sábado, 5 de febrero de 2011

América Latina: ¿qué viene?

Argentina, Bolivia, Ecuador, Venezuela: la pugna por los procesos de cambio sigue abierta y solo de la fortaleza y organización de los sectores populares dependerá qué rumbo tomen estos países en el futuro.

Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica

rafaelcuevasmolina@hotmail.com

El caracazo venezolano de 1989 marcó un hito en la historia reciente de América Latina. Fue la clarinada de que el aguante de los sectores populares ante las reformas neoliberales estaba tocando un límite infranqueable. De ahí en más se sucedió toda una serie de alzamientos que desembocaron más tarde en gobiernos de mayor o menor radicalidad, lo cual quiere decir mayor o menor acercamiento con la necesidad de construir modelos de desarrollo alternativos al neoliberal.

Mucho se ha discutido en estos últimos 10 años sobre el carácter de estos regímenes. Uno de los temas centrales ha sido el de si realmente han podido dar el salto hacia algo que podríamos llamar posneoliberalismo o socialismo (con el apellido que sea), o si solo se trata de gobiernos que, aunque le atribuyen una mayor importancia a las políticas sociales en sus programas de gobierno, éstas no alcanzan como para romper con el viejo modelo haciéndolo, incluso, más eficiente en algunos casos. Las ganancias récord obtenidas por los banqueros venezolanos en el 2010 sería un ejemplo de ello.

No se trata, claro está, de desvalorar los avances y los logros de estos gobiernos. Con ellos, en América Latina se ha inaugurado una nueva etapa que tendencialmente lleva en una dirección distinta a la del período de las reformas neoliberales. Pero ciertos acontecimientos recientes muestran que aquellos sectores sociales que fueron la gasolina que alimentó los movimientos que los llevó al poder del Estado están alertas y no necesariamente contentos.

Si, por ejemplo, algunos de los movimientos opositores, muchas veces violentos, de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Argentina, tienen tras de sí la mano siniestra de la derecha más reaccionaria, vinculada a los intereses norteamericanos en la región, otros no tienen ese cariz y responden más bien a la frustración por lo que interpretan como inconsecuencia de los dirigentes con los intereses y necesidades de los sectores sociales que los encumbraron.

El caso más claro es el del llamado gasolinazo en Bolivia. La ira popular fue la reacción ante una medida que fue interpretada como una traición. No solamente no se discutió previamente, sino que se impuso en circunstancias que recuerdan las peores prácticas de la política tradicional, un 25 de diciembre por la noche, cuando todo el mundo se encuentra en medio de las celebraciones de fin de año, con la atención volcada hacia cualquier lado menos la política.

Evo Morales y su gobierno han pagado caro este craso error político. Las encuestas muestran el derrumbe que ha tenido su popularidad. Tal vez esto signifique que, tal como el mismo Evo lo ha dicho en algunas oportunidades, el poder solo lo tienen prestado, es decir, mientras muestren y demuestren con hechos concretos que se encuentran encarrilados en una dirección coincidente con lo que dicen sus discursos.

En Venezuela también han aparecido signos que pueden leerse en el sentido que venimos apuntando. Las últimas elecciones legislativas fueron menos positivas para el oficialismo de lo que éste esperaba y deseaba. La oposición sigue disgregada y sin proyecto propio, pero aún así han logrado aglutinar a sectores descontentos que les han permitido mirar con cierto optimismo las elecciones presidenciales del año entrante.

Entendemos que la composición social de quienes se han manifestado en ambos casos es diferente. Los protestantes bolivianos tienen un perfil popular que no poseen los venezolanos; pero en ambos casos se pone en jaque a los proyectos que, en esta etapa de la historia latinoamericana, constituyen la punta de lanza en el proceso de búsqueda de modelos alternativo de desarrollo. Si hablamos de ésta como una etapa, también pensamos que pueden y deben venir otras, de profundización de los cambios, de mayor alejamiento del modelo neoliberal.

Lo que ha mostrado Bolivia es que la pugna sigue abierta, y que solo de la fortaleza y organización de los sectores populares dependerá qué rumbo tomen estos países en el futuro.

Centroamérica: la colonia que vive en la república

¿Estamos dispuestos los centroamericanos a sacrificar la democracia –a pesar de sus limitaciones, bien conocidas a lo largo de nuestra historia- por las promesas de seguridad (militarizada) y prosperidad económica de la utopía neoliberal?

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

(Fotografía: el golpe de Estado en Honduras profundizó la crisis de la democracia en Centroamérica)

Los resultados de una encuesta publicada en El Salvador por el diario digital Elfaro.net, traen de nuevo este tema a la discusión, pues concluyen que “solo una séptima parte de los salvadoreños valora la democracia como el sistema de gobierno preferible sobre cualquier otro, mientras que casi la mitad dicen que estarían dispuestos a apoyar un golpe militar si el país siguiera sin resolver sus problemas económicos y de seguridad pública”[1].

Sorpresivas como pueden parecer estas percepciones, en particular porque se trata de un país que sufrió un desgarrador conflicto armado, y que pagó un altísimo precio para dar pasos hacia la democratización del sistema político (como lo atestigua el triunfo del FMLN en las elecciones de 2009), lo cierto es que el salvadoreño no es un caso aislado en Centroamérica.

En los últimos años, y con cierta periodicidad, distintos estudios de opinión vienen coincidiendo en señalar la erosión constante de las valoraciones e imaginarios asociados a la democracia en nuestros países. Son multiples los factores que explican esta situación, pero resultan decisivos la pobreza, la desigualdad, las presiones que la sociedad de consumo ejerce sobre el individuo, y por supuesto, la frustración colectiva ante el incumplimiento de las expectativas de paz y bienestar que hace poco más de dos décadas auguraban los Acuerdos de Paz de Esquipulas, Chapultepec o Guatemala.

Ni los programas de ajuste estructural del Banco Mundial y el FMI en la década de 1980; ni la Iniciativa para las Américas de George Bush -padre-, lanzada en el contexto de la crisis del socialismo real, la trampa discursiva del fin de la historia y el espejismo de la globalización económica de la década de 1990; ni la negociación y firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos en los primeros años del siglo XXI: ninguno de esos proyectos, anunciados por la tecnocracia regional y los nuevos grupos de poder como soluciones casi mesiánicas, ha logrado satisfacer las necesidades del desarrollo humano integral en Centroamérica.

Hoy cosechamos los frutos de esa insatisfacción. Del fracaso de la farsa de la democracia neoliberal. Un estudio presentado a finales del 2010 por la Corporación Latinobarómetro, por ejemplo, ofrecía datos alarmantes: Guatemala (46%) y Honduras (53%) registran algunos de los porcentajes más bajos de apoyo a la democracia en América Latina. En Nicaragua, solo el 32% de los entrevistados consideró que se gobernaba para el bien de todos.

En Costa Rica, la preocupación por la delincuencia y la seguridad pública, considerados los problemas más importantes (38% de las opiniones emitidas), estimula un creciente mercado de seguridad privada y venta de armas, cuyo correlato se encuentran en las políticas de seguridad nacional del gobierno de Laura Chinchilla: articuladas a la guerra contra el narcotráfico y los planes estratégicos –marines incluidos- de Washington. También en la llamada Suiza centroamericana, se debilita la idea de la democracia como un sistema de gobierno entre iguales: para el 67% de la población costarricense, algunas personas y grupos logran tener tanta influencia sobre los gobiernos, que los intereses de la mayoría terminan por ser ignorados[2].

En un contexto así, el golpe de Estado en Honduras, en 2009, solo demostró que la democracia en Centroamérica reposaba sobre pilares muy frágiles: ante la organización y movilización popular, que insinuaba un proyecto politico de signo distinto al orden tolerado por los grupos dominantes –los tradicionales y los emergentes-, de nuevo el recurso fue la ruptura del orden por vías represivas, conservadoras y antidemocráticas.

Las raíces más hondas de esta problemática, si realmente quiere combatírsela y subvertir el actual estado de cosas, deben buscarse en la violencia coyuntural, provocada por la conjunción de narcotráfico y crimen organizado –por mucho tiempo arropados por el poder político que ahora se rasga las vestiduras al denunciar la penetración de los cárteles de la droga-; en la violencia estructural, propia de un sistema económico-productivo expoliador y depredador de la naturaleza, que atrae capitales, extrae trabajo, derriba las fronteras para las mercancías, pero expulsa seres humanos al infierno de la migración y el exilio económico; y por supuesto, se debe buscar en la violencia –real y simbólica- de la cultura dominante del poder: excluyente, patriarcal, clientelista, elitista, traficante de influencias, en apariencia democrática por sus procedimientos, mas no así por sus contenidos.

Casi dos siglos de historia “independiente” y de esfuerzos por la construcción de estados nacionales y sistemas politicos más o menos estables, que reconozcan los derechos elementales de los ciudadanos y pueblos, no alcanzan aún para construir una verdadera cultura democrática: en Centroamérica, la colonia siguió –y sigue- viviendo en la república.

Transformar radicalmente esa mentalidad, esa cultura colonial del poder y sus expresiones en todos los órdenes de la vida individual y social, es condición indispensable para aspirar a la construcción de una futuro diferente en la region. Porque a la democracia con todos y para el bien de todos, tendremos que llegar por caminos muy distintos a los que hoy impone el neoliberalismo.


NOTAS

[1] “Salvadoreños consideran sacrificable la democracia”, en Elfaro.net, San Salvador. 2 de febrero de 2011. Disponible en: http://www.elfaro.net/es/201102/noticias/3465/

[2] Corporación Latinobarómetro. Informe 2010. Santiago de Chile. Disponible en: http://www.latinobarometro.org/

La revolución árabe

La revolución árabe está en sus comienzos y puede llevar tiempo la definición de su futuro. Lo importante es que ya el pueblo ha probado el poder que la da tomar las calles y que nada a partir de ahora será igual.

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El mundo árabe, como América Latina en la década del 2000, parece también en camino de írsele de las manos a Estados Unidos. ¿Recuerdan las puebladas que derrocaron a capillas neoliberales en Ecuador, Venezuela, Bolivia y Argentina?

El orden geopolítico internacional podría recomponerse de manera radical a favor de los pueblos si las revoluciones que estallan hoy del Maghreb al Golfo de Adén –sobre todo la de Egipto- no son mediatizadas, diluidas o aplastadas a sangre y fuego. Con lograr lo último sueñan y trabajan a tiempo completo Estados Unidos, sus aliados europeos y especialmente Israel. Empavorecidos por los últimos acontecimientos, estos enemigos sempiternos de las masas árabes y de sus movimientos revolucionarios y progresistas pretenden ahora mostrarse como sus salvadores, mientras ganan tiempo para lograr un cambio “por arriba”, como intentan en Túnez, para que todo siga igual.

Su odio, ignorancia y subestimación de ese mundo y de sus refinadas culturas y gentes laboriosas no les permite entender los profundos valores morales y sentido de la dignidad arraigados en el alma de sus pueblos, ni el orgullo que sienten por héroes como Saladino o Nasser, ni que estén enterados de la responsabilidad mayúscula de Washington en el desmantelamiento del nacionalismo árabe, la feroz ocupación de Palestina por Israel mientras continúa armándolo y apoyándolo incondicionalmente, la demolición de Irak, la obstinación con que han implantado y sostenido gobiernos de fuerza serviles y corruptos e impuesto políticas neoliberales desde el norte de África hasta la península arábiga, siempre en nombre de la democracia. Para los egipcios y la calle árabe no han pasado inadvertidas las cambiantes y oportunistas declaraciones de Obama y su secretaria de Estado desde que el 25 de enero se inició el levantamiento popular. Entonces Clinton proclamó que la situación en el país de los faraones era “estable”.

Discrepo de los enfoques que sospechan de una teledirección por el imperialismo, a través de grupos juveniles amaestrados, del potente movimiento popular egipcio, y lo instan a modificar sus consignas exigiendo la partida de Mubarak por otras más radicales contra Washington, sus bases militares y el neoliberalismo. Además de que no es nueva la incrustación de grupos proimperialistas -casi siempre desenmascarados a la postre- en los movimientos revolucionarios, otras revoluciones auténticas, como la cubana, movilizaron a millones pidiendo la salida del tirano, libertad, y justicia y enarbolaron explícitamente, en el momento preciso, ni antes ni después de ser necesario, las banderas del antimperialismo y el socialismo hasta convertirse en inspiradora de las luchas sociales en todos los confines del planeta.

