sábado, 9 de marzo de 2019

Lucy González y el milagro martiano

Lucy González Parsons llevó la bandera roja, sin claudicar nunca en sus convicciones, hasta fallecer en 1942, 47 años después de que Martí cayera en combate. Descansa en el Cementerio Forest Home, en Chicago, cerca del monumento dedicado a los mártires del 1 de mayo.

Guillermo Castro H. / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad Panamá

Lucy González Parsons
En diciembre de 1926, Julio Antonio Mella –que un año antes había participado en la fundación del Partido Comunista de Cuba, junto a Carlos Baliño, a su vez compañero de lucha de José Martí– planteaba la necesidad de

Desentrañar el milagro –así parece hoy– de la cooperación estrecha entre el elemento proletario de los talleres de la Florida y la burguesía nacional; la razón de la existencia de anarquistas y socialistas en la filas del Partido Revolucionario [Cubano][i]

Ese problema sigue siendo del mayor interés para los movimientos que buscan culminar en nuestra América la obra de las revoluciones de independencia de principios del siglo XIX. Más allá de las categorías que permiten plantearlo -como las de formación económico-social e interés general de la sociedad-, es imprescindible buscar las raíces del aparente milagro en la vida misma de las sociedades, y en la experiencia personal de quienes luchan por transformar la realidad.
          
En el caso que intrigaba a Mella desempeñó un importante papel lo aprendido por Martí, desde la perspectiva de radical humanismo, sobre la vida y las luchas de los trabajadores en los Estados Unidos a lo largo de su exilio en ese país entre 1881 y 1895. Y en ese aprendizaje desempeñó un papel, menos conocido de lo que se debiera, una mujer: la dirigente anarquista Lucy González Parsons.

Ella nació en 1853 en Waco, Texas, hija de la afromexicana Marie Gather y el mestizo indígena Creek John Waller. En 1871 se casó con Albert Parsons, y en 1873 ambos se mudaron a Chicago, donde se involucraron en organizaciones anarquistas del movimiento obrero. Allí, Lucy se conviritió en una reconocida periodista y oradora.

En 1886, Albert Parsons, junto a los inmigrantes alemanes August Spies, Adolf Fischer, Louis Lingg y George Engel fueron condenados a muerte por un atentado terrorista ocurrido durante una manifestación obrera en la plaza de Haymarket, en demanda de la jornada de ocho horas. Las protestas que desató su ejecución el 11 de noviembre de 1887 condujeron a establecer el 1 de mayo – fecha en que ocurriera aquella manifestación – como Día Internacional de los Trabajadores. A largo del juicio, la condena, la ejecución y las luchas subisguientes de los obreros de Chicago, Lucy Parsons desarrolló una activa campaña por la absolución y la memoria de compañeros.

Martí, como sabemos, cubrió para distintos medios hispanoamericanos el ascenso del movimiento obrero en los Estados Unidos a mediados de la década de 1880, que vino a culminar en los hechos del 1 de mayo. Los textos que dan cuenta de ese proceso revelan también la creciente toma de conciencia del propio Martí sobre las razones de fondo de las luchas de los trabajadores, las contradicciones de su movimiento, y lo vasto y brutal de la represión de que fueron objeto.

La primera reacción de Martí fue de repudio a la violencia que atribuía a la influencia del anarquismo en la región de Chicago. Y en esa primera reacción, emerge Lucy Parsons, descrita como “una mulata [que] marcha a la cabeza de las procesiones ondeando con gesto de poseída una bandera roja”, mientras sus camaradas acopiaban armas y preparaban bombas para enfrentar a la policía.[ii]

Tras el arresto de los anarquistas, Lucy Parsons emerge de nuevo en la crónica martiana. Uno solo de los arrestados “casado con una mulata que no llora”, dice Martí, “es norteamericano”, y describe a “la mulata Parsons,” diciendo que es “implacable e inteligente” como su esposo, y “que no pestañea en los mayores aprietos, que habla con feroz energía en las juntas públicas, que no se desmaya como las demás, que no mueve un músculo del rostro cuando oye la sentencia fiera.”[iii]

Desde allí, las crónicas de Martí evidencian un giro que lo llevará a criticar con energía el juicio amañado y la ejecución vengativa de los anarquistas de Chicago. Y en ese giro, la valentía personal y el talento oratorio de Lucy Parsons desempeñarán un papel de importancia aún pendiente de investigación. Así, por ejemplo, nos dice:

En ninguna iglesia de la ciudad [de Nueva York] hubo ayer domingo un sacerdote más ferviente, ni una congregación más atribulada, que en Clarendon Hall, el salón de los desterrados y los pobres. Pugnaba en vano la concurrencia de afuera por entrar en la sala atestada, donde hablaba a los anarquistas de Nueva York, alemanes en su mayor parte, la Lucy Parsons, la “mulata” elocuente, Lucy Parsons, la esposa de uno de los anarquistas condenados en Chicago a la horca.[iv]

Ella, agrega,

Sabe de de evolución y revolución, y de fuerzas medias, de todo lo cual habla con capacidad de economista lo mismo en inglés que en castellano. “La anarquía está”, según ella, “en su estado de evolución: luego vendrá la revolución, si es imprescindible: y luego la justicia.” “La anarquía no es desorden, sino un nuevo orden.”

