sábado, 20 de noviembre de 2021

Las recientes elecciones en la Argentina disparan la nueva etapa del gobierno del Doctor Fernández

Se inicia una nueva etapa en el gobierno de Alberto y Cristina con renovado apoyo popular, su mejor garantía de éxito. No siempre el triunfo es estímulo para mayores desafíos, a veces se diluye en envanecimiento. En cambio, este “perder ganando”,  se insinúa con efecto de garantido compromiso.        

Carlos María Romero Sosa / Para Con Nuestra América

Desde Buenos Aires, Argentina


No hay fin de la historia por supuesto; y es precisamente el devenir humano del que anoticia el arte –y la ciencia- de Clio desde  tiempos de Heródoto, el que contradice a Francis Fukuyama y al resto de los  hegelianos de segunda mano devotos de los procesos a término fijo. Y tampoco aquí y ahora finalizará después del triunfo algo perdedor -según el fuego amigo lanzado por la inefable Patricia Bullrich-, resultado de las elecciones realizadas el 14 de noviembre. Sencillamente  porque las cosas en el mundo de la política y porque el humor de los electores tienen marchas y contramarchas, avances y retrocesos y lo real es que nada hay definitivo en las preferencias ciudadanas.

 

Canta Gardel en el tango “Amores de estudiante” aquello de “Hoy un juramento, mañana una traición”. Pero nadie tiene el voto atado y el último domingo algunos pusieron entre paréntesis el propio recuerdo o la memoria familiar de otros tiempos más felices, dicho así para no caer en la aristocratizante ironía de Leopoldo Lugones proferida en 1916 cuando involucionaba del socialismo al autoritarismo prefascista: “Espero que el pueblo, con su acostumbrada generosidad, me lleve un día a la cárcel”. Al cabo la emigración fue menor que la vaticinada con optimismo gorila, desde el redil peronista  hacia  expresiones del neoliberalismo; justamente allí donde no han de hallar soluciones a sus dramas los sumergidos y los apremiados por los flagelos de la inflación, el trabajo en negro y la inseguridad.  El desgobierno clasista al revés de Macri es buena enseñanza de ello.

 

Sin embargo admitamos causas y no solo ajenas para este  resultado de “perder ganando”, según el sofisma de la legisladora oficialista electa señora Victoria Tolosa Paz.  Por una parte que existió y existe la  insidiosa propaganda de los medios concentrados dirigida a desestabilizar al gobierno del doctor Fernández desde su inicio y algo exacerbada, a nivel de periodismo militante o peor aún de periodismo gurka, durante la campaña electoral.  Aunque igualmente es ingenuo desconocer el hecho cierto que por lo que fuere, en especial la pandemia que cayó sobre el orbe todo como un regalo del infierno, buena parte del programa original del Frente de Todos, no se pudo cumplir en plenitud.

 

En su momento dio para la crítica constructiva la frustración ante  la anunciada y traspapelada nacionalización del gigante agroexportador  Vicentin. O que el presidente Fernández decidiera por decreto el aumento a los jubilados, eternos perdedores. También cierta desatención a los sectores medios en gran proporción votantes independientes. (Llegó a decir un demasiado joven e insolente ex Jefe de Gabinete, algo así como que “no vinimos para aumentar las jubilaciones de los que cobran 80000 pesos”, o sea las de montos medianos a las que pudieron acceder aquellos que trabajaron por lo menos treinta años y aportaron lo correspondiente para recibir en justicia eso o más de hacer bien el cálculo el ANSES.) Además computemos en el debe que no se tomara demasiado en serio la inseguridad designando como ministra nacional del área a una antropóloga cuyo currículum daba para ser directora del Museo Etnográfico Juan Bautista Ambrosetti y que vinculado con el trasnochado garantismo de horizonte abolicionista “progre”, se liberaran presos comunes durante la cuarentena, a tono con la cantinela zaffaroniana de trasmutar a los victimarios en víctimas. Sin olvidar corruptelas o más que eso capaces de enturbiar la correcta administración oficial del Covid 19 que ha permitido la doble vacunación de gran parte de la población con la notoria baja de contagios y muertes.

 

Marcadas estas objeciones, convengamos que  otras cosas se hicieron de manera correcta pese a la carga agobiante de la deuda al FMI con que el gobierno de Macri hipotecó a varias generaciones de argentinos. Mientras la reacción bate el parche con la reforma laboral, habrá que preguntarse qué desocupación se tendría hoy sin la intervención del Poder Ejecutivo que abonó la mitad de los salarios durante buena parte de la cuarentena. Y cuál sería su número de no seguir vigente la doble indemnización por despido.   

 

Tal vez la campaña electoral del oficialismo no hizo hincapié en ello y el rechazo manifestado a esa reforma laboral por parte de  sus voceros habrá parecido a muchos, más un salida para tranquilizar a los “gordos” de la CGT  que algo que hace a la esencia obrerista del movimiento popular y a la dignidad de vida y la seguridad de cada trabajador.                                               

 

Es cierto que resulta inquietante el éxodo del policlasista y contradictorio movimiento peronista, ideológicamente más cohesionado en la visión kirchnerista. Y que haya nutrido al partido de Macri, de Patricia Bullrich, y ahora del judas Pichetto el profeta de la mano dura con los mapuches y el abanderado contra el “pobrismo” en su teatral fanatismo de converso, en vez por ejemplo de volcarse a las expresiones de la izquierda radical con sus simpáticas irrealidades, algo que sin embargo hubiera sido hasta más lógico si de frustración se trataba. Fácil será apelar solamente a la antedicha influencia idiotizante de los medios concentrados, que por supuesto existió, para entenderlo. Arturo Jauretche disparaba en su hora dardos contra la “tilinguería” del “medio pelo”, es decir los sectores de la clase media con ínfulas de “gente bien”. Todo cambia y no para mejorar a veces. Sin demagogia cabe reconocer que tal “tilinguería” se viene generalizando y perfora la clase media. Un dato: el ultraderechista Milei ha  triunfado en barriadas humildes de la ciudad de Buenos Aires con su partido que  remeda lo peor de Bolsonaro, Trump y Vox y llevó como segunda candidata en la lista de legisladores a una asidua defensora de los militares genocidas de la dictadura. ¡Cuánta libertad  prometen!      

 

En el sin final abierto de esta historia, el multitudinario acto del miércoles 17 de noviembre, Día de la Militancia, -¿qué festejan?,  ridiculizaron los  que nada saben de la contagiosa mística revolucionaria cuando no de ser hijos o nietos de sobrevivientes de los fusilamientos, las desapariciones, las cárceles y las proscripciones por dos décadas-  demostró la buena salud de los muertos que tanto ansía enterrar para siempre la oligarquía. El presidente Fernández dijo lo que debía decir y se inicia una nueva etapa en el gobierno de Alberto y Cristina con renovado apoyo popular, su mejor garantía de éxito. No siempre el triunfo es estímulo para mayores desafíos, a veces se diluye en envanecimiento. En cambio, este “perder ganando”,  se insinúa con efecto de garantido compromiso.        

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