sábado, 8 de agosto de 2026

La derecha descree de su democracia y avanza

 La derecha, bajo la guía de Trump, actúa rápido, sin tapujos en la lengua; llega a nuestra ex América para violentarla, saquearla, militarizarla e imponer un régimen poco menos que totalitario.

Abraham Nuncio / LA JORNADA

Mientras el modelo estadunidense –identificado como el de la democracia emblemática– se mantuvo sin mayor novedad en Occidente, la derecha actuó dentro del marco legal que protegía y protege los intereses del capitalismo dominante con centro en Estados Unidos. Que las élites políticas se llamaran centristas, nacionalistas, demócratas, republicanas, democristianas, socialdemócratas y hasta revolucionarias, eso era lo de menos. La condición era que se mostraran obsecuentes a esos intereses. 
 
Durante la mayor parte del siglo XX, la derecha explícita y la que se mostraba con otros ropajes dominaron el panorama político de América Latina y el Caribe. A veces (muy pocas), en elecciones ejecutadas y escrutadas aceptablemente; otras, mediante trampas. Así conducidos, los países regidos por el capitalismo y administrados por sus personeros –políticos patrocinados por los dueños de bancos y empresas más grandes– obedecían a la lógica estadunidense que ha expuesto, como pocos, el filósofo Byung-Chul Han. 
 
Mientras que los partidarios de rojos o azules se despedazan por la victoria, “los mercados financieros no entran en pánico porque ya compraron ambos lados de la contienda, financiaron al candidato que promete orden y al que promete cambio, al conservador y al progresista, al del establishment y al outsider. La inversión no es ideológica, es pragmática... No importa quién se siente en la silla presidencial, las leyes que implican impuestos corporativos, regulaciones financieras y privatizaciones ya están negociadas en despachos donde tu voto jamás entró”. 
 
Los países de esta región del mundo no perdían, así fuesen dictaduras sangrientas, su calidad de entidades pertenecientes a la democracia libre, es decir capitalista, por contraste con los países socialistas reputados totalitarios por sus rivales ideológicos. Y los partidos que así se reclamaban eran marginales en términos de dirigencia gubernamental a través del voto. 
 
Pero la existencia de un solo país socialista, Cuba, y el éxito de la revolución sandinista en Nicaragua, eran suficientes para que el pensamiento de la derecha, en los think tanks (centros de investigación geopolítica e inteligencia) al servicio de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) y el Departamento del Estado advirtieran, desde los 80, que el contagio socialista había “oxidado el escudo de Estados Unidos”, como lo hacían ver los documentos del Informe Santa Fe. En ellos se planteaba lo que iba a desarrollarse de inmediato: las bases de lo que sería el neoliberalismo, y lo que vino a ser la política exterior estadunidense 40 años después. No erraron. 
 
Entre los puntos destacados del Informe Santa Fe vale mencionar el referente a la necesidad de instalar gobiernos afines a la política estadunidense y la de desplazar del marco de la opinión pública a intelectuales con posiciones de izquierda, y ofrecer plataformas y tribunas a los de derecha. 
 
Lo que los creyentes de la simulación democrática no previeron es que surgieran partidos de izquierda, o parecidos a ella, que empezaran a derrotar a los partidos tradicionales. Tras el triunfo del partido Movimiento Quinta República y la coalición llamada Polo Patriótico, encabezados por Hugo Chávez, el fenómeno se repitió en varios países del subcontinente. Los gobiernos que formaron se distinguieron por prácticas y discursos distintos a los de los partidos alineados con Washington. La incomodidad de la oligarquía estadunidense crecía. Pero a la contundencia de China como imperio que le disputaba la hegemonía mundial, lo que en los 80 era la receta del control total de América Latina, en la tercera década del siglo XXI se ha convertido en el plato fuerte de la política exterior de Estados Unidos. 
 
Los gobiernos de izquierda y –transijamos– los progresistas actuaron como nuevos ricos de villorrio municipal. El bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por el libertador Simón Bolívar con la finalidad de integrar a los países de América Latina en una suerte de confederación, se conmemoró cuando su patria había sido objeto de un ataque en el que fue secuestrado el presidente Nicolás Maduro y su esposa, la diputada Cilia Flores; intervenida su soberanía y robado su petróleo, el territorio venezolano se halla bajo el control de Estados Unidos, el atacante. 
 
Esa agresión militar, sumada a los bloqueos y quebrantos al derecho internacional y los derechos humanos perpetrados por Washington, fue la gran prueba del provincianismo, la sumisión y la parálisis de los gobiernos de izquierda (y progresistas) que quedaban en el panorama latinoamericano frente a tan escandalosa intervención. 
 
Era de alguna manera previsible. Engolfados en un nacionalismo chato, incapaces de eludir las reglas del modelo de democracia simulada impuesto por Estados Unidos y maleables a su chantaje político y moral, esos gobiernos erradicaron la palabra socialismo que hoy, oh contrapunto, enarbolan con éxito varios líderes y gobernantes de Estados Unidos. ¿Proyectos de integración? Ahora a lo que asistimos es a una realidad irreversible: la balcanización de los países de América Latina cuyos territorios ya están señalados por el eje nazi-sionista de Estados Unidos-Israel. 
 
La derecha, bajo la guía de Trump, actúa rápido, sin tapujos en la lengua; llega a nuestra ex América para violentarla, saquearla, militarizarla e imponer un régimen poco menos que totalitario. Nada de medias distintas legales, discursivas, morales, humanas. La lógica de la motosierra es la fuerza: actúa rápida, efectiva y a la luz de todos.

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