El pueblo es sabio, aprende el camino de la revolución sobre la marcha al enfrentar a sus enemigos –la inevitable contrarrevolución con la que habrá que batallar a muerte- y no necesita que se lo dicten desde fuera, ni siquiera con buenas intenciones. Aunque no haya líderes raigales a la vista, estos pueden surgir de las luchas de base, al igual que Evo Morales de los indígenas del Chapare, Hugo Chávez de las filas de los militares patriotas de rango medio, Lula del sindicalismo o Cristina Fernández del peronismo de izquierda.

La revolución árabe está en sus comienzos y puede llevar tiempo la definición de su futuro. Lo importante es que ya el pueblo ha probado el poder que la da tomar las calles y que nada a partir de ahora será igual. Mubarak podrá en el pataleo mandar sus esbirros de civil a ensañarse con los manifestantes, hacer que el ejército trate de desmovilizar las protestas o presionarlo a que las reprima, pero sus días en el poder están contados y las multitudes en la Plaza Tahrir serán mayores y más radicales mientras más traten Washington y sus aliados de evitarlo.

Las masas árabes quieren democracia, sí, pero en su acepción etimológica de gobierno del pueblo, una que no desea ser de elites como la occidental, sino en la que el pueblo de veras decida su destino. Y es que no ha habido mayores enemigos de la democracia en el mundo árabe que Estados Unidos y sus aliados. Ellos han impuesto a los tiranos de turno y fresco está el ejemplo del veto a Hamas, votado abrumadoramente por los palestinos, o a Hezbolah en Líbano, que por mucho que les pese es la fuerza política más popular del país de los cedros y, por cierto, inspiradora y ejemplo en muchos sentidos de esta gran revolución árabe.

América Latina: los retos del “Buen vivir”

La tensión entre desarrollismo y buen vivir no es sencilla de resolver. Exige combinar crecimiento y decrecimiento en diferentes esferas productivas y reproductivas y redefinir en términos de no explotación las relaciones entre zonas urbanas y rurales. Pero sobre todo requiere contar con fuerzas políticas, sociales y sindicales capaces de liderar la transición hacia modelos energéticos sostenibles, justos y combatibles con la preservación de la biodiversidad y de la soberanía alimentaria. Esto es un desafío para el Sur, pero también es un problema para el Norte.

Gerardo Pisarello / Rebelión

La apertura de nuevos procesos constituyentes en países como Venezuela, Bolivia o Ecuador ha sido un acontecimiento importante no sólo para América Latina sino también para el resto del mundo. Dichos procesos permitieron la irrupción en escena de un amplio abanico de movimientos sociales y populares marginados durante lo que Mariátegui llamaba las “repúblicas falseadas”. Pero también lanzaron al mundo el mensaje de que era posible plantear desde las instituciones alternativas al pensamiento único neoliberal.

La constitución venezolana de 1999, la ecuatoriana de 2008 y la boliviana de 2009 son en parte la cristalización de dicho proceso y definen una hoja de ruta novedosa para las sociedades donde se aprobaron. En razón de su origen popular, todas vienen animadas por un impulso regeneracionista, dirigido a romper con los regímenes elitistas, excluyentes, del pasado. Este impulso se traduce en la importancia dada a ciertos mecanismos correctivos de democracia representativa, como la revocatoria de mandatos, así como a nuevas formas de democracia participativa y comunitaria, no sólo en las instituciones sino fuera de ellas. LEA EL ARTICULO COMPLETO AQUI...

Manifiesto de Apoyo al Proceso Bolivariano en Venezuela

Por confiar en el carácter popular y democrático de la revolución bolivariana, por defender el derecho soberano del pueblo venezolano y de todos los pueblos del mundo a decidir su destino, salimos públicamente a manifestar nuestra solidaridad con el pueblo hermano venezolano, con su gobierno, y con el proyecto de cambios sociales en curso en aquel país.

ALBA Movimientos

Al pueblo de Venezuela

Al Gobierno del Presidente Hugo Chavez

A los movimientos sociales de Venezuela

Estimados compañeros y compañeras:

Hace doce años, el pueblo venezolano decidió cambiar el rumbo de la historia de su país y romper con la larga noche neoliberal y décadas de manipulación de una oligarquía que se saciaba con los recursos del petróleo, sin beneficiar en nada al pueblo.

El pueblo venezolano pagó el precio de la pobreza y de las desigualdades sociales.

El día dos de febrero de 1999, resultado de muchas movilizaciones populares, y de una masacre en Caracas que costó la vida de millares de ciudadanos, finalmente tuvimos una elección democrática y el presidente venezolano Hugo Chávez asumió la Presidencia de Venezuela, con el compromiso popular de refundar el país por medio de un proceso de transformación social, basado en la participación popular y en el rescate del papel del Estado como gestor de políticas públicas en pro de la mayoría de la población.

A partir de entonces, se inició un programa de erradicación del analfabetismo, la universalización del sistema primario de salud, la apertura de nuevas universidades, la democratización de la propiedad de la tierra en el campo y en la ciudad, y la construcción de un proyecto económico que use los recursos del petróleo para resolver los problemas del pueblo de vivienda, educación, salud, y acceso a la energía. Y asumió una vocación internacionalista de ayuda a otros pueblos, a través del proyecto ALBA, siguiendo el ejemplo de Simón Bolívar.

No basta que bajo la mirada y las reglas de la democracia representativa, Chávez y su proyecto de gobierno haya salido victorioso en 14 procesos electorales realizados desde este período. No basta que este gobierno haya admitido derrotas electorales como en 2008, cuando fue rechazado en las urnas el proyecto de reforma constitucional propuesto por el gobierno. Las empresas transnacionales, las clases dominantes locales y los intereses del imperio de los Estados Unidos, no se conforman con la pérdida del control del petróleo venezolano y con la pérdida de poder político. Por esto, durante todos estos años, han organizado una campaña permanente, sistemática, para descalificar el proceso, agrediendo al pueblo venezolano y a su presidente, como nunca sucedió antes en la historia del país.

Pero todavía reclaman que falta derecho a la opinión y a la libertad de expresión. Estas fuerzas derechistas, que mantuvieron al continente latinoamericano precisamente al servicio de los intereses del capital de los Estados Unidos, como ahora, perdieron el poder político en la mayoría de los países, y se articulan a través del control que tienen sobre los medios de comunicación. Usan los medios de comunicación de masas como su arma permanente para mentir, manipular, y atacar.

Esto viene ocurriendo no sólo en Venezuela, sino también en Brasil, en Argentina, y en todos los países de América Latina.

Por confiar en el carácter popular y democrático de la revolución bolivariana, por defender el derecho soberano del pueblo venezolano y de todos los pueblos del mundo a decidir su destino, sin injerencia del capital y de las fuerzas del imperio, por considerar de fundamental importancia el proceso de integración regional que viene siendo impulsado en América Latina en los últimos diez años, y que se concreta a través de UNASUR, del CELAEC, y del proyecto de integración popular del ALBA, salimos públicamente a manifestar nuestra solidaridad con el pueblo hermano venezolano, con su gobierno, y con el proyecto de cambios sociales en curso en aquel país.

En el año del bicentenario de la independencia política de varios países de América Latina, a pesar de la campaña de odio orquestada a partir de los medios masivos de comunicación contra Venezuela, reiteramos nuestro compromiso de realizar todos los esfuerzos para construir la verdadera integración de nuestros pueblos, y apoyar el ejemplo del pueblo venezolano, que inspirado en Simón Bolívar y el Che Guevara, José Martí y tantos otros, nos impulsa en la necesidad de unirnos en América Latina, para ayudarnos a resolver juntos los problemas fundamentales de nuestros pueblos.

Defendemos que haya un proceso de democratización de todos los medios de comunicación de masas en nuestros países, para liberar a nuestros pueblos de la manipulación y de su uso por los intereses de la burguesía y de las empresas que quieren retomar el control de nuestros recursos económicos.

Los pueblos de América Latina precisan caminar con sus propios pies, abriendo un mismo camino de soberanía política, económica, de control de sus recursos naturales, para construir sociedades más justas, democráticas e igualitarias.

Defender al pueblo venezolano de las agresiones que sufre, es defender a los pueblos de todo el continente.

Atentamente

Para adhesiones, dirigirse a: solidariedadelatina@gmail.com

Secretaría operativa de los movimientos sociales hacia el ALBA

Ecuador: Liberalismo

Recordar a Eloy Alfaro y al liberalismo ecuatoriano ha pasado a ser un motivo de identidad con los procesos históricos más significativos en la construcción del Estado nacional.

