sábado, 18 de julio de 2026

Tiempo de cambios, cambio de tiempos

 Ni conservadores ni liberales de antaño tienen mucho que aportar en este paso del neoliberalismo al neoestatismo, si de cambio se trata. Lo que está pendiente en la bifurcación es constituir su vertiente radical, la que vaya a la raíz de las cosas en busca de las metas y los medios que permitan darle una opción de tiempo nuevo a nuestra gente…

Guillermo Castro H./ Especial para Con Nuestra América
Desde Alto Boquete, Panamá

“La historia no es teleológica, lo que significa que el desarrollo histórico no va a ninguna parte, sino que, al contrario, procede de algún sitio.”

Chris Wickham[1]


Nos ha tocado vivir en tiempos de cambio, en que el mercado mundial ingresaba a una fase nueva en su historia al calor de la IV Revolución Industrial, en la que los extraordinarios avances de la informática le permitían funcionar como una unidad en tiempo real, redistribuir en el planeta las actividades productivas – concentrando las más avanzadas en las economías más desarrolladas del periodo anterior - y forjar así una economía global. Hoy, ese mismo proceso acumula contradicciones que plantean nuevos desafíos que demandan saber de dónde provienen los nuevos cambios en curso en el sistema mundial.

           

Los tiempos de la historia de estos cambios son más largos y complejos de lo que normalmente imaginamos. Así, por ejemplo, el sociólogo-historiador Immanuel Wallerstein nos ofreció ya en 2003 una breve síntesis de esa historia en la que planteara que

 

A finales del siglo XV y principios del XVI, nació lo que podríamos llamar una economía-mundo europea. No era un imperio, pero no obstante era espaciosa como un gran imperio y compartía con él algunas características. Pero era algo diferente y nuevo. Era un tipo de sistema social que el mundo en realidad no había conocido anteriormente, y que constituye el carácter distintivo del moderno sistema mundial. Es una entidad económica, pero no política, al contrario que los imperios, las ciudades-Estado y las naciones-Estado. De hecho, precisamente comprende dentro de sus límites (es difícil hablar de fronteras) imperios, ciudades-Estado, y las emergentes “naciones-Estado”. Es un sistema “mundial”, no porque incluya la totalidad del mundo, sino porque es mayor que cualquier unidad política jurídicamente definida. Y es una “economía-mundo” debido a que el vínculo básico entre las partes del sistema es económico, aunque esté reforzado en cierta medida por vínculos culturales y eventualmente […] por arreglos políticos e incluso estructuras confederales.[2]

 

Lo importante aquí es comprender que tales sistemas históricos “tienen vidas” y, como tales, alcanzan la existencia “en algún punto del tiempo y del espacio, por razones y de maneras que podemos analizar. Si sobreviven a los dolores del nacimiento, siguen entonces su vida histórica dentro del marco y las constricciones de las estructuras que los constituyen, siguiendo sus ritmos cíclicos y atrapados en su tendencias seculares.” En su desarrollo, añade Wallerstein, esas tendencias se aproximan de manera inevitable a la plenitud de sus posibilidades, lo cual agrava considerablemente las contradicciones internas del sistema. Y al llegar a este punto, “el sistema encuentra problemas que no puede resolver, y esto causa lo que podemos llamar crisis sistémica.”[3]

 

Así planteadas, las crisis verdaderas resultan de aquellas dificultades “que no pueden ser resueltas dentro del marco del sistema, sino que deben resolverse por fuera y más allá del sistema hisórico del cual las dificultades son parte.” Así, cabe decir que el sistema “se enfrenta a dos soluciones alternativas para la crisis, ambas intrínsecamente posibles” y, de hecho, “los integrantes del sistema son llamados en forma colectiva a realizar una opción histórica sobre cuál de los caminos alternativos debe seguirse, es decir, qué nuevo sistema ha de construirse”.

 

Aquí solo cabría agregar que en primera instancias esas opciones van tomando forma a lo largo de procesos de transición entre opciones conservadoras y liberales, para utilizar dos términos de nuestro lenguaje político clásico. Así, las conservadoras tienden a reconocer la necesidad (acotada) de aquellos cambios que no amenacen las estructuras fundamentales de gobierno y desarrollo hasta entonces dominantes en el sistema, mientras las liberales apuntan a la necesidad de renovar esas estructuras para facilitar la transición hacia las transformaciones que el sistema demanda para ir hacia formas de desarrollo de una complejidad nueva, cuyo influjo ya se hace sentir en todos los planos del entorno global. La incógnita mayor queda, siempre, en el campo de los sectores populares del campo y la ciudad, que deben ir a la raíz del problema para trascenderlo, y dan lugar a opciones que son radicales en la medida en que contribuyen a la construcción del sistema no solo nuevo, sino diferente a los anteriores en su socialidad.

