sábado, 20 de noviembre de 2021

La COP26 y el modo de vida imperial

 Atrapados en la contradicción de unas élites que dicen querer salvar el mundo y combatir el cambio climático, pero sin abandonar el capitalismo, contemplamos con impotencia cómo el tiempo oportuno para actuar se nos escapa como arena entre las manos.

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica


La cumbre sobre cambio climático de Glasgow, la COP26, llegó a su fin en días pasados con la aprobación de un texto de acuerdo que, lejos de cumplir con las enormes expectativas generadas en las semanas previas a la reunión, terminó por inclinarse hacia unos puntos mínimos, realistas para el statu quo y necesarios para conseguir votos favorables (en particular, la referencia a una “reducción progresiva” de los combustibles fósiles, y no su eliminación, solicitada por China e India), pero insuficientes desde la perspectiva de la comunidad científica más crítica y de los movimientos ecologistas, quienes demandaban acciones más profundas y radicales, consecuentes con la magnitud de la crisis que atraviesa el planeta. 

 

En esta línea, el Secretario General de la ONU, António Guterres, reconoció que el desenlace de la COP26 refleja cabalmente el estado de las voluntades e intereses en la política mundial, toda vez que no se llegó a acuerdos en temas urgentes de la agenda ambiental y climática, como por ejemplo las subvenciones a los combustibles fósiles, la eliminación del carbón como fuente de energía, la protección a las comunidades vulnerables y el compromiso de lograr un fondo de financiación para el clima de 100.000 millones de dólares. 

 

Aunque todo esto era previsible, no deja de sorprender, por un lado, la incapacidad de las dirigencias políticas del Occidente industrializado para tomar decisiones más allá de los intereses de sus grandes grupos de poder económico; y por otro lado, la oposición de países que avanzan vertiginosamente en sus propios procesos de industrialización -como China e India- y de otros que sustentan sus economías en la extracción y comercialización de petróleo y otros combustibles fósiles. En sus reticencias, subyace una suerte de  reivindicación del derecho a participar en las dinámicas de extracción de recursos y producción de riqueza del sistema capitalista, de las que se beneficiaron en el pasado los países del llamado Primer Mundo, pero que acabaron por arrastrarnos casi al borde del precipicio de la crisis climática. 

 

Así, atrapados en la contradicción de unas élites que dicen querer salvar el mundo y combatir el cambio climático,pero sin abandonar el capitalismo, contemplamos con impotencia cómo el tiempo oportuno para actuar se nos escapa como arena entre las manos. Precisamente de esto nos hablan Ulrich Beck y Markus Wissen en su libro Modo de vida imperial. Sobre la explotación del hombre y de la naturaleza en el capitalismo global (2017, México: FES), al explicar que, en medio del ascenso de la ultraderecha -los nacionalismos autoritarios- y la consolidación del neoliberalismo progresista -los que intentan modernizar el modelo de la globalización neoliberal- como tendencias hegemónicas a escala global, asistimos hoy a la reacción de un sistema de poder y dominación que defiende su modo de vida, el modo de vida imperial, “frente a los problemas que él mismo ha causado” (p. 7). 

 

Desde esta perspectiva, sostienen Beck y Wissen, las  medidas que promueven las autoridades políticas en los foros internacionales no pasan de ser “un intento de defender un bienestar generado a expensas de otros, contra el reclamo del derecho de aquellos otros de participar en este bienestar”; en definitiva, nos muestran la “consecuencia lógica de un modo de vida que se basa en la explotación de la naturaleza y la mano de obra a nivel mundial y la externalización de los costos sociales y ambientales que conlleva” (p. 28). Y que además, no admite la presencia de nuevos competidores:

 

“A medida que las economías emergentes como China, India y Brasil se desarrollen al estilo capitalista, y las clases medias y altas adopten ideas y prácticas de la buena vida del Norte, estarán aumentado su demanda de recursos y la necesidad de externalizar costos, por ejemplo, en forma de CO2. En consecuencia, ascienden y se convierten en competidores del Norte global no solo en términos económicos, sino también ecológicos. El resultado son las tensiones ecológico-imperiales como se muestra, por ejemplo, en la política global respecto a cuestiones climáticas y energéticas” (pp. 29-30). 

 

Con raíces económicas, políticas y ambientales, materiales e ideológicas, que se remontan a los orígenes del colonialismo moderno, el modo de vida imperial constituye toda “una constelación global de poder y dominación que se reproduce –a través de innumerables estrategias, prácticas y consecuencias no previstas– a todos los niveles espaciales y sociales: desde los cuerpos, mentes y acción cotidiana, pasando por regiones y sociedades organizados a nivel nacional, hasta las estructuras en gran parte invisibles e invisibilizadas que facilitan las interacciones globales” (p. 14). Y avanza en nuestros días “de la mano con determinadas ideas sobre el progreso que tienen su núcleo material en el desarrollo de las fuerzas productivas: las computadoras deben ser cada vez más potentes y los alimentos cada vez más baratos, sin tomar en cuenta las condiciones sociales y ecológicas bajo las cuales se producen” (p. 77).


Entonces, que no debiéramos esperar demasiado de los encuentros entre élites gubernamentales, toda vez que son espacios político-institucionales decisivos en el entramado de poder desde el que se apuntala la hegemonía del modo de vida imperial. El desafío apunta en otra dirección. Desde hace varios años, el intelectual panameño Guillermo Castro insiste en la idea de que si deseamos un ambiente distinto debemos crear una sociedad diferente; y eso nos sitúa en un plano de comprensión, análisis y acción política distinto ante la crisis del cambio climático: si nos enfrentamos hoy a un problema cultural en su más amplio sentido,  que desnuda los pilares mismos del proyecto moderno capitalista, la superación de las causas estructurales y las condiciones coyunturales que nos han traído a este punto pasa, necesariamente, por la construcción de una alternativa civilizatoria que transforme cualitativa y cuantitativamente el universo de valores, contenidos y sentidos que definen el perfil de las relaciones entre naturaleza y sociedad. Hacia esto deberían apuntar nuestros esfuerzos individuales y colectivos porque, visto está, ninguna solución surgirá de una cumbre. 

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