En la dinámica del pensamiento único se impone la idea de que el modelo de sociedad capitalista neoliberal es el ideal. ¿Cuál es el resultado de esa perspectiva? La perennización del presente: quieren convencernos de que aquí a 200 o 500 años habrá shopping centers, mercado, bolsa de valores, competitividad, porque nadie se atreve a imaginar algo distinto.
Frei Betto / Cubadebate
Vivimos hoy un proceso de deshistorización del tiempo. En esta crisis del tránsito de la modernidad a la posmodernidad resulta difícil consolidar valores como, por ejemplo, la ética. No existe proyección, prospección, estrategia, sin la concepción del tiempo como historia. Esta es seguramente una de las mayores herencias recibidas por Occidente. Corre ahora el peligro de descaracterizarse. Los griegos imaginaban un tiempo cíclico. Las cosas ocurren y se repiten. Y comulgaban con la idea de un destino implacable. Algo anterior y superior a mí traza el rumbo de mi vida. Y ese poder es inapelable.
Fueron los persas los primeros en percibir el tiempo como historia. Y los hebreos nos transmitieron, a través del Primer Testamento, la idea-fuerza de que el tiempo es historia. Entre los grandes pilares de la cultura contemporánea, tres judíos abrazaron la idea del tiempo como historia: Jesús, Marx y Freud. Jesús (ver mi Jesus militante: o evangelho de Marcos e o projeto político do Reino de Deus, Persépolis: Vozes, 2024) veía el tiempo histórico como construcción del Reino de Dios, y trazó un arco entre el principio, el Paraíso, y el fin, la escatología, el Apocalipsis. Gracias a esa herencia judaica, la visión cristiana le imprime historicidad al tiempo. Marx nos enseñó a entender mejor los diversos modos de producción al recatar sus historias. Y Freud, al trazar el mapa de los desequilibrios de una persona, recuperó su trayectoria, incluso explorándole los sótanos del inconsciente.
Cuando se percibe el tiempo como historia se dispone de una vara de la que colgar los valores. La vida adquiere sentido. Y ese es el bien mayor que todos buscan: un sentido que dote de razón a la existencia y, así, nos haga felices.
Para el profesor Milton Santos, nuestro proyecto de sociedad está anclado hoy en bienes finitos, cuando debería estarlo en bienes infinitos. La antinomia entre unos bienes finitos y un deseo infinito le produce frustración a quien centra en ellos su razón de existir. Centrado en bienes finitos, el deseo no encuentra satisfacción. Y añado a la luz de la teología: el apetito del deseo es infinito, porque tiene hambre de Dios.
Los bienes de la dignidad, la ética, la libertad son infinitos, como la paz y el amor. Carecen de valor de mercado. No pueden comprarse en la esquina. No obstante, intentan vendernos simulacros. La publicidad sabe que todos buscan la felicidad. Como no puede ofrecerla, intenta convencernos de que es resultado de la suma de placeres. El proyecto de vida se basa en tener y no en ser.
Cuando cesa la percepción del tiempo como historia, falta la plomada de los valores y, por tanto, se corre el riesgo de perder el sentido. En la dinámica del pensamiento único se impone la idea de que el modelo de sociedad capitalista neoliberal es el ideal. ¿Cuál es el resultado de esa perspectiva? La perennización del presente: quieren convencernos de que aquí a 200 o 500 años habrá shopping centers, mercado, bolsa de valores, competitividad, porque nadie se atreve a imaginar algo distinto. Cuando mucho, habrá innovaciones científicas y tecnológicas.
Ahora bien, quien conoce la historia sabe que Alejandro Magno soñó con la expansión perenne de su imperio. Los césares romanos ambicionaron lo mismo. En el Medioevo, la Iglesia creyó que había llegado el Reino de Dios a la Tierra. Hitler osó llamar a su proyecto el Tercer Reich, el reino definitivo de su conquista, y miren dónde fue a parar… Stalin tomó el mismo camino en la Unión Soviética. La pretensión de eternizar un momento histórico es una gran burrada.
Lo preocupante de nuestro momento histórico es que no hay una propuesta consistente y convincente contrapuesta al modelo neoliberal. Somos seres con una vocación visceral al sueño. Somos el único animal que no puede dejar de soñar debido a que somos incompletos y libres. Una vaca es feliz en su plenitud bovina; un perro en su plenitud canina; solo necesita la ración diaria y cariño, y se dice cuando nos contempla: “Pobres, tienen que asistir a reuniones, discutir de política, consumir noticias, enfrentar problemas familiares”. El helecho necesita muy poco para ser feliz: sombra y agua fresca.
Nosotros no. Signados por la carencia, nuestra plenitud solo se alcanza en el sueño, el amor o la mística. El sueño puede ser un proyecto político, un objetivo profesional, una vocación artística. Tenemos vocación de trascendencia: no nos bastamos.
La pérdida de la dimensión histórica del tiempo amenaza el verdadero carácter de la cultura. Cuantas más conciencia y densidad espiritual tiene una persona, menos consumista tiende a ser. Pero la cultura está cada vez más atada al consumismo. Pierde valor como factor de humanización para convertirse en mero entretenimiento. Existe una maquinaria publicitaria que no está interesada en formar ciudadanos, sino consumidores. Hasta el punto de que se extiende a la infancia.
Vivimos, pues, en una situación en que la vida vuelve a tener una dimensión cíclica, no histórica, lo que dificulta colocar la vara para colgar los valores. El sueño como utopía o proyecto ha pasado a ser casi una anomalía: “Tienes que aceptar esta sociedad tal como es”, insiste el pensamiento único.
La perennización del presente induce al síndrome de la eterna juventud. Como el presente es perenne, también nuestra existencia debe serlo. Se ejercita el cuerpo, no el espíritu. Hoy, envejecer es una falta de educación, engordar, ni se diga…
Mi generación –la de los idus de 1968—ahora se siente incómoda. Tantos sueños y sacrificios, canciones y manifestaciones, y la mirada altiva del Che iluminando nuestros ideales, para terminar con hijos que se drogan, detestan la política y, de la academia, solo conocen las de cultura física. Para algunos, el culto del cuerpo compensa la atrofia del cerebro. Queríamos cambiar el mundo y criar el hombre y la mujer nuevos; luchamos por el fin de la dictadura y salimos a las calles a festejar el advenimiento de la democracia; derribamos a Collor por corrupto; repudiamos a Bolsonaro por aspirante a dictador y, mientras tanto, Haití está aquí, y Gaza queda en la esquina, nadie ha ido a la cárcel por la masacre de Carandiru, no nacen flores en la puerta de la Candelaria, y sangran corazones en Vigário Geral, en los complejos de Penha, Alemão y Eldorado dos Carajás. Y hay tantas víctimas de balas “perdidas” …
¿La muerte de la modernidad merece una misa del séptimo día? No sería extraño que los periódicos publicaran el siguiente obituario: “Los señores Derrida, Lyotard, Deleuze, Baudrillard, Vattimo y Lipovetsky invitan al entierro de Descartes, Locke, Kant, Hegel y Marx”. Los padres de la modernidad nos dejaron como herencia la confianza en las posibilidades de la razón y nos enseñaron a situar al sujeto humano en el centro del pensamiento y a creer que la razón sin dogmas ni dueños construiría una sociedad libre y justa. Y nosotros, alumnos militantes de la calle Maria Antonia en São Paulo, o del restaurante Calabouҫo en Río, soberbios hijos dilectos de la razón moderna, nos resguardamos cómodamente en sistemas unitarios, concepciones totalizantes e ideologías sagradas, convencidos de que la filosofía nos redimiría de los males de este mundo, cuyo futuro era mera cuestión de geometría política.
Fueron Baudelaire y Gautier quienes hablaron por primera vez, en 1864, de la posmodernidad. Aferrados a la razón, no nos dimos cuenta de que es “la imperfección de la inteligencia” (Tomás de Aquino). Poco afectos al delirio y la poesía, no prestamos atención a la crítica romántica de la modernidad de Byron, Rimbaud, Burkhardt, Nietzsche y Jarry. Ahora miramos atrás y, ¿qué vemos? Los escombros del Muro de Berlín, una Estatua de la Libertad que tiene el mismo efecto en el planeta que el Cristo del Corcovado en la vida cristiana de los cariocas, el desencanto con la política, el ascenso de la derecha, el escepticismo con respecto a los valores. Nos invaden la incertidumbre, la conciencia fragmentaria, el sincretismo de la mirada, la diseminación, la ruptura y la dispersión. El acontecimiento parece más importante que la historia, y el detalle sobrepuja a la fundamentación.
No hay doctrina especulativa que resista la masacre de los sin techo, la impunidad de los asesinatos de sin tierra. Hegel estaba equivocado. No todo lo real es racional y viceversa. Fueron trabajadores quiénes lucharon por el derribo del socialismo en el este europeo y eligieron a Trump en 2024. Los Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y Alemania, otrora patrias de exilados, restringen la entrada de refugiados extranjeros. Las democracias funcionan para las elites y el pueblo no se manifiesta.
El posmodernismo se manifiesta en la moda, la estética, el estilo de vida. Es la cultura de evasión de la realidad. En realidad, no nos sentimos satisfechos con la miseria circundante, la hija que gasta más en artilugios adelgazadoras que en libros, y nos causa una profunda decepción saber que en Brasil la impunidad es más fuerte que la ley. Aun así, nos sentimos renuentes a tomar la decisión de participar en promover cambios. Retrocedemos de lo social a lo privado y, rasgadas las antiguas banderas, nuestros ideales se transforman en corbatas estampadas. Como canta Belchior: “Aún somos los mismos / Y vivimos / Como nuestros padres”. Ya no tenemos esperanzas de un futuro muy diferente. Muchos consideran anacrónico propagar la tesis de la conquista de una sociedad en la que todos tengan iguales derechos y oportunidades.
Ahora predominan lo efímero, lo individual, lo subjetivo y lo estético. Solo nos queda captar fragmentos de lo real y aceptar que el saber es una construcción colectiva. Nuestro proceso de conocimiento se caracteriza por la indeterminación, la discontinuidad y el pluralismo. La desconfianza en la razón nos impele a lo esotérico, el espiritualismo de efecto inmediato, el hedonismo consumista, en una progresiva norteamericanización de hábitos y costumbres. Estamos en pleno naufragio o, como predijera Heidegger, caminamos por sendas perdidas.
Este momento de sombras e impasses deja un vacío en la vida social que también es inmediatamente llenado por fuerzas adversas. No habría narcotraficantes si no hubiera enviciados con huecos en el corazón por la ausencia de afecto, de perspectivas, de realización profesional, o con las mentes atrofiadas por la falta de calidad de la enseñanza, de libros accesibles al bolsillo y de educación artística. Pero cuando el gobierno de un país recorta los presupuestos de la Educación, les paga mal a los profesores, no exige que la televisión –una concesión pública— contribuya a elevar el nivel cultural de la población, ¿qué hay de extraño en que una generación desheredada carezca de límites nítidos entre la policía y el delincuente, el corrupto y el profesional realizado, el derecho a la vida y el riesgo de muerte?
Sin el recate de la ética, la ciudadanía y las esperanzas libertaria, así como del Estado-síndico de los intereses de la mayoría, no habrá justicia, excepto la que el más fuerte se haga con sus propias manos al redactar leyes discrecionales.
1 comentario:
Muy grato leer tú explícito comentario amigo. Felicitaciones. Un abrazo.
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