sábado, 6 de junio de 2026

Del ambientalismo en Panamá

Si deseamos un ambiente distinto tendremos que construir una sociedad diferente. Comprender y asumir las responsabilidades que eso implica ya es la tarea mayor de todas las corrientes de nuestro ambientalismo, para contribuir desde sus logros de ayer al futuro del desarrollo humano en Panamá.

Guillermo Castro H./ Especial para Con Nuestra América
Desde Alto Boquete, Panamá

“El trabajo no es la fuente de toda riqueza.  La naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza material!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo del hombre.”

Karl Marx, 1875[1]

 

Aspiramos en estos tiempos a llegar a ser una sociedad próspera, inclusiva, sostenible y democrática. Cada una de esas cualidades se refiere a distintas facetas del complejo periodo de transición civilizatoria por el que atraviesa la humanidad entera. Cada una, además, es válida en sí misma, pero la plenitud de su sentido solo aflora por entero en su relación con las demás. Así, por ejemplo, la sostenibilidad de nuestras relaciones con el mundo natural está estrechamente asociada en la equidad en el acceso a los frutos de nuestra prosperidad, y en nuestra capacidad para garantizar la participación de todos en el gobierno de los asuntos de todos.
 
Ese conjunto de valores, por otra parte, ha venido a ser universal en el curso de la gran transición que vivimos, que se inició a fines del siglo XX y se prolongará de una u otra manera hasta mediados del XXI. En ese marco temporal, la sustentabilidad ha venido a estar estrechamente asociada a los problemas ambientales en su relación con la prosperidad desde la década de 1990, cuando tuvo lugar la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo y Medio Ambiente, celebrada en Rio de Janeiro en junio de 1992. A partir de allí, en particular, se popularizó la idea del desarrollo sostenible como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las de las generaciones futuras, mediante el equilibrio entre las dimensiones económica, social y ambiental del proceso general del desarrollo humano. 
 
La conferencia de 1992 catalizó un vasto proceso de formación del ambientalismo como una corriente política y cultural relevante en el mundo. Ese proceso se había iniciado a comienzos de la década de 1960 en el mundo Noratlántico, y vino a formalizarse en el sistema internacional a partir de 1972, con la Conferencia sobre el Medio Humano realizada ese año en Estocolmo, que entre otras cosas creó el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.[2]
 
De entonces acá el ambientalismo ha conocido formas de desarrollo e incidencia muy diversas en todas las regiones y sociedades del sistema mundial, con expresiones que van desde el conservacionismo más extremo hasta distintas tendencias del ecosocialismo, pasando por la lucha contra las secuelas socioambientales del colonialismo en el Sur Global y el proyecto de creación de una civilización ecológica en la República Popular China. Esto ha contribuido a la formación de campos político-culturales también muy diversos, que han dado lugar a la formación de nuevos ámbitos académicos que trascienden la vieja separación liberal entre las ciencias naturales y las humanas, como en los casos de la historia ambiental, la ecología política y la economía ecológica.
 
Dentro de ese marco general, el ambientalismo panameño inició su formación como movimiento social y objeto de política pública a fines del siglo XX. Emergían entonces las responsabilidades ambientales derivadas del Tratado Torrijos Carter, y se aspiraba a participar en la elaboración de la agenda ambiental global que encontraría expresión en la Carta de la Tierra aprobada por conferencia de Rio de Janeiro en 1992.[3] Aquel ambientalismo logró conectar nuestros problemas ambientales con los de la Humanidad entera; resaltó la importancia de nuestros ecosistemas para la biosfera; contribuyó a sentar las bases de nuestra cultura ambiental, y a fortalecer una institucionalidad ambiental entonces incipiente. 
 
Como era de esperar, ese proceso compartió algunas características de nuestra sociedad. Así, el ambientalismo panameño ha tendido a ser legalista, como nuestra cultura política; cientificista, como la cultura científica liberal positivista aún dominante en Panamá, y más cosmopolita que popular, al buscar su legitimidad en sus vínculos con organizaciones internacionales antes que con sectores populares del campo y la ciudad vinculados a crecientes problemas y conflictos socioambientales. 
 
