sábado, 3 de octubre de 2026

Costa Rica: la cultura del lero, lero

 Tienen razón, entonces, quienes dicen que Costa Rica ya no es lo que solía ser. Hay que advertirles, sin embargo, que en el futuro seguramente será cada vez más distinta, tal vez hasta llegar a ser verdaderamente irreconocible para quienes vivieron “la anterior” Costa Rica. 

Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
 
En Costa Rica, la frase “lero, lero, calzón de cuero” es una expresión popular, una rima tradicional de la infancia que se usa para hacer burlas. En los actos de celebración del 205 aniversario de la independencia del país, el 14 de septiembre a las seis de la tarde en la ciudad de Cartago (la antigua capital), autoridades policiales tendieron un cerco alrededor del lugar en donde se realizaría el acto central y pidieron a los asistentes que se identificaran con su documento de identidad para poder acceder.
 
Ante el reclamo de un ciudadano al ministro de Hacienda y de la Presidencia, anterior presidente de la nación y hombre fuerte de la actual administración, Rodrigo Chaves Robles, quien le preguntó por qué le pedían identificarse para ingresar a un acto público y patriótico conmemorativo, el ministro respondió con la infantil expresión popular del lero, lero de burla acompañada de la mímica tradicional que implica sacar la lengua y agitar las manos junto a las orejas.
 
Es nuestra opinión que el gesto de burla del ministro, que se entrelaza con actitudes y gestos similares que ha hecho en actividades públicas anteriores, debería interpretarse como la condensación, o expresión concentrada y altamente simbólica, de un cambio de paradigma en la dinámica cultural costarricense.
 
En Costa Rica, el paradigma cultural dominante ha variado en el tiempo de acuerdo al proyecto o modelo económico-político que impulsen los grupos o clases dominantes. En cada uno de estos modelos, la dimensión cultural ha sido utilizada para construir legitimidad, constituyéndose en el broche de oro que cierra y mantiene la hegemonía.
 
Es así como podemos hablar de un modelo liberal del siglo XIX y primera parte del siglo XX, en el que la misión central del paradigma cultural fue construir el modelo de identidad nacional que permitiera establecer la especificidadde lo costarricense, con el fin de aglutinar a la población en torno al proyecto liberal otorgándole respaldo al enraizarlo en un sentimiento compartido de pertenencia colectiva.
 
A mediados del siglo XX, ante el quiebre de ese proyecto liberal decimonónico, nuevos grupos sociales acceden al poder luego de una pugna que llega, incluso, al enfrentamiento armado en 1948. Estos nuevos grupos construyen un nuevo tipo de Estado reordenando prioridades económicas y políticas, para lo cual deben apelar a otros grupos sociales con el fin conseguir el respaldo necesario para mantenerse en el poder.
 
Hay, a estas alturas, nuevas necesidades que nacen de grupos sociales que reclaman una inclusión en el nuevo proyecto. Nace así el Estado de Bienestar costarricense, acorde con una concepción reformista, a tono con formas de gobierno que pugnaban por prevalecer en el mundo como alternativa al modelo soviético.
 
El corolario de este modelo serán sus políticas culturales de corte socialdemócrata, basadas en el consenso y la cooptación de élites políticas opositoras -sobre todo aquellas caracterizadas por su mayor radicalidad de izquierda- y que consideraban que la cultura (específicamente, su consumo) era parte fundamental del proceso de “igualación social”.
 
Grupos importantes, de los cuales se requirió legitimidad, fueron los artistas y los intelectuales (es decir, los productores de la cultura que la mayoría debería consumir), y hacia ellos se formuló una batería de políticas que los incluyó en el proceso como expresión “refinada” y “culta” de una clase media en crecimiento que necesita encontrar su mejor rostro en el arte.
 
Estas políticas culturales tuvieron tal nivel de aceptación que el período en el que se impulsaron -desde 1950 hasta 1980, pero especialmente la década de los setenta- es conocido hasta nuestros días como la época dorada de la cultura costarricense.
 
El quiebre de la propuesta reformista socialdemócrata sobreviene a inicios de la década de los ochenta del siglo XX. Un nuevo grupo accede al poder del Estado, y este, a su vez, utiliza las políticas culturales para tratar de afianzar su propia hegemonía en el ámbito popular. Nacen así nuevos proyectos dirigidos a otros sectores, grupos y clases de la población que anteriormente se encontraban “desatendidos”. Tal vez la política más representativa de este período, que se inicia a principios de la década de 1980, es la de las Casas de la Cultura, que se ubican en centros poblacionales en donde la gente en general, los artistas populares en particular, encuentran un lugar para hacerse visibles. 
 
Lo que queremos ejemplificar con las Casas de la Cultura es que los nuevos grupos en el poder encuentran ciertos espacios socio-culturales copados por la legitimidad construida por los socialdemócratas, y deben buscar otros aliados en otras partes del espectro social.
 
Se pude decir que a partir de la década de los ochenta se inicia el declive del proyecto cultural socialdemócrata, declive que será lento, acorde con la dinámica usual de los procesos socio-políticos costarricenses, pero seguro, hasta llegar a transformarse en “otra cosa” en la segunda década del siglo XXI.
 
