Vivimos una etapa de decadencia ética y moral, que debemos asociar a la entronización del sentido común neoliberal en el que prevalece el consumismo, el individualismo y el sálvese quien pueda.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
Mauro Entrialgo ha acuñado el concepto de malismo para caracterizar una tendencia contemporánea que tiñe nuestra cultura. Dice que consiste en la ostentación pública de acciones o deseos tradicionalmente reprobables con la finalidad de conseguir un beneficio social, electoral o comercial.
Donald Trump, quien es seguramente la personificación del malismo contemporáneo, dijo cínicamente en un meeting realizado en Iowa en el 2016: “podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”. Lo aplaudieron y vitorearon efervorizandamente. Para peores: es posible que tal exabrupto, en vez de ganarle reprobación, le haya subido la popularidad.
Entrialgo dice haber concientizado esta situación cuando el 11 de julio de 2012, la diputada del Partido Popular (PP) español, de derechas, Andrea Fabra, gritó estentóreamente “¡qué se jodan!” desde su escaño en el Congreso, mientras el entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, anunciaba recortes en las prestaciones por desempleo y, en general, el mayor recorte presupuestario acometido en la reciente historia de España.
Peor aun lo que siguió. El diario digital elPlural, de España, consigna en un titular del 30 de noviembre del 2012 que “Los diputados del PP 'se echan unas risas' y premian a Andrea Fabra por su 'ingenioso' "¡que se jodan!"” durante la cena de Navidad del PP con el premio «Emilio Castelar».
El ascenso de la derecha en la política latinoamericana contemporánea nos deja bastantes ejemplos de malismo. Javier Milei, en Argentina; José Antonio Kast, en Chile; el colombiano Abelardo de la Espriella; el anterior presidente de Costa Rica, Rodrigo Chaves, y la actual presidenta -autocalificada como continuadora del primero- Laura Fernández; el expresidente de Brasil, Jair Bolsonaro, se han caracterizado por ese estilo trumpiano que insulta y lanza improperios a diestra y siniestra contra cualquiera que considere su enemigo político, porque -como el mismo Entrialgo constata- mentir e insultar gana votos, tal como hace Donald Trump, cuando llama “cerdita” o “estúpida” a periodistas.
No se trata solo de ellos, sino de toda una masa exaltada, que remeda a ojos cerrados a sus líderes y los emula, principalmente en las redes sociales. En ellas ha aparecido una serie de influencers que se encargan de amplificar y renovar el discurso malista con recursos que van de la tergiversación de información a la invención de bulos.
En Estados Unidos el ejemplo más claro es el del influencer Charlie Kirk, quien murió asesinado el año pasado en el campus de la Universidad del Valle de Utah. Kirk, se caracterizó a lo largo de su carrera por proferir comentarios incendiarios y, a menudo, racistas y sexistas ante grandes audiencias, dedicándose a defender y articular una visión del mundo alineada con Trump y el movimiento MAGA. Kirk se dejó decir en público cosas como que si veía a un piloto negro, iba a pensar que ojalá estuviera cualificado, o que Estados Unidos alcanzó su máximo esplendor cuando detuvo la inmigración durante 40 años y redujo el porcentaje de población nacida en el extranjero al nivel más bajo de la historia, y que no debería tenerse miedo de hacer lo mismo ahora.
El malismo es también una ostentación de vulgaridad y mal gusto. Nuevamente Donald Trump es el ejemplo perfecto que ampara este paradigma. Lo que ha hecho en la Casa Blanca es un ejemplo perfecto: la renovación del despacho oval con todo tipo de decorados dorados y trofeos son una ostentación de estética de nuevo rico; la colocación de su retrato en la galería de expresidentes, pero más grande que la de todos los demás y, lo más reciente, la extravagante celebración de su ochenta cumpleaños en los jardines de la Casa Blanca, con un programa de lucha libre en un cuadrilátero gigante en cuyo derredor se sentaron miembros de la farándula norteamericana, socialités y (no podían faltar) los hombres más ricos del mundo, dueños de las más grandes corporaciones internacionales como Elon Musk y Mark Zuckerberg.
Estos exabruptos no nos son ajenos en América Latina. Solo recuérdese a Javier Milei dando conciertos de rock y profiriendo insultos gratuitos contra sus rivales políticos, o al ex presidente de Costa Rica llamando estúpido al presidente de la Corte Suprema de Justicia de su país. Son solo ejemplos tomados al azar de esta tendencia de la derecha política contemporánea.
Vivimos una etapa de decadencia ética y moral, que debemos asociar a la entronización del sentido común neoliberal en el que prevalece el consumismo, el individualismo y el sálvese quien pueda. Se expresa no solo en este malismo que aquí hemos presentado, sino tiene muchas otras expresiones en la cultura contemporánea que a muchos nos dejan perplejos, desorientados, como cuando pretenden hacer pasar un banano pegado con cinta adhesiva a una pared por obra de arte.
El antídoto es desarrollar el pensamiento crítico, ese que cada vez escasea más con la rebaja en la calidad de la educación y el embrutecimiento que provocan las redes sociales a las que se tiene acceso a través del teléfono celular y a las que todos estamos pegados el día entero.
¿Será acaso que estamos condenados a convertirnos en sociedades totalmente alienadas?

No hay comentarios:
Publicar un comentario