Y sintetiza así lo que Lucy Parsons plantea:

Pedimos la descentralización del poder en grupos o clases.[…] La tierra será poseída en común, y no habrá por consiguiente renta, ni intereses, ni ganancias, ni corporaciones, ni el poder del dinero acumulado. No pesará sobre los trabajadores la tarea brutal que hoy pesa. Los niños no se corromperán en las fábricas, que es lo mismo que corromper a la nación; sino irán a los museos y a las escuelas. No se trabajará desde el alba hasta el crepúsculo y los obreros tendrán tiempo de cultivar su mente y salir de la condición de bestia en que viven ahora.[Y] no se amontonarán capitales locos, que tientan a todos los abusos: no habrá dinero de sobra con que corromper a los legisladores y a los jueces: no habrá la miseria que viene del exceso de la producción, porque sólo se producirá en cada ramo lo necesario para la vida nacional.[v]

A partir de  aquí, la que ondeaba una bandera roja “con gesto de poseída” se transfigura en una persona a la que le dicen mulata “por su color cobrizo”, que tiene “el pelo ondeado y sedoso: la frente clara, y alta por las cejas: los ojos grandes, apartados y relucientes; los labios llenos; las manos finas y de linda forma”, y habla “con una voz suave y sonora, que parece nacerle de las entrañas, y conmueve las de los que la escuchan.”  Y lo hace “con todo el brío de los grandes oradores”, con una elocuencia poderosa que le viene “de donde viene siempre, de la intensidad de la convicción”.

A veces su palabra levanta ampollas, como un látigo; de pronto rompe en un arranque cómico, que parece roído con labios de hueso, por lo frío y lo duro, sin transición, porque lo vasto de su pena y creencia no la necesitan, se levanta con extraño poder a lo patético, y arranca a su voluntad sollozos y lágrimas. […] Cuando acabó de hablar esta mestiza de mexicano e indio, todas las cabezas estaban inclinadas, como cuando se ora, sobre los bancos de la iglesia, y parecía la sala henchida un campo de espigas encorvadas por el viento.”[vi]

Así la mulata se transfigura en “la apasionada mestiza en cuyo corazón caen como puñales los dolores de la gente obrera,” que en las manifestaciones solía hablar de un modo tal que “con tanta elocuencia, burda y llameante, no se pintó jamás el tormento de las clases abatidas; rayos los ojos, metralla las palabras, cerrados los dos puños, y luego, hablando de las penas de una madre pobre, tonos dulcísimos e hilos de lágrimas.”[vii]

Seis años después de los acontecimientos que pusieron a Martí en contacto con Lucy Parsons, en un artículo para El Partido Liberal, de México, encontramos la última referencia a la dirigente anarquista en las crónicas norteamericanas de Martí:

Un diario dice: “No es posible dejar de notar que aumenta en las masas el culto por los anarquistas ahorcados en Chicago: a la sombra de la horca, en Chicago mismo, han ido en procesión los obreros a visitar las sepulturas, y llevaba la bandera roja la mulata elocuente, la viuda del americano Parsons.”[viii]

Lucy Parsons llevó esa bandera, sin claudicar nunca en sus convicciones, hasta fallecer en 1942, 47 años después de que Martí cayera en combate. Descansa en el Cementerio Forest Home, en Chicago, cerca del monumento dedicado a los mártires del 1 de mayo. Patria, en verdad, es humanidad.


Panamá, 8 de marzo de 2019, Día Mundial de la Mujer.




NOTAS:

[i] “Glosas al pensamiento de José Martí. Un libro que debe escribirse”. Guanche, Julio César (compilador), 2009: Julio Antonio Mella. Ocean Sur, México, DF, p. 73.
[ii] “Correspondencia particular para El Partido Liberal.” El Partido Liberal, México, 29 de mayo de 1886. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2003, p. 604.
[iii] “El proceso de los siete anarquistas de Chicago.” La Nación, Buenos Aires, 21 de octubre de 1886. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2003, p. 722 y 726.

[iv] “Correspondencia particular para El Partido Liberal.” El Partido Liberal, México, 7 de noviembre de 1886. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2003, p. 738.

[v] “Correspondencia particular para El Partido Liberal.” El Partido Liberal, México, 7 de noviembre de 1886. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2003, p. 738 - 739.

[vi] “Correspondencia particular para El Partido Liberal.” El Partido Liberal, México, 7 de noviembre de 1886. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2003, p. 739.

[vii] “Un drama terrible.” La Nación, Buenos Aires, 1 de enero de 1888. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2003, p. 963.

[viii] “Correspondencia particular de El Partido Liberal. La cuestión social y el remedio del voto.” El Partido Liberal, México, 11 de diciembre de 1889. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2003, p. 1326.

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