Esa “otra cosa” es lo que aquí llamamos la cultura del lero, lero. Este tipo o corolario cultural es el punto sobre la i del nuevo modelo que grupos nuevos -que acceden al poder del Estado- tratan de consolidar. Como sucedió en el siglo XX, el nuevo modelo pretende -sin explicitarlo- establecer su legitimidad material y simbólica en grupos sociales poco atendidos por las anteriores políticas culturales.
 
La cultura dominante costarricense se construyó -desde el siglo XIX- teniendo como espacio de referencia el Valle Central costarricense. Es un tipo de cultura que por esa razón ha sido caracterizada como vallecentrista, que en un principio vio incluso como hostil a los grupos sociales que habitaban fuera de ese espacio geográfico (las llamadas periferias: costas, zonas fronterizas), y luego como diferentes o relativamente ajenos al ser nacional. En otras palabras, se trata de poblaciones periféricas que quedaron relativamente marginadas del poder de legitimación estatal y que, incluso, no fueron tomadas en cuenta cuando se hicieron los análisis académicos sobre la inusual cohesión cultural y la identidad nacional de Costa Rica en el panorama centroamericano.
 
Debe reconocerse, sin embargo, que tal omisión pudo haber sido producto del hecho que tales grupos marginados no manifestaban disrupciones evidentes al modelo vallecentrista, y parecían estar incluidos en el ámbito de su legitimación. Pero debe recordarse que la base material de tal paradigma estaba en los servicios que ofrecía el Estado de Bienestar que, a partir de la década de los ochenta, con su paulatino deterioro debido a la implementación del modelo neoliberal, se fueron deteriorando.
 
Paralelamente a este proceso, la cultura mundial sufrió transformaciones radicales en función de la revolución científico-tecnológica de las comunicaciones. La aparición de las enormes empresas tecnológicas privadas que dominan internet democratizó el acceso a contenidos que, como ya se ha demostrado, son utilizados para moldear la conciencia de la gente a través del uso de algoritmos.
 
A ese tipo de información tienen acceso esas mayorías “periféricas” que, ahora, con los servicios del Estado de Bienestar deteriorados y no habiendo sido antes objetivo importante de las políticas culturales que buscaban la legitimación del proyecto dominante del momento, se nutren de sus contenidos. 
 
Son contenidos en los que los elementos de la cultura de élite (la de intelectuales y artistas), a la que atendía antes el Estado, no tienen un papel protagónico. Por el contrario, priva la búsqueda del espectáculo y el entretenimiento, y eso es lo que ha entendido el nuevo grupo en el poder en Costa Rica: para poder obtener legitimidad, es decir, apoyo, lo que necesita es ofrecer espectáculo, el espectáculo más próximo a quienes no han tenido la posibilidad de “refinar” sus gustos y aspiraciones, que más bien se encuentran regidos por lo que dicta la sociedad de consumo con toda su chabacanería permeada por las culturas del narcotráfico, las expresiones musicales y culturales de la periferias urbanas estadounidenses y su horizonte aspiracional.
 
Eso es la cultura del lero, lero, la que tiene como ilustración de portada en su manual de uso la fotografía del ex presidente de la República haciendo muecas grotescas en el acto de celebración de la independencia del país. Sus políticas culturales restan cada vez más apoyo a artistas e intelectuales y a las instituciones y actividades que los sostienen, porque ya no les interesan como grupo social frente al cual deba expandir su legitimidad, ni la actividad de este grupo se dirige hacia quienes deben sentirse incluidos en su proyecto. Por lo tanto, pone más atención en las redes sociales y los influencers, quienes ahora aparecen como los nuevos mimados del poder, como antes lo fueron pintores, escritores y músicos sinfónicos. Se fotografían en Casa Presidencial con sus mentores y se ríen a mandíbula batiente de quienes se asustan viendo “tanta vulgaridad” elevada al rango de cultura oficial. 
 
Los antiguos beneficiarios de las políticas culturales del Estado de Bienestar se han quedado atrincherados en el Valle Central y, en él, en algunas instituciones y circuitos determinadas en donde, incluso, superan en número (según lo demostraron las últimas elecciones) a los llamados “chavistas”, los simpatizantes del nuevo modelo quienes, por su parte, tienen la suficiente fuerza en las periferias para llevar sin problema a los representantes de la cultura del lero, lero al poder.
 
Todo este panorama, de relativa reciente irrupción, esta reperfilando el modo de ser o identidad costarricense. No es un fenómeno nuevo; como ya hemos visto, ha habido otros momentos históricos en lo que esto ya ha sucedido, pero como todo proceso de cambio provoca un sisma, que algunos observan como positivo y otros como negativo. 
 
Tienen razón, entonces, quienes dicen que Costa Rica ya no es lo que solía ser. Hay que advertirles, sin embargo, que en el futuro seguramente será cada vez más distinta, tal vez hasta llegar a ser verdaderamente irreconocible para quienes vivieron “la anterior” Costa Rica. 

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