sábado, 18 de julio de 2026

El fin del mundo

En un momento negro y oscuro de la humanidad, donde la impera la irracionalidad y la crueldad extrema, distraernos de la cotidianidad infernal en que estamos inmersos y compartir los partidos con amigos y familia, es un premio merecido. Al final... de carne somos. ¿O no?

Roberto Utrero Guerra / Especial para Con Nuestra América
Desde Mendoza, Argentina

Vamos llegando esta semana al final del Campeonato Mundial de Fútbol de 2026, como si fuera el fin del mundo, en el momento en que este deporte popular sobre todo en los países más humildes y las grandes potencias muestran sus feroces dientes imperialistas, aunque pretendan no exponerlo abiertamente. Nunca un campeonato fue tan político y fiel exponente del capitalismo más feroz. Un capitalismo exultante que se jacta de mover millones de dólares frente a países expoliados y endeudados por los organismos financieros internacionales, de modo de mantenerlos sumisos y alineados al imperio del norte que pretende someternos a sus caprichos.
 
El campeonato mundial también ha sido una oportunidad distractiva para los gobiernos nacionales de modo de poder imponer políticas a su antojo mientras la gente estaba pegada a las pantallas embobadas con el gran espectáculo que ha significado. Mucho circo y poco pan.
 
No escapa a nadie la historia del fútbol elitista inglés en el mundo y su expansión a medida que el ferrocarril, el medio moderno de transporte que transformó la vida de los habitantes desde la tercera década del siglo XIX en adelante, desde que circuló el primer tren en Inglaterra y a los pocos años estaba circulando en todos los continentes. Expansión del ferrocarril y del fútbol son sinónimos también, desde que llegaron los primeros trabajadores a ponerlo en funcionamiento y explotación. Toda una expresión cultural que fue modificando las culturas locales, adaptándolo a las modalidades de cada región. De allí que la Federación Argentina de Fútbol, creada en 1893 fue correlato de la liga victoriana, tal como lo testimonian las camisetas de nuestra selección nacional. Los grandes clubes argentinos también surgieron a comienzos del siglo pasado como lo son los muldialmente conocidos, River Plate y Boca Juniors, ambos nombres también ingleses. Pero a diferencia del polo y el golf, el fútbol se arraigó en las poblaciones de bajos recursos y se popularizó de tal manera, que los potreros del interior del país se transformaron en las canchas de práctica de varias generaciones de argentinos desde donde han surgido las grandes estrellas del fútbol nacional del pasado y del presente.
 
Estudioso de la cultura ferroviaria y del desarrollo de “la cuestión social” en el país y en Mendoza en particular, advertí que en las primeras celebraciones del 1° de mayo en 1901, los anarquistas y socialistas cantaban la Marsellesa como una manera de reivindicar esa revolución burguesa que había impuesto los Derechos Universales del Hombre. 
 
Digo esto porque, siendo ferroviario a mediados de los años sesenta del siglo pasado, en los talleres diésel Mendoza del Ferrocarril San Martín, me tocó escuchar por radio, la transmisión del mundial de 1966, cuando Antonio Ubaldo Ratín, la estrella de la selección argentina de esos momentos y quien casualmente murió estos días, fue echado de la cancha y ante esa situación, el futbolista se estrujó las manos en el banderín del córner con los colores ingleses, por piratas. Hecho que a partir de ese momento impuso las tarjetas amarillas y rojas, como elementos de marcar las infracciones. Situación que dio la posibilidad de que Inglaterra ganara ese mundial. Luego vino la guerra de Malvinas y eso fue otra cosa. Es un hecho deportivo, lo sabemos y lo saben sobre todo los jugadores de la selección que nacieron después de la guerra y la derrota, donde también el gobierno democrático de Alfonsín y las propias Fuerzas Armadas, obligaron a silenciar a los veteranos y los condenaron a la miseria y a ser parias, cuando ellos no eligieron y ir y sufrieron hambre y frío porque eran de las provincias cálidas del país. Una horrorosa y dolorosa experiencia que llevó a 500 veteranos al suicidio, como lo testimonia mi compañero y amigo, el ferroviario Roberto Bocanegra ex secretario de La Fraternidad Ferroviaria Seccional Mendoza, sindicato que nuclea a los conductores de locomotoras, quien exhorta a los jugadores de la selección de la siguiente manera: “Ustedes no los conocieron. Ni siquiera habían nacido cuando ocurrió aquella guerra. Pero llevan la misma bandera sobre el pecho lo cual crea un vínculo que trasciende el tiempo. No sé si podrán entrar a la cancha pensando que es un partido más. No da lo mismo dejar algo guardado para después. Porque hubo argentinos que no se guardaron nada. Absolutamente nada. Hubo argentinos que entregaron todo lo que tenían. Y cuando ya no tenían nada más para dar, entregaron la vida.
 
No les estoy pidiendo que ganen. Nadie puede exigir una victoria. El deporte tiene sus propias leyes.
 
