Casi la mitad de la humanidad está en cuarentena (de distinto grado o fase) desde hace cuatro meses. Nunca antes, en toda la historia humana, pasó algo parecido. Hizo falta una pandemia, de duración incierta, para que la humanidad llegue a la autoconciencia de que ya no es lo que fue (durante ¡miles! de años).
Mariano Ciafardini / Especial para Con Nuestra América
Desde Buenos Aires, Argentina

Nos hemos convertido en una gigantesca masa biológica, profunda, compleja y fluidamente interconectada, que se mueve como un organismo autopoiético, más allá de los caprichos geopolíticos, económicos o culturales de los agentes sociales e individuales (o precisamente a través de ellos) y genera sus propios anticuerpos defensivos. Es amarga la verdad pero hay que admitir que el planeta está enfermo. Y la pandemia del Covid 19 no es la verdadera enfermedad, sino el síntoma más palpable. No es tampoco el primer síntoma. Está la contaminación ambiental, el cambio climático, pero también la profundización a grados obscenos de la desigualdad económica y lo endémico de la pobreza extrema, que son la réplica, en lo social, de la irracionalidad que ha generado los otros desastres. Todo ello constituye un síndrome de grave crisis terminal, que se le hizo claramente patente a la humanidad en las últimas décadas y frente a lo cual se recurrió hasta ahora, en términos generales, a la imbecilidad de barrer la basura bajo la alfombra.