Estos rasgos de origen permiten comprender el peso del conservacionismo – a menudo de carácter conservador en lo social- en la cultura de nuestro ambientalismo. Desde allí cabe entender que para comienzos del siglo XXI este ambientalismo no haya generado aún vínculos relevantes con campos y temas propios del saber ambiental como los antes mencionados, ni con el debate contemporáneo que demandan temas como el Antropoceno, el decrecimiento, la sostenibilidad del desarrollo humano y el carácter socioambiental de la crisis en nuestras relaciones con la biosfera, en el sentido en que lo planteara el papa Francisco en su encíclica Laudato Si’, de 2015.
 
Esto tiende a limitar el aporte del ambientalismo conservacionista a la transición hacia formas de interacción con la biosfera más favorables a la sustentabilidad del desarrollo humano en Panamá, que ya vive una circunstancia inédita en su historia ambiental. En efecto, el agotamiento de un modelo de relación con la biosfera sustentado en la explotación extensiva de ventajas comparativas como la posición geográfica y la abundancia de tierras y aguas, que data del siglo XVI, demanda hoy pasar generar los cambios sociales que permitan pasar al aprovechamiento intensivo de ventajas competitivas como la abundancia de agua, la de biodiversidad y las capacidades del territorio para la conectividad interoceánica, tan importantes en aquella “historia profunda” de 14 mil años que nos revelara el arqueólogo Richard Cooke.
 
Aquí conviene recordar que el ambiente es producido por las intervenciones humanas en la biosfera mediante procesos de trabajo socialmente organizados. Por lo mismo, si deseamos un ambiente distinto tendremos que construir una sociedad diferente. Comprender y asumir las responsabilidades que eso implica ya es la tarea mayor de todas las corrientes de nuestro ambientalismo, para contribuir desde sus logros de ayer al futuro del desarrollo humano en Panamá. Esta perspectiva de análisis, que vincula el cambio ambiental con el cambio social, apenas empieza a tomar forma entre nosotros, en circunstancias que aún limitan el paso de la denuncia al análisis y de la protesta a la propuesta.
 
Esto es de especial importancia para el análisis de la vida política de una sociedad que encara hoy importantes presiones para el cambio en sus relaciones tradicionales con sus entornos naturales, como las que se expresan en casos como la dotación de agua para el corredor interoceánico y el Canal, o del extractivismo minero en la región Centro-Occidental del Atlántico. A estos se agregan, además, los problemas derivados de las formas tradicionales de explotación extensiva de nuestros entornos naturales, que ya generan el deterioro de las principales cuencas hidrográficas del país, la degradación de suelos y las crecientes limitaciones en la dotación de servicios de gestión de desechos y de acceso al agua para el consumo humano en los principales centros urbanos del territorio.
 
Como cabe apreciar, el problema comparte la dimensión socioambiental que caracteriza a la crisis global con un rezago cultural que caracteriza a la sociedad panameña en particular, si se la compara con la situación científico-académica general y con las formas de expresión social, cultural y política de lo ambiental en la región. En estas circunstancias, conocer y comprender el origen de estas limitaciones, su impacto en la vida nacional y las formas más adecuadas para contribuir a superarlas constituye, ya, una tarea de primera importancia para la cultura ambiental en general y para la ecología política en particular en el caso de nuestra sociedad.
 
En ese conocer, y en el hacer correspondiente, será bueno tener presente que, en nuestra relación con el entorno natural, en particular del siglo XVI acá – y sobre todo a partir del XX –, ha tenido por objeto el crecimiento económico sostenido, no la sustentabilidad del desarrollo humano. Ha sido a partir de ese imperativo que han sido y son organizados en lo fundamental los procesos de trabajo que nos vinculan con la naturaleza. En la organización de esos procesos en función de las necesidades primordiales de nuestra gente, y de nuestro aporte a la sustentabilidad del desarrollo humano en el sistema mundial, está la clave verdadera del problema a enfrentar por el ambientalismo panameño.
 
Alto Boquete, Panamá, 4 de junio de 2026

 

 


[1] Marx, Karl (1875): “Glosas marginales al programa del Partido Obrero Alemán” (Crítica del Programa de Gotha). Obras Escogidas en Tres Tomos. Editorial Progreso, Moscú, 1976. III, 9.

[2] https://www.un.org/es/conferences/environment/stockholm1972

[3] https://earthcharter.org/wp-content/uploads/2020/06/Libreta-Carta-de-la-Tierra-2020.pdf

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