anterioridad, como una contienda en cierta forma preliminar a cualquier cambio significativo.
En Argentina y Bolivia, en cambio, el terreno para una reivindicación abierta del Modelo de Ajuste Estructural ha quedado, al menos por un tiempo, completamente clausurado. Esto pudo generar la sensación de que la correlación de fuerzas era más favorable para un avance relativamente más rápido y profundo. Sin embargo, el propio éxito de las recetas macroeconómicas, en ambos casos espectacular por su contundencia, conspiró contra un examen más cuidadoso de los términos en que se reformulaba el discurso opositor. La lógica seguida por los viejos personeros del orden establecido consistió en ocupar los huecos ideológicos y culturales de una gestión política más definida por sus oposiciones que por sus propuestas y definiciones positivas. Al apropiarse de “significantes vacíos” como el mencionado “federalismo”, de larga presencia en la tradición política criolla, listos para su resignificación en un contexto completamente distinto, los sectores dominantes tradicionales contaron con la paradójica complicidad de los mismos beneficiarios de las políticas antiliberales: los pequeños y medianos productores agropecuarios, las clases medias urbanas y rurales y alguna fracción de las clases trabajadoras. Pero, sobre todas las cosas, contaron con el aval, tácito o explícito, del capital monopolista, desplazado en muchos casos de sus posiciones dominantes en la década pasada. Por último, los éxitos parciales de estos cuestionamientos se debieron al papel protagónico jugado por el sucedáneo del actor militar y de los mercados en el condicionamiento de las democracias latinoamericanas. Me refiero, desde luego, al papel de los medios masivos de comunicación, verdaderos conglomerados de empresas que reúnen posiciones dominantes en el decisivo circuito de la información, y que en la coyuntura se mostraron solidarios con el capital monopólico.
América Latina, zona de seguridad.
Casi al mismo tiempo, y en una secuencia inédita, el gobierno norteamericano anunciaba la reactivación de la Cuarta Flota, así como el refuerzo de su presencia militar en la región, dentro del marco del Comando Sur. En un despliegue sin precedentes, al menos dos portaaviones y varios submarinos nucleares de última generación volverán a patrullar las costas latinoamericanas, cosa que no sucedía desde los años de la Segunda Guerra Mundial. Ante el reiterado pedido de explicaciones por parte de varios gobiernos de la región, el Departamento de Estado insiste en que se trata de una medida “defensiva”, algo bastante difícil de creer en una región que no se caracteriza por la recurrencia de conflictos bélicos, así como tampoco por la presencia de potencias militares que puedan rivalizar con el gigante del Norte.
Tal vez podamos encontrar mejores explicaciones a este aparente sinsentido en la reciente evaluación de la situación regional realizada por el propio Departamento de Estado. En efecto, basta remontarse cuatro años atrás. El 24 de marzo de 2004, el General James Hill, en un informe presentado ante el Comité de las Fuerzas Armadas de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, había mencionado tres amenazas a la “seguridad hemisférica”. Luego de referirse al narcotráfico y al terrorismo, señaló: “Estas amenazas tradicionales se complementan ahora con una amenaza emergente, mejor caracterizada como “populismo radical”, en el cual se socava el proceso democrático, al reducir, en lugar de aumentar, los derechos individuales”(1). Según el jefe del ahora reforzado Comando Sur, esta corriente estaría caracterizada por la habilidad con que “algunos dirigentes […] explotan frustraciones profundas por el fracaso de las reformas democráticas en entregar los bienes y servicios esperados. Al explotar esas frustraciones, las cuales van de la mano con frustraciones causadas por la desigualdad social y económica, los dirigentes están logrando a la vez reforzar sus posiciones radicales al alimentar el sentimiento antiestadounidense”. Como ejemplos concretos de esta tendencia, naturalmente mencionó en primer lugar los casos de Venezuela y Bolivia, pero también señaló “el cuestionamiento de “la validez de las reformas neoliberales”, expresado por los presidentes Luiz Inacio Lula Da Silva y Néstor Kirchner(2).
