El fantasma del comunismo es un espantapájaros relleno con todos los miedos y amenazas, reales e inventadas, que la derecha latinoamericana necesita para aglutinar en torno suyo el favor de la gente.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
Durante la Guerra Fría, la principal amenaza a derrotar por parte del Occidente, auto caracterizado como democrático y bastión de la libertad, fue el comunismo. En América Latina, sirvió de justificación para la entronización de regímenes autoritarios de extrema derecha respaldados por Estados Unidos.
El anticomunismo latinoamericano entre las décadas de los sesenta y noventa del siglo XX englobó, bajo la etiqueta de comunista, a todas las fuerzas políticas que procuraban un cambio estructural, aunque algunas de ellas no adscribían al marxismo y rechazaban que se les vinculara tanto con la URSS como con China, los dos principales experimentos sociales que decían construir sociedades que tenían como horizonte la construcción de la sociedad comunista.
En la actualidad, en el contexto del auge de gobiernos de derecha en todo el continente, el comunismo ha vuelto a transformarse en etiqueta descalificadora. Se trata de un renacimiento porque había decaído y perdido gran parte de su vigencia después de la desaparición de la URSS a inicios de la década de 1990.
Su pérdida de utilidad llevó a Occidente, específicamente a Estados Unidos, a la búsqueda de un antagonista que, al igual que antes lo había sido el comunismo, le sirviera para identificar oponentes y para justificar el accionar en su contra, especialmente fuera de sus fronteras. Después de los atentados del 11 de septiembre, el enemigo identificado fue el terrorismo, más en concreto, el terrorismo islámico.
Al igual que el terrorismo ha servido como identificador del enemigo de la democracia y la libertad según la narrativa hegemónica estadounidense actual, en América Latina ha resucitado hoy el fantasma del enemigo comunista. Se trata, sin embargo, de una noción polisémica, un poco a la carta en función de los intereses y necesidades políticas de quienes la usan.
No se trata de una caracterización derivada de un análisis objetivo y sustentado de la ideología y del proyecto de las fuerzas políticas etiquetadas como tales, sino de una fórmula movilizadora que apela sobre todo a la emotividad, con el fin de aglutinar en contra de un enemigo de perfil vago al que se le atribuyen aleatoriamente intenciones y acciones variadas, incluso diferentes y hasta contrarias con los preceptos de la ideología comunista.
Se trata de una estrategia política que se monta sobre un sedimento históricamente construido que atribuye al comunismo los peores males. De ahí que se derive que quienes son identificados como los causantes de problemas que la población sufre y rechaza, son comunistas. Entre esos males, la corrupción, la violencia y la inseguridad o la creciente desigualdad social. Este constructo se acepta acríticamente.
Se trata, por lo tanto, de una estigmatización. Bajo su paraguas se aglutina toda fuerza política que esté en oposición a las fuerzas de la derecha que gobiernan en la mayoría de los países latinoamericanos en nuestros días. Dependiendo del país, así serán los males que se les achaquen. En buena medida, es también una cortina de humo que busca desviar la atención de quiénes son los principales causantes de las situaciones que aquejan y preocupan a la gente.
El fantasma del comunismo es un espantapájaros relleno con todos los miedos y amenazas, reales e inventadas, que la derecha latinoamericana necesita para aglutinar en torno suyo el favor de la gente.
Un lugar importante de ese fantasma lo ocupan las amenazas que el pensamiento conservador ve en las dinámicas inclusivas que han ganado terreno en los últimos veinte años, y que se han etiquetado como producto de un marxismo cultural.
Con esto, han transformado en enemigos acérrimos las reivindicaciones de las mujeres, de la población LGTBI+, las institucionalidad pública, especialmente las universidades (que son vistas como “lavadoras de cerebro” en pro del comunismo) y toda una serie de cambios sociales que incluso se han producido independientemente de cualquier reivindicación de algún grupo o sector social como, por ejemplo, las transformaciones que ha venido sufriendo la institución familiar, el decrecimiento de la población o los fenómenos migratorios.
En un mundo en conflicto, caótico y en acelerado proceso de transformación, en el que nacen y se multiplican las amenazas a la pervivencia de la especie humana, el comunismo ha sido identificado por la derecha como el pararrayo que atrae el enojo y encubre las causas reales de los problemas.
Asimismo, para una amplia capa de la población que adscribe a los valores del cristianismo neopentecostal, el cual constituye uno de los pivotes más importantes de esos gobiernos de derecha, la imagen del comunista ateo y “matacuras” es equivalente a gente sin valores morales dispuestas a cometer las peores tropelías.
Hoy, el estigma del comunismo es un constructo polifuncional, un comodín al que se le otorga contenidos en función de las circunstancias concretas de cada país. Una narrativa de ese tipo, que no se asocia al razonamiento sino a la emotividad, es muy difícil de desmontar, pero esa es una de las tareas más importantes que tiene por delante el progresismo y la izquierda latinoamericanos: ponerse al día en la batalla cultural en la que la derecha neoconservadora ha tomado la iniciativa en los últimos años y sus propuestas han pasado a perfilar el sentido común.

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