El presidente de Estados Unidos está metido en un predicamento. Haga lo que haga con Irán, quedará mal. Mejor dicho, ya quedó mal. Le pasan estas cosas por prepotente, impulsivo e ignorante. Sufre de una egolatría enfermiza que le nubla el entendimiento y mete la pata frecuentemente, aunque lo de Irán es peor: ha quedado en evidencia la debilidad de la potencia que comanda.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
Donald Trump está desesperado porque no encuentra cómo librarse de la telaraña en la que ha quedado atrapado, en la que cayó él solo y que lo está hundiendo. Todos los días anuncia haber llegado a un pacto que pondrá fin a la guerra, y cada día es falso. Cada día promete que arrasará hasta los cimientos a su enemigo, y no puede.
Le ha pasado lo peor que le puede pasar a un gobernante, ya no digamos al que preside a la mayor potencia de la Tierra: ha perdido credibilidad, se le ve como a un fanfarrón, como a un pobre señor que ya no sabe qué hacer y por impotencia insulta y amenaza.
Al principio, hasta se podía especular que se trataba de una táctica para engañar al enemigo, que decía una cosa para hacer otra, pero no, era solamente que no sabía qué hacer, estaba perdido en su laberinto de amenazas, mentiras, insultos y contradicciones.
Lo peligroso es que se trata de una persona desequilibrada con un enorme poder militar a su servicio. En un pispás puede, realmente, ponerse a hacer mucho daño, tal como sucedió en la Segunda Guerra Mundial, cuando su país lanzó dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.
Creíamos que vivíamos ya en otro mundo, en el que ese tipo de aberraciones habían quedado atrás, pero no, ahí siguen estando presentes y se ostentan como signo de fortaleza, él y los suyos, ese equipo de prepotentes que le rodea, que como tienen el mayor ejército, el mejor armado y el más extendido por el planeta, creen que pueden hacer lo que les dé la gana.
En Irán, sin embargo, encontraron el escollo que tanta prepotencia no los dejaba imaginar. Que Irán resista y los haga rabiar y tronarse los dedos provoca satisfacción. Por fin alguien les dio un parado. Es la satisfacción que da el ver al matón del barrio vacilando y con el rabo entre las patas.
No se trata de confrontar modos de vida o regímenes políticos. Aquí nadie es el campeón representativo del mundo que querríamos para el futuro. Se trata de reivindicar tanta humillación impune que Estados Unidos reparte por el mundo. Aunque sea un poco de lo mucho que querríamos que se reivindicara. Que por lo menos haya alguien que no se deje, que se le pare y muestre que se puede resistir al gigante de las siete leguas.
Esto lo saben Trump y sus compinches, y por eso están tan atribulados, tan desorientados, cada día más mentirosos y cada día más frustrados porque desde el otro lado del mundo el otro una vez sí y otra también lo desmienten, tranquilamente, sin que se les mueva un pelo: “no, no es cierto”, dicen, y lo tildan de lo que es, un farsante.
Tal vez todos podríamos sacar alguna conclusión útil de todo esto: no basta con tener poder y fuerza si no se tiene una pizca de respeto por el otro, si se pretende arrollarlo para conseguir sus caprichos. Tarde o temprano aparece quien atraviesa el cuerpo y te hace morder el polvo. No hay prepotente malcriado y agresivo que no resulte, a la larga, frenado. Está, sin embargo, el problema de cuanto sufrimiento hay que pasar para, al fin librarse de él. Parece que en esas estamos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario