Seguramente, las declaraciones más difundidas internacionalmente del presidente Luis Inacio “Lula” Da Silva, de Brasil, luego de su entrevista con el presidente de Estados Unidos el 7 de mayo pasado, han sido las relativas a que este le habría dicho que no atacaría a Cuba.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
No es algo descabellado darle crédito a este tipo de declaraciones previas de Trump, no solo por lo radical y volátil que ha resultado el presidente estadounidense en política internacional, sino porque su Secretario de Estado, Marco Rubio, ha armado su carrera política en buena medida como paladín de las posiciones más extremas respecto a la isla.
Se trata, por lo tanto, de una mezcla explosiva de la que Cuba ya ha venido sintiendo sus efectos nefastos. Aunque pareciera imposible dada la crudeza de las sanciones que Estados Unidos han tenido históricamente sobre Cuba durante más de sesenta años, han seguido apretando el torniquete para asfixiarla. Tratan de provocar una explosión interna por desesperación, dadas las precarias condiciones de vida a las que reducen a la población de la isla.
En este cuadro de situación, al cual asistimos como quien observa el espectáculo de los cristianos siendo devorados por los leones en el circo romano, es comprensible que cualquier declaración que se desvíe de la tónica prevaleciente, como estas del presidente brasileño, rápidamente llame la atención.
Sin embargo, habría que hacer algunas reflexiones al respecto.
La primera es que el mismo Lula, sabiendo de lo importante de la noticia que divulgaba, ha condicionado repetidamente en sus declaraciones que lo que decía se basaba en lo que le había dicho el traductor. Es decir, que el traductor pudo haberse equivocado o él pudo haberle comprendido mal.
Al haber sido una reunión cerrada, un poco fuera de la línea de los recibimientos con apretones de mano o regañadas públicas a las que nos tiene acostumbrados la Casa Blanca en esta administración, nadie puede certificar si realmente esas fueran las palabras de Trump. Por lo tanto, hay que “tener fe” en que así haya sido.
En segundo lugar, hay que tener en cuenta que, aunque Donald Trump lo hubiera dicho, ya sabemos que es un tipo volátil y, además, mentiroso. No se trata de una afirmación especulativa ni producto de una posible animadversión contra él. Los hechos lo han probado en muchas oportunidades, tantas y tan frecuentemente que no sentimos con la licencia de no tener que dar ejemplos que la respalden.
Puede ser que esa sea la forma que el presidente norteamericano utilice para negociar, que esa sea la táctica que ha usado para hacer negocios en su carrera de magnate inmobiliario. Se trataría de una forma de negociación que despista a su contrincante y lo deja sin saber cuál será su próximo paso.
O puede ser también producto de la improvisación, la inmadurez política y la prepotencia de quien se cree dueño del mundo, pero no está preparado para la responsabilidad que lleva sobre los hombros.
Así que, dadas todas estas condiciones, podemos decir que la única certeza que tenemos es que Donald Trump y su administración, especialmente Marco Rubio -quien tiene una “misión” personal, similar a una cruzada, con respecto a Cuba- sigue teniendo a la isla como uno de sus objetivos principales, no solo de su política exterior, sino también de la interna, dada la importancia de los votos del estado de Florida ante unas elecciones de medio mandato próximas que, como se sabe, tienen casi un carácter plebiscitario respecto a la marcha de la administración.
Es nuestra opinión que una incursión armada de Estados Unidos en Cuba sería una aventura a la que el presidente norteamericano no puede exponerse en estos momentos. Por una parte, por las complicaciones que implicarían entrar en un país que se ha preparado por décadas para resistir una eventualidad de este tipo. Y por otra, porque la experiencia que está teniendo en Irán debería haberle dejado, por lo menos, la lección de que en esto de enfrentarse a quienes se cree que se puede vencer fácilmente no es coser y cantar, por lo que tiene que ir con pies de plomo.
Es terrible tener que vivir en un mundo en el que personajes como los que gobiernan hoy en los Estados Unidos pueden andar como cowboys desbocados. Ya Irán les está mostrando que, incluso ellos, que prepotentemente se siente invencibles, tienen límites. Por eso apuestan más por vencer a Cuba con su cerco numantino antes de arriesgarse a una aventura militar.
Pero esto son solo especulaciones. Quien tiene, desgraciadamente, la última palabra al respecto podría ya, a estas alturas, estar planeando alguna nueva salvajada. Habrá que cruzar los dedos, pero, sobre todo, como hacen los cubanos, prepararse para cualquier posible situación.

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