Juan J. Paz y Miño Cepeda / El Telégrafo

En América Latina, el liberalismo fue la corriente modernizadora del siglo XIX frente al conservadorismo. Ambas doctrinas fueron la base de las confrontaciones políticas, perduraron largo tiempo en la historia de la región y representaron fuerzas sociales distintas.

Mientras los conservadores estuvieron ligados a los intereses de los grandes terratenientes de origen colonial, los valores de la sociedad rural, los principios económicos del proteccionismo, el sentido cultural elitista (y menospreciador de los sectores populares y más aún de los indígenas), así como la tradición y la herencia hispánica; el liberalismo representó el ideal modernizador de las burguesías latinoamericanas y de las oligarquías vinculadas al comercio externo, por lo cual confiaban en el libre mercado y el fomento empresarial, los valores del positivismo y del racionalismo, la edificación de sociedades más igualitarias, con ciudadanos efectivamente sustentadores del Estado democrático y laico.

En varios países de América Latina el liberalismo se impuso en forma temprana, como ocurrió en Argentina, México y Chile desde mediados del siglo XIX. En Ecuador el triunfo liberal solo llegó en 1895, a través de una revolución popular y el liderazgo de un núcleo de intelectuales, políticos y caudillos, entre los que sobresalió la figura de Eloy Alfaro (1842-1912). Al explicar el origen del liberalismo ecuatoriano, uno de sus ideólogos, Abelardo Moncayo Jijón (1847-1917), sostuvo que después de la Independencia, que fue el punto de partida de la conquista de la libertad, el proceso fue interrumpido por el régimen gubernamental de Gabriel García Moreno (1821-1875), quien subordinó el Estado a la Iglesia Católica e impidió el desarrollo del pensamiento libre. Era preciso, en consecuencia, acabar con ese régimen. Pero como él y otros jóvenes liberales de la época vieron imposible un cambio, se comprometieron con el asesinato del caudillo conservador.

Con Eloy Alfaro, de acuerdo con Moncayo, se retomó el rumbo liberador inaugurado por Simón Bolívar, la figura cumbre de la independencia. Y solo entonces se hizo posible la conquista de las libertades soñadas.

El liberalismo en el poder (1895-1925) se reconocía como heredero de la gesta de la independencia y su continuador. Bajo ese espíritu, introdujo la libertad de conciencia y pensamiento, el laicismo, la separación entre Estado e Iglesia y, por primera vez, una legislación civil que incluyó el matrimonio y hasta el divorcio.

El liberalismo radical, que fue el que acaudilló Eloy Alfaro, despertó enormes resistencias de las capas tradicionales ligadas al poder conservador y de los sectores oligárquicos particularmente serranos. Bajo ese ambiente de reacciones Alfaro fue asesinado el 28 de enero de 1912. El hecho marcó la diferenciación entre el liberalismo radical y el liberalismo oligárquico que sucedió y que, a su vez, solo pudo ser superado con la Revolución Juliana (1925). Recordar a Eloy Alfaro y al liberalismo ecuatoriano ha pasado a ser un motivo de identidad con los procesos históricos más significativos en la construcción del Estado nacional.

Desafíos de la crisis boliviana

¿De qué lado nos vamos a colocar cuando las multitudes arremetan contra gobiernos y dirigentes de izquierda? En este punto no puede haber el menor cálculo en el sentido de a quién beneficia o perjudica la insurrección en curso. Estar con los de abajo es la única brújula en medio del caos.

Raúl Zibechi / LA JORNADA

A finales de diciembre se produjo un hecho sin precedente en la historia reciente de América Latina: el primer levantamiento popular contra un gobierno de izquierda, provocado por el aumento del precio de los combustibles decidido por el gobierno de Evo Morales. Es posible que sea el hecho político cualitativamente más importante generado por los de abajo desde el caracazo de febrero de 1989 contra uno de los primeros ajustes neoliberales en la región. Si esto fuera así, se abriría una nueva etapa en las luchas sociales en un periodo caracterizado por el alza generalizada de los alimentos.

La importancia histórica del caracazo es que fue la primera insurrección popular contra el modelo impuesto por el Consenso de Washington. Un paquete de medidas antipopulares fue respondido por cientos de miles en las calles, abriendo un foso infranqueable entre los de arriba y los de abajo. La insurrección de Caracas mostró que se podía derrotar el modelo si se desbordaban los cauces establecidos para la protesta social, entre ellos los sindicatos, convertidos en muros de contención de la rebeldía.

El nuevo periodo histórico fue seguido por decenas de levantamientos populares, empezando por el de Ecuador en 1990, que marcó una ruptura en las luchas sociales al instalar la agenda indígena de autogobiernos territoriales en el centro del escenario político. Desde ese año se sucedieron más de media docena de erupciones populares forzando la caída de tres presidentes. Los gobiernos de Rafael Correa y Hugo Chávez son consecuencia del nuevo protagonismo popular.

En Bolivia, tres grandes insurrecciones (2000, 2003 y 2005) jalonaron un ciclo de luchas que culminó con la elección de Evo Morales. Desde el subsuelo de las sociedades nacieron potentes movimientos que modificaron el mapa político latinoamericano.

Lo sucedido ahora es diferente. La reacción popular al aumento de la gasolina (72 por ciento) y el diesel (82 por ciento), difundida un domingo 26 de diciembre de noche, debió ser suspendida porque la creciente movilización amenazaba convertirse en estallido social. Fue en las regiones más evistas, aquellas donde el presidente cosechó más de 80 por ciento de los votos, las que se movilizaron contra la decisión del gobierno. El Altiplano aymara y las zonas cocaleras del Chapare fueron testigos de acciones colectivas que enfocaron la ira de la población contra los mismos que se habían beneficiado de un apoyo casi unánime un año atrás, cuando el presidente fue relegido con 64 por ciento de los votos.

Lo sucedido en El Alto es, tal vez, lo más importante. La ciudad aymara fue epicentro de la rebelión de 2003 y allí Evo obtuvo 81 por ciento de los votos. El 30 de diciembre la multitud atacó las sedes de las organizaciones que se pronunciaron en favor del alza de los combustibles, entre ellas la Federación de Juntas Vecinales, que protagonizó el levantamiento de 2003 contra Gonzalo Sánchez de Lozada, y la Central Obrera Regional (COR). También atacaron la alcaldía de la ciudad e incendiaron las casetas de peaje El Alto-La Paz, quemaron una bandera venezolana y retratos de Evo.

A finales de enero el instituto Ipsos difundió encuestas que muestran fuerte descenso del apoyo al gobierno. La popularidad de Evo cayó de 84 por ciento en 2007 a 36 por ciento en enero de 2011, y 56 por ciento de la población rechaza su gestión. El vicepresidente Álvaro García Linera, cuyo nivel de aprobación cayó de 46 por ciento en noviembre de 2010 a 29 por ciento, cosecha 71 por ciento de reprobaciones.

La rebelión contra el gasolinazo muestra cinco hechos significativos. El primero es que el movimiento popular no ha sido cooptado y mantiene su autonomía, pese a que hubo consistentes esfuerzos del gobierno por domesticarlo con políticas sociales que se resumen en transferencias monetarias. Lo que consiguió fue atraer a unas cuantas dirigencias, pero al precio de separarlas de sus bases, que han mostrado que no son simple masa electoral.

La segunda es que el ciclo de luchas se está relanzando contra los límites que impone el extractivismo. El intento de aumentar precios a los combustibles muestra que la nacionalización de los hidrocarburos fracasó, porque se quedó en mera negociación de contratos con las multinacionales. Pero enseña además que el salto industrial que difunde el gobierno no ha pasado de las declaraciones y que no se discute un modelo económico alternativo.

No haber consultado a la población y a los movimientos y el modo en que se emitió el Decreto 748, demuestra que no existe ni refundación ni descolonización del Estado, ya que se aplicó una medida neoliberal con métodos neoliberales. Ésta es la tercera conclusión, que coloca todo el proceso boliviano ante una disyuntiva: o se reconduce rápidamente o tiene los días contados.

En cuarto lugar, es una seria advertencia a todos los procesos de la región, ya sean los tibiamente progresistas o los que se inscriben en el “socialismo del siglo XXI”. Hemos ingresado en una fase más aguda de la crisis del sistema-mundo, caracterizada por la tendencia al desgobierno y al caos que genera la combinación del alza de las materias primas y la desarticulación geopolítica global. Los sucesos de Bolivia y los del sur de Chile se van a repetir y pueden arrasar cualquier gobierno, aun aquellos que tienen fuerte apoyo popular.

