sábado, 20 de noviembre de 2021

El Salvador: reflexiones en el 32 aniversario del asesinato de los jesuitas

 Hoy, la Teología de la Liberación, que era la dimensión ideológica a la que adscribían los jesuitas, ha quedado relegada a espacios en los que su influencia es casi testimonial. Sufrió no solo los embates bárbaros que culminaron en la muerte, como la de los jesuitas de la UCA, sino también la persecución encarnizada de las cúpulas eclesiásticas al interior del aparato de la Iglesia Católica.

Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica


El asesinato de los jesuitas en El Salvador hace 32 años muestra la vorágine en la que se encontraba Centroamérica en la década de los ochenta. Los hechos sangrientos, seguramente sin parangón en América Latina, dejaron en nosotros, los centroamericanos, una huella indeleble que hoy vivimos como una marca que nos distingue no necesariamente de forma positiva en el mundo.

 

Así como ellos, cientos de sacerdotes, monjas y laicos fueron también perseguidos y asesinados. Lo fueron no por ser religiosos, sino por el compromiso político que habían asumido. 

 

La religión, con el papel central que juega en nuestras sociedades, se convierte en una herramienta política contundente. Depende de cómo se la use. Ha sido así a lo largo de toda nuestra historia: puede darle argumentos a Sepúlveda o a fray Bartolomé de las Casas; a algún mofletudo arzobispo cardenalicio o a Oscar Arnulfo Romero. O, en un ámbito más universal, a Wojtyla o a Bergoglio.

 

Los jesuitas tomaron partido en un contexto de extrema polarización política, en el que ya existían muchos antecedentes que mostraban a las claras que el ejército y las clases dominantes de El Salvador no se detendrían ante nada ni nadie. En el que ya se estaban impulsando, además, políticas que apostaban por revertir las tendencias progresistas de la Iglesia con las que se les asociaba a ellos.

 

Para 1989, cuando fueron asesinados, el gobierno de los Estados Unidos ya había recibido el Informe Rockefeller, elaborado a finales de la década de los sesenta, en el que identificaba a la religión como un punto álgido que debía ser modificado en América Latina en aras de los intereses norteamericanos.

 

La hoy cada vez más creciente ola de religiosidad protestante, de un signo ideológico distinto al que portaba la teología a la que adscribían los jesuitas asesinados, ya había empezado a expandirse, apostando al principio por la apoliticidad y, más tarde, por una visión de mundo basada en una interpretación de la Biblia acorde con la dominante visión del capitalismo tardío en el que vivimos.

 

La estrategia “antisubversiva” encaminada en el contexto de la Política de Seguridad Nacional abarcaba todas las aristas: la del mazo contundente que no vacilaba en masacrar a quien se le opusiera, y la ideológica, que apostaba por ganar mentes y corazones a largo plazo, puesto que los fenómenos del orden de lo ideológico cultural siempre se mueven lentamente.

 

Los jesuitas se encontraron de frente con la respuesta bárbara y contundente; pero las masas fueron objeto no solo de esa receta, sino también de la que apostó por el largo plazo que, ahora, en nuestros días, está rindiendo sus mejores frutos. 

 

Es ahora cuando florecen por doquier, como producto del trabajo tesonero que se inició por aquellos años de confrontación abierta, las iglesias que reproducen y sustentan el discurso ideológico del neoliberalismo. Ha sucedido lo que en aquellos años no se habría imaginado, un vuelco que ha reperfilado la mentalidad de quienes necesitan apoyarse en lo religioso para darle sentido a su vida.

 

Hoy, la Teología de la Liberación, que era la dimensión ideológica a la que adscribían los jesuitas, ha quedado relegada a espacios en los que su influencia es casi testimonial. Sufrió no solo los embates bárbaros que culminaron en la muerte, como la de los jesuitas de la UCA, sino también la persecución encarnizada de las cúpulas eclesiásticas al interior del aparato de la Iglesia Católica.

 

No es casual, entonces, que hoy nos encontremos prácticamente rodeados de pequeñas y grandes iglesias que adscriben a un neopentecostalismo dispuesto a cerrar filas con las más rancias expresiones reaccionarias, convirtiéndose en punta de lanza de la guerra cultural que, en no pocas ocasiones, son el centro de campañas políticas nacionales por la presidencia o los puestos en los hemiciclos legislativos.

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