Esta decisión, asimismo, debe ser analizada en el marco del reciente conflicto limítrofe entre Ecuador y Colombia, desatado cuando fuerzas militares colombianas bombardearon territorio ecuatoriano, para luego realizar una incursión limitada, todo ello con el objetivo de asesinar al líder y canciller de las FARC, Raúl Reyes. Como resultó claro en el análisis de los acontecimientos, fue la inteligencia militar norteamericana, paradójicamente asentada en la base de Mantua, en territorio ecuatoriano, la que proveyó la información necesaria para el ataque, y es posible que también el equipamiento y la logística de la operación hayan estado a cargo de la aviación estadounidense. En la controversia diplomática posterior, quedó claro el papel regional de Colombia, que es, después de Irak e Israel, el tercer país del mundo entre los que reciben ayuda militar y equipamiento por parte de los Estados Unidos. En efecto, Colombia, bajo la férrea conducción militarista de Álvaro Uribe Vélez, se ha prestado en los últimos años a una constante estrategia de presión sobre las fronteras de sus vecinos, especialmente de Venezuela. De este modo, aún antes de que se consolide una hegemonía regional alternativa, los Estados Unidos han anticipado ya su negativa terminante a aceptar modificaciones sustanciales en las relaciones de fuerza de la región, incluyendo abiertamente el recurso al poder militar como herramienta para bloquear todo proceso de cambios, por tibio que nos resulte. Debilitada o erosionada su hegemonía a causa de la inevitable destrucción de las economías nacionales bajo el imperio del proyecto neoliberal, la reactivación de la Cuarta Flota renueva la disposición del Pentágono a utilizar cualquier medio a su alcance para garantizar, al menos, la dominación hemisférica.
El faro del Fin del Mundo.
Otro dato preocupante es el concerniente al nuevo equilibrio político europeo. Con las victorias de Nicolás Sarkozy y Silvio Berlusconi, el mapa político del viejo continente adopta claramente un sesgo neoconservador, reflejado en la Directiva Retorno sobre Inmigración, que castiga la situación ilegal de cualquier extranjero con el tratamiento propio de un delito no excarcelable(3). De este modo, Europa, el aliado natural de América Latina para equilibrar el peso de la dominación norteamericana, amuralla sus fronteras, mientras flexibiliza sus regímenes laborales y disminuye el porcentaje del gasto estatal destinado a salud, educación y ancianidad.
De este modo, los procesos tibiamente reformistas iniciados en el continente aparecen como un ente extraño en un escenario internacional dominado por las reacciones conservadoras, tanto frente a los efectos de la crisis financiera desatada en los Estados Unidos, como de cara al agotamiento del ciclo de crecimiento económico ligado a la unificación económica de Europa. América Latina, que en el pasado ganó y perdió margen de maniobra al convertirse en ámbito de disputa de los diferentes equilibrios centrales, hoy debe cerrar filas en torno a sus objetivos, frente a un horizonte político bastante poco alentador.
Balance para un presente agitado.
Mientras escribo estas modestas líneas, se profundizan los incidentes en la localidad boliviana de Tarija. Esta localidad, precisamente, era el sitio de un encuentro programado para esta tarde entre los presidentes de Bolivia, Venezuela y Argentina, en claro respaldo de la política nacional llevada a cabo por el primero. Inevitablemente, concluyo que los tiempos de la reacción regional se dirimen hoy en el escenario boliviano. O, al menos, que los opositores han pensado en ello, pues los incidentes en la zona del Aeropuerto Internacional se convirtieron en abiertas protestas contra la visita diplomática de los jefes de Estado mencionados. El referendo revocatorio lanzado por Evo Morales, resistido ferozmente por los prefectos opositores de la llamada “Media Luna”, hace las veces de inevitable termómetro de la situación regional.
En 2005, era más sencillo concluir de modo optimista cualquier análisis de la situación sudamericana. Indudablemente, los procesos reseñados abren un período de incertidumbre respecto de las posibilidades de la región de resistir al embate combinado, interno y externo, de las fuerzas reaccionarias, así como de profundizar el camino iniciado, hace casi una década. Sin embargo, el escenario descrito es también la prueba palpable de que estamos en el camino de transformaciones históricas. Debemos ser conscientes de que, para bien o para mal, aquí ya no hay lugar para medias tintas. No hay solución de compromiso con el enemigo que se yergue, en estas horas, en todo el continente. En ausencia de dichas alternativas, sólo nos queda avanzar, profundizar las transformaciones, arriesgar el capital político adquirido en estos años de bonanza. En los años noventa, recuerdo ahora, los minúsculos reductos militantes opositores al neoliberalismo festejamos cada victoria americana como propia. Queríamos vencer, pero a fin de cuentas, gobernar era sólo el comienzo.
NOTAS
1 Jim Cason y David Brooks: “Descubre el Pentágono una nueva amenaza en América Latina: el populismo radical”, en La Jornada, México, 29/03/2004.
2 Gilly, Adolfo: “El populismo radical”, en La Jornada, México, 01/06/2004.
3 Véase Página 12, 17/06/2008.

