sábado, 16 de mayo de 2026

De anteayer y mañana

 Tenemos el ambiente que ha creado el tipo de sociedad que hemos llegado a ser del siglo XVIII a nuestros días, esto es, en lo que va la Revolución Industrial a la generada por el formidable desarrollo de la informática en nuestro tiempo. En este sentido, los humanos tenemos la responsabilidad fundamental por la circunstancia que hemos creado, y que seguimos creando.

Guillermo Castro H./ Especial para Con Nuestra América
Desde Alto Boquete, Panamá


Pero en época alguna, por no haber vivido aún bastante los hombres para ser dueños por completo de sí,  y por no haber transcurrido aún tiempo suficiente para acumular todos los hechos  que la ciencia prudente necesita como base,  han sacado los hombres de sí propios tanto empuje, tanto afán, tal movilidad,  aptitud de analizar hechos aislados, poder de clasificarlos y capacidad de deducir leyes de ellos.  El siglo XVIII fundó la Libertad: el siglo XX fundará la Ciencia. Así no se ha roto el orden natural: y la Ciencia vino después de la Libertad, que es madre de todo.”

José Martí, 1883[1]


El siglo XX fue, en efecto, el de la gran irrupción de la ciencia en todas las dimensiones de lo humano, en su relación con la naturaleza como en la que mantienen las sociedades en sí mismas y entre ellas. En buena medida, esa irrupción se vio marcada también por las inequidades y contradicciones que expresaron – y expresan - los obstáculos que ha debido enfrentar la libertad, tan amada por Martí, en la tarea de abrirle camino a la ciencia como medio de desarrollo humano.

           

De esas contradicciones hace parte el papel desarrollado por la ciencia en la creación de las condiciones que han venido a desembocar en la crisis socioambiental global que hoy enfrenta nuestra especie, y que no podrá ser resuelta sin ella. Esa relación entre ciencia y libertad ha tenido una larga trayectoria en la geocultura del sistema mundial desde fines del siglo XVIII, que ha venido a desembocar en los debates en curso sobre esta crisis en nuestro tiempo. 

 

A ese respecto, tiene un singular interés antecedente la observación que hiciera Federico Engels sobre las relaciones entre la ciencia y la libertad en 1878. “La libertad”, dijo entonces,

 

no consiste en una soñada independencia respecto de las leyes naturales, sino en el reconocimiento de esas leyes y en la posibilidad, así dada, de hacerlas obrar según un plan para determinados fines. Esto vale tanto respecto de las leyes de la naturaleza externa cuanto respecto de aquellas que regulan el ser somático y espiritual del hombre mismo: dos clases de leyes que podemos separar a lo sumo en la representación, no en la realidad. La libertad de la voluntad no significa, pues, más que la capacidad de poder decidir con conocimiento de causa. Cuanto más libre es el juicio de un ser humano respecto de un determinado punto problemático, con tanta mayor necesidad estará determinado el contenido de ese juicio; mientras que la inseguridad debida a la ignorancia y que elige con aparente arbitrio entre posibilidades de decisión diversas y contradictorias prueba con ello su propia ilibertad, su situación de dominada por el objeto al que precisamente tendría que dominar. La libertad consiste, pues, en el dominio sobre nosotros mismos y sobre la naturaleza exterior, basado en el conocimiento de las necesidades naturales; por eso es necesariamente un producto de la evolución histórica. Los primeros hombres que destacaron de la animalidad eran en todo lo esencial tan poco libres como los animales mismos; pero cada progreso en la cultura fue un paso hacia la libertad.[2]

 

¿En qué etapa de ese caminar nos encontramos hoy? La respuesta a esa pregunta está asociada estrechamente al contexto en que es planteada. En este caso, se trata de la crisis socioambiental global generada por la transición al Antropoceno, la época de la historia de la Tierra en que la especie humana ha adquirido la capacidad de influir como una fuerza natural en el funcionamiento del planeta, alterando su sistema climático para poner el ejemplo mejor conocido. 