Pero sí les pido algo. Déjenlo todo. Cómo en cada partido y más. Que cada músculo termine vacío. Que cada uno de ustedes pueda mirarse al espejo después y decir: ‘ No me guardé nada’.
 
Porque hay momentos en los que el esfuerzo se convierte en homenaje. Y este podría ser uno de ellos. Como el gol del Diego en el 86. ¿Quién no lo recuerda...? ¡¡¡Fue a Inglaterra...!!!” Al respecto, circula en las redes un relato del escritor argentino Hernán Casciari, “La silla de Don Ramiro”, donde emocionado relata ese mundial con la silla vacía de su hijo muerto en Malvinas frente al único televisor a color del barrio".
 
De modo que no es un evento deportivo nada más, es algo que desempolva la memoria, aunque trate de evitarse. 
 
Tampoco escapa a esto el actual presidente Javier Gerardo Milei, quien tiene en la Casa Rosada un retrato de su admirada Margaret Tacher, la dama de hierro, que asesinó a los marinos del ARA Belgrano que estaban en la zona de exclusión dentro de la guerra de Malvinas. Pero bueno... no volvamos al remanido cipayo proimperialista y vendepatria libertario.
 
Un mundial no es el fin del mundo, reitero. Como tampoco es algo político ni mucho menos una Asamblea General de las Naciones Unidas. Lo sabemos. Pero en un momento negro y oscuro de la humanidad, donde la impera la irracionalidad y la crueldad extrema, distraernos de la cotidianidad infernal en que estamos inmersos y compartir los partidos con amigos y familia, es un premio merecido. Al final... de carne somos. ¿O no?
 
País de locos y pasional el nuestro. Este miércoles 14, se paralizó desde el mediodía y con seguridad, una vez finalizado el partido con Inglaterra, el día jueves será un desmadre. Además, el Obelisco está cercado por temor a desmanes. Si se gana bien y si se pierde peor. 
 
Debo confesar que esto fue antes del partido. Después todo cambió 180 grados. Siempre me quejé del chauvinismo futbolero, de ese nacionalismo que irrumpe en los partidos de la selección y luego continúa como si nada. Ahora la cosa fue distinta, comenzó en el estadio cuando los gritos de la hinchada impidió que se escuchara el himno inglés y luego con el himno argentino cantado a rabiar por todo el estadio incluida la selección y su director técnico. 
 
A partir de ese momento, fue salir a matar o morir, mientras en las tribunas la bandera de Malvinas flameaba por todas partes y los jugadores en la cancha dejaban la vida. La apoteosis llegó con el empate y luego con el dos a uno y el festejo que no paró en el campo de juego y en todas las plazas del país entero y hasta del mundo. Fue épico, como insistían los diversos comentaristas emocionados hasta las lágrimas. 
 
Mi hija estaba en Madrid y la Plaza Mayor estaba repleta de argentinos, lo mismo en Roma, París y Bangladesh, algo insólito. 
 
La selección logró lo que ningún político hasta el momento puedo lograr, unir al pueblo argentino y darle sentido de pertenencia e identidad a la mayoría de los jóvenes que no habían vivido el episodio de la guerra de Malvinas y no era parte de su historia como todos los jugadores de la selección. Sin embargo, a partir de ese momento mágico, si es que se le puede llamarse así, la cosa va por más. Va por el título mundial contra España, la madre patria.
 
Vuelvo insistir en lo bicho raro que somos. Un país apasionado y amiguero como ninguno, inclusive que celebra su Día del Amigo el 20 de julio, es decir, el lunes después del mundial, en el que seguramente trabajarán quienes tienen sobrada obligación y el resto celebrará fútbol y amistad. Pero bueno, para mal o para bien, los argentinos somos así.
 
Sabemos que no es el fin del mundo y que mientras el pueblo se ilusiona, los perversos que nos gobiernan planean iniquidades. Este jueves en el Congreso trató de aprobar una ley de enajenación de terrenos incendiados con el objeto que lo puedan comprar extranjeros, sobre todo en áreas de frontera. Ley impulsada por Federico Sturzenegger. Es para lo que han venido. Finalmente, no tuvieron el quorum necesario.
 
La identidad nacional comienza a forjarse con las invasiones inglesas de 1806 y 1807, según los estudiosos de la identidad histórica, más precisamente, cuando el virrey español Rafael de Sobremonte huye con el tesoro real a la provincia de Córdoba. Entonces, ante la ausencia de autoridad, se forman milicias criollas en torno de Santiago de Liniers para luchar contra el ejército inglés y logran derrotarlo, es decir, antes del 25 de mayo de 1810. De allí que la broma actual sea: ¡Primero fuimos por los ingleses. Después lo haremos por los españoles!
 
Nuevamente, no es el fin del mundo, es un evento deportivo. La política es otra cosa y la solucionan los políticos, sea como sea. Para otro momento emotivo y épico como esto, habrá que esperar otros cuatro años.

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