 

A este tipo de procesos de bifurcación se refiere por ejemplo el economista boliviano Álvaro García Linera, en un artículo que dedica a los grandes cambios en curso en la política económica de los Estados Unidos.[4] Al respecto, dice, ese país “está ensayando”

 

un nuevo modelo de acumulación económica que marca un corte histórico con la forma neoliberal y globalista que predominó durante los últimos 40 años. No es el clásico capitalismo de Estado, porque no crea empresas estatales de envergadura. Tampoco es un Estado como mera herramienta de los capitalistas, pues no es la competencia entre ellos la que regula las decisiones gubernamentales. Lo que hoy vemos emerger en EE. UU. es un Estado que usa todo su poder económico (aranceles, inversión pública, deuda, guerras y chantaje político) para dirigir y comandar a aquellos sectores empresariales que habrán de ser el núcleo de la acumulación y del crecimiento económico nacional.

 

Al respecto, García Linera añade que, a diferencia del capitalismo de Estado de los años 50 y 60, “el Estado estadounidense no es propietario de las áreas económicas de mayor acumulación y prioridad estratégica. Pero tampoco deja que el mercado defina las áreas de mayor dinamismo, como en épocas del neoliberalismo.” Ocurre en cambio que aquí “se amalgaman ambas fuerzas en un modelo híbrido donde el privado es el actor económico -de la acumulación y frente a los trabajadores- pero el Estado es el que define -en torno a prioridades geopolíticas- qué sectores son el eje del nuevo modelo de acumulación capitalista.” 

 

De este modo, se ha pasado “del Estado soporte de los mercados al Estado protagonista, creador y cogestor de los mismos.” El carácter sistémico de este cambio, añade García Linera, se hace aún más evidente si se considera que China, la otra gran potencia mundial, “tiene también al Estado como el planificador de la acumulación, del mercado, del libre comercio y del equilibrio entre empresa privada y empresa pública, es por demás evidente que el neoestatismo es la marca de la nueva época económica que, a tropezones, comienza a despuntar.” Aunque quizás no se trate de la nueva época, sino de una entre varias opciones posibles.

 

En lo que nos toca de más de cerca, lo importante aquí que ya en 2005 Wallerstein – atento siempre a la larga duración como elemento clave en la comprensión de los procesos de cambio histórico-, señalaba que la transición de un sistema mundial a otro constituía “un periodo de grandes luchas, de gran incertidumbre, y de grandes cuestionamientos sobre las estructuras del saber.” Y añadía al respecto que

 

Necesitamos primero que todo intentar comprender claramente que es lo que está sucediendo. Necesitamos después decidir en qué dirección queremos que se mueva el mundo. Y debemos finalmente resolver cómo actuaremos en el presente de modo que las cosas se muevan en el sentido que preferimos. Podemos pensar en estas tres tareas como las labores intelectuales, morales y políticas. Las tres son diferentes pero estrechamente vinculadas.[5]

 

En estas circunstancias, que aún nos acompañarán durante largo tiempo, las tareas que se plantean “son excepcionalmente dificultosas”. Sin embargo, ellas nos ofrecen “individual y colectivamente, la posibilidad de la creación, o al menos de contribuir a la creación de algo que pueda satisfacer más plenamente nuestras posibilidades colectivas.” Dentro del panorama que describe García Linera, en América Latina 

 

el panorama tiende a catastrófico por la involución política que atraviesa. Los gobernantes conservadores que hoy comienzan a prevalecer, en una exhibición de crueldad histórica contra sus pueblos, se aferran al cadáver putrefacto de un neoliberalismo marginal que solo puede deparar convertir a sus países en irrelevantes vasallos proveedores de materias primas, sin opción alguna a la soberanía o la industrialización.

 

Ni conservadores ni liberales de antaño tienen mucho que aportar en este paso del neoliberalismo al neoestatismo, si de cambio se trata. Lo que está pendiente en la bifurcación es constituir su vertiente radical, la que vaya a la raíz de las cosas en busca de las metas y los medios que permitan darle una opción de tiempo nuevo a nuestra gente, y construirla – una vez más – con todos, y para el bien de todos.

 

Alto Boquete, Panamá, 17 de julio de 2026

 

 

NOTAS

[1] Europa en la Edad Media. Una nueva interpretación. Crítica, Barcelona, 2017. http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/obras/europa_en_la_edad_media.pdf

[2] Wallerstein, Immanuel (2003: 21): El Moderno Sistema Mundial. La agricultura capitalista y los orígenes de le economía-mundo europea en el siglo XVI. Siglo XXI editores, México.

[3] Wallerstein, Immanuel (2013: 105): Análisis de Sistemas-Mundo. Una introducción. Siglo XXI editores, México.

[4] “El neoestatismo estadounidense”. Página 12,11 de julio de 2026 

https://www.pagina12.com.ar/2026/07/11/el-neoestatismo-estadounidense/

[5] 2013: 122.

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