           

Esa crisis es ambiental en lo que hace a nuestras relaciones con los entornos naturales de los que depende la existencia de nuestra especie. Al propio tiempo, plantea un singular problema de ecología política, en cuanto si bien por un lado la humanidad dispone de los conocimientos y la tecnología necesarios para enfrentarla, no está (aún) en la capacidad de concertar los esfuerzos necesarios para el empleo masivo y cada vez más urgente de esos recursos. Ha generado ya la crisis a lo largo de un proceso que se acerca a su primer siglo de desarrollo, de mediados del siglo XX a nuestros días. Dispone de plazos cada vez más cortos para construir la voluntad colectiva necesaria para ponerle remedio.

 

Ante una circunstancia tan compleja, la geógrafa panameña Ligia Herrera partía de dos premisas sencillas. En primer término, decía, es necesario aprender a trabajar con la naturaleza y ya no contra ella. La especie humana, en efecto, está alterando las circunstancias naturales que a lo largo de los últimos 12 mil años habían provisto un ambiente muy favorable para nuestro desarrollo. La causa de esa alteración está asociada a una suerte de hubris cultural – aquel estado de locura arrogante en que los dioses de la antigua Grecia sumergían a quienes querían castigar – que nos ha llevado a aspirar a un crecimiento material infinito en un planeta finito, sostenido por el consumo cada vez más amplio de combustibles fósiles. En esta circunstancia, lo planteado por la doctora Herrera se traducía en contraponer el crecimiento sostenido a la sostenibilidad del desarrollo humano. Y esto, a su vez, llevaba a su segunda premisa.

           

Tenemos, en efecto, el ambiente que ha creado el tipo de sociedad que hemos llegado a ser del siglo XVIII a nuestros días, esto es, en lo que va la Revolución Industrial a la generada por el formidable desarrollo de la informática en nuestro tiempo. En este sentido, los humanos tenemos la responsabilidad fundamental por la circunstancia que hemos creado, y que seguimos creando. Atendiendo a esa responsabilidad, a su formación en el campo de la geografía humana y a quienes habían influido en especial en esa formación -como el geógrafo norteamericano Carl Sauer -, la doctora Herrera estaba convencida de que si deseamos un ambiente distinto tendremos que construir sociedades diferentes, capaces de gestionar de manera sostenible sus relaciones con el planeta y entre sí desde lo local hasta lo global.

           

Las premisas de Ligia Herrera no se traducen con facilidad en propuestas específicas: tan solo señalan, desde la geografía – que para ella hundía sus raíces en las ciencias naturales, para ofrecer sus frutos en las ciencias sociales – la senda que conducía a las preguntas que cada sociedad tendría, tendrá, que ser recorrida en el curso de la crisis que enfrentan todas. ¿En qué consiste – y en qué no – trabajar con la naturaleza y no contra ella en cada caso? ¿Cuál sería la diferencia a construir en cada sociedad, y el camino más adecuado para hacerlo?

 

En el reconocimiento de esas necesidades complejas, y en facilitar el papel de la ciencia en la búsqueda de los procesos de solución que demandan comprobaremos que el progreso de la cultura será un paso de gran importancia en la tarea de crear la libertad que demanda superar las necesidades que la crisis nos plantea a todos, contribuyendo a construir la sociedad próspera, inclusiva, sostenible y democrática que demanda la crisis que enfrentamos. Si fuera fácil, decía Ligia, ya estaría hecho. Como es difícil, está por hacer.

 

Alto Boquete, Panamá, 14 de mayo de 2026

 


[1] “Exposición de electricidad”. La América, Nueva York, marzo de 1883. VIII, 347 – 348.

[2] Engels, Federico (1878): La revolución de la ciencia de Eugenio Dühring

(Anti - Dühring). http://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/anti-duhring/ad-seccion1.htm

 

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