Javier Milei acaba de protagonizar otro escándalo político, esta vez de carácter internacional, cuando de visita en Brasil para respaldar el lanzamiento de la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro, insultó al presidente Luiz Inácio “Lula” da Silva.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
A decir verdad, no se trata de algo nuevo. Javier Milei ha protagonizado en el pasado hechos semejantes cuando ha acudido como invitado de formaciones de extrema derecha en países en donde gobierna el progresismo o la izquierda. En España, por ejemplo, lo han invitado Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, y el partido político Vox a través de su líder Santiago Abascal. En esas oportunidades y otras en las que ha llegado a España, no ha escatimado improperios en contra del gobierno español, lo cual ha llevado también al distanciamiento entre los gobiernos de los dos países.
El estilo confrontativo, en el que se insulta y descalifica al contrincante político no es, sin embargo, exclusivo de Javier Milei, ni se ha manifestado solo cuando sale de visita a otros países. El lenguaje escatológico, las frases altisonantes y el comportamiento agresivo ya forman parte del “estilo” de mandatarios y mandatarias, especialmente de extrema derecha, que responden de esta forma a lo que estudios serios determinan.
En primer lugar, que la población ha venido perdiendo confianza en las estructuras partidarias tradicionales, a las que identifica como corruptas y demagógicas. Partidos políticos de larga data, que en el pasado dominaron la escena política, han ido cayendo en la marginalidad y han ascendido a la escena política outsiders que se presentan como limpios de esos pecados. Políticos que dicen no serlo, de los nadie había oído hablar antes, irrumpen con una fuerza inusitada que los lleva hasta los puestos de mando gubernamentales.
En segundo lugar, que hay una creciente demanda de autenticidad por parte del electorado, es decir, de formas de comunicación que se consideran “directas”, sin los artificios del lenguaje político tradicional que es catalogado como hipócrita. De ahí que los estrategas que están atrás de las figuras emergentes actuales establezcan guiones en los que no escatiman frases y palabras ofensivas que se venden como lenguaje “sincero”, que antes de conformar un relato determinado arman contra relatos que construyen identidad grupal por la negativa; lo que amalgama es el rechazo al diferente, no un proyecto en común.
En tercer lugar, la ascendencia del deseo de una “mano dura” que ponga orden. Los mecanismos de la democracia liberal son vistos como demasiado lentos y laxos ante la creciente inseguridad. Se le reclaman castigos insuficientes, procesos demasiado largos, mucha atención a los derechos humanos, y se pide castigos prontos y ejemplarizantes.
Estas demandas sociales eclosionaron en la pandemia, que acentuó la desconfianza frente al Estado, al cual se le atribuyó la extralimitación de sus funciones cuando confinó a la gente en sus casas dejando a muchos en situación apremiante, cuando no se le hizo partícipe de teorías conspirativas según las cuales se dejó a la población a merced de intereses corporativos que lucraron con las vacunas.
Y, por último, pero con no menor importancia, la creciente presencia de las redes sociales (Facebook, X, TikTok, Instagram, Threads, etc.) que han revolucionado radicalmente la comunicación interpersonal e intergrupal, desintegrando jerarquías del conocimiento, democratizando la participación en la discusión social, igualando las opiniones de expertos y legos, y elevando la credibilidad de narrativas que no se preocupan de la fundamentación en hechos, pero capturan la atención con imágenes llamativas cada vez más generadas con inteligencia artificial.
Todo esto muestra que estamos viviendo una época que se caracteriza por el enojo y la decepción frente al sistema. Quienes cobran voz en las redes sociales y apoyan a estos nuevos políticos recién llegados son, en general, los perdedores de la globalización, las personas que quedaron por fuera del sistema económico actual y que no se siente representada por los partidos políticos y los políticos tradicionales, así que empezaron a aparecer los representantes de esa ira acumulada. Lo que ven en estos políticos que insultan, ponen apodos denigrantes y no cuidan el lenguaje es una representación de lo que ellos quisieran hacer con el establishment.
Seguramente en el pasado, esta sublevación de los que han quedado marginados habría sido canalizada por la izquierda, pero hoy lo hace la derecha, que establece no un vínculo racional, sino uno emocional. Podríamos aventurar la hipótesis que, a estas alturas, después de más de treinta años, estamos aún viviendo las ondas expansivas de la gran implosión de la URSS y el bloque socialista de Europa del Este, que dejó sin referentes e hizo cundir la decepción frente a las opciones de la izquierda mundial.
Estas figuras políticas de los outsiders pretenden polarizar a la población con este tipo de discursos y narrativas, aglutinando en torno suyo a su tribu, conformada por adeptos fanatizados a los cuales es imposible contradecir o tratar de convencer racionalmente, que rechazan emotivamente el pluralismo y la diversidad y utilizan conceptos y categorías vaciados de su contenido original y resemantizados con nuevos significantes, muchas veces amorfos y ambiguos, como es el de comunista (y sus sinónimos, como el que utiliza Javier Milei: zurdos de mierda).
El discurso brutalista, entonces, no es gratuito ni es producto de la “personalidad enferma” de un político determinado. Es un estilo al que, incluso, se le conoce su origen (el movimiento 5 Stelle -M5S- italiano), y que responde a inconformidades identificadas por estudios previos: la decreciente aceptación del sistema democrático, la creciente desconfianza en los partidos políticos, la simpatía por políticos de “mano dura”.

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