Lo que Donald Trump se propuso respecto a América Latina no se quedó en palabras vacías, y sistemáticamente ha venido desarrollando acciones para “recuperar” lo que su país considera su espacio natural de expansión y de sustento de su poder mundial.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
En nuestra opinión, la más fuerte impronta de los Estados Unidos en la actualidad política latinoamericana es el propio Donald Trump, su forma de gobernar, su estilo marcado por una comunicación directa en el que no se cuidan las formas y se utiliza la desinformación y la mentira sin rubor. Pero también su visión de mundo, propio de la nueva derecha, negacionista en temas cruciales como el cambio climático y reactivo ante todo atisbo de la agenda progresista que en Estados Unidos llaman woke.
Esa influencia de la figura de Trump y su forma gobernar es importantísima. Su ejemplo cunde entre los gobiernos que han llegado al poder en América Latina amparados en el ejemplo norteamericano. Ha provocado una polarización pocas veces vista, y ha empujado los límites de lo que se dice y hace desde el poder, que es aceptado como natural por la gente.
Pero también hay otras estrategias que los Estados Unidos implementa. Una, que no es exclusiva para América Latina, es la de los aranceles. Hay países, como Uruguay y Costa Rica, que creen que “portándose bien” no les caerá encima el cepo. En Uruguay -y sacamos a colación esto solo a manera de ejemplo- el presidente, que proviene de una de las más consolidadas coaliciones de la izquierda latinoamericana, aceptó y realizó una visita a un portaviones estadounidense que hacía gala del poderío imperialista en la zona. Fue criticado hasta por la oposición.
En Costa Rica, que no solo avalan sino alaban todo lo que emane de Washington, se sorprenden cuando quedan en los listados de suba de aranceles. Más vasallaje no pueden exhibir, pero sus tácticas no les dan resultado.
Por otra parte, están las estrategias estadounidenses en las que se muestran descarnadamente como el policía que pretende mantener el orden imperial en su patio trasero.
Dos son los casos más violentos: el de Venezuela y el de Cuba. Su jugada en Venezuela fue un verdadero golpe maestro, que posibilitó dejar bajo su tutela a uno de los movimientos de transformación social más destacados de América Latina. Hasta la famosa oposición venezolana anda desconcertada, y es evidente que, por lo menos hasta ahora, no tiene muchas posibilidades de llegar al gobierno: le es más funcional a Estados Unidos mantener a una fuerza organizada y con mayores niveles de unidad como el chavismo, que poner a algún miembro de esa oposición que es una olla de grillos y malandrines, y que no da garantías de que pueda administrar convenientemente el aparato estatal.
Una vez superado el caso venezolano, Estados Unidos pretende aplicar, con las variantes correspondientes por sus características específicas, una estrategia similar con Cuba, que no tiene el valor estratégico, desde el punto de vista de los recursos naturales, que tiene Venezuela, pero que es un símbolo de resistencia atravesado en la garganta.
Ya a Cuba no solo la han cercado energéticamente, sino están en proceso de expulsión de las transnacionales (españolas, canadienses y de otras partes) que tenían inversiones en turismo, minas, finanzas, etc. ¿Quién queda en el horizonte para “salvar a Cuba” ?: las empresas gringas. El mismo Trump dijo estar interesado en invertir en Cuba. Seguramente uno de sus sueños estrambóticos es ver una Torre Trump en el Malecón de La Habana, así como aspira a transformar Gaza en un paraíso turístico en el Mediterráneo después de expulsar a todos los palestinos. Porque toda esa parafernalia se reduce en esencia a eso: a la expansión voraz del capitalismo yanqui que no quiere competidores y los saca a como dé lugar con lo que le queda a falta de empuje productivo, la fuerza bruta.
Entre el presidente y su secretario de Estado, Marco Rubio, hay discrepancias, aunque el objetivo último de ambos sea tomar Cuba. Rubio tiene una agenda ideológico-política tributaria con su origen cubano y su base electoral en La Florida.
Por su parte, Donald Trump es un empresario pragmático que a lo mejor no sabe quién fue Den Xiao Ping -el artífice de la reorientación china en los años ochenta, a quien no le importaba si el gato era negro o gris, sino que cazara ratones-, pero la forma de alcanzar sus objetivos es similar.
Es decir, a Trump le da igual que en el poder estén los chavistas o el Partido Comunista cubano, lo que le importa es que las empresas norteamericanas se apoderen de los recursos que cada país pueda generar.
En otros países, como Honduras, Argentina o Colombia, le basta con apoyar a sus prosélitos para que las masas se vuelquen a apoyarlo.
El panorama de sus estrategias políticas orientadas a recuperar su patio trasero lo tenemos a la vista: una constelación de países alineados que, no por serlo, dejan de estar temerosos de los desmanes que emanan de la Casa Blanca, una política de garrote que le está dando resultados.

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