Por último, es necesario hacer una opción ética. Cuando los de abajo atacan y destruyen los locales de “sus” organizaciones es porque los diques de contención de la protesta social están rotos, o son tan frágiles que no pueden impedirla. ¿De qué lado nos vamos a colocar cuando las multitudes arremetan contra gobiernos y dirigentes de izquierda? En este punto no puede haber el menor cálculo en el sentido de a quién beneficia o perjudica la insurrección en curso. Estar con los de abajo es la única brújula en medio del caos.

El escenario electoral peruano

Entre los grandes negocios de las transnacionales y el control ideológico, monopólico y totalitario, de los grandes medios de comunicación masivos, se mueve el escenario electoral peruano, ya en marcha y que ha de decidir el nuevo presidente y los nuevos congresistas del país en abril próximo.

Lucía Mariana Alvites y Ricardo Jiménez / ALAI

El año recién pasado, una decena de transnacionales obtuvieron utilidades netas por 8 mil millones de dólares. Muy por encima de los sueldos y salarios totales y conjuntos de 12 millones de peruanos, casi el 42% del total de la población, en el mismo año. Según cifras oficiales, uno de cada dos trabajadores con empleo en realidad se inventa como puede ese empleo, y muchos ganan por debajo del salario mínimo legal, el cual a su vez alcanza apenas para cubrir apenas el costo de la mitad de la canasta básica mínima de sobrevivencia familiar.

Realidades estructurales del Perú actual que el férreo y totalitario monólogo de los medios masivos de comunicación ocultan bajo la alfombra de un publicitado y ejemplar crecimiento macroeconómico del 7% anual, que ya se ha visto quiénes exactamente son los pocos que lo disfrutan y quienes los muchos que quedan excluidos de sus beneficios. Crecimiento que además se debe casi por completo a la entrega de la propiedad de los cuantiosos recursos naturales del país a ese reducido grupo de transnacionales, cuya “inversión” se publicita como un gesto generoso y vital, al cual no se puede arriesgar a molestar con impuestos en beneficio del país, ni normas laborales ni ambientales, a pesar de que no genera sino muy escaso empleo y casi nada de desarrollo. Mientras apenas si existen políticas sociales públicas, la corrupción desatada roba 30 mil millones de dólares al año, según estimaciones oficiales de la contraloría de la república, y las grandes empresas adeudan al fisco, según cifras de los organismos oficiales, 25 mil millones de dólares, que simple e impunemente no pagan.

Al lado de estas realidades estructurales, interactuando con ellas, está el control ideológico, monopólico y totalitario, de los grandes medios de comunicación masivos, por un puñado de grupos propietarios, ligados a los intereses que disfrutan del modelo neoliberal mono exportador de recursos naturales. Banalizando y trivializando la vida cotidiana, empobreciendo la información, el análisis y la discusión ciudadana, instalando supuestas realidades y opiniones, satanizando a las figuras incómodas o peligrosas para el mismo, y lavando las de quienes lo representan y sostienen.

Entre estas dos grandes corrientes de realidad, se mueve el escenario electoral peruano, ya en marcha y que ha de decidir el nuevo presidente y los nuevos congresistas del país en abril próximo. 13 listas de alianzas políticas aspiran a ser las elegidas por un electorado de 9 millones de habitantes, la mitad de ellos en Lima, la ciudad capital, donde la opinión se muestra más conservadora, a diferencia de las provincias, especialmente del Sur donde predominan corrientes anti neoliberales. La estrategia de los sectores de poder es clara y persistente: evitar el riesgo de la elección anterior de 2006, en que un candidato neoliberal sacó casi la mitad de los votos; en esta ocasión todo el poder mediático está destinado a poner dos candidaturas de derecha en segunda vuelta. A ello apuntan las publicitadas encuestas que ponen al único candidato peligroso para el sistema, es decir, que siendo anti neoliberal cuenta con reales posibilidades de ganar, Ollanta Humala, supuestamente “estancado” en un cuarto lugar, tras tres candidatos neoliberales y pro imperiales: Alejandro Toledo, quien consolidó el neoliberalismo en período democrático, Luis Castañeda, ex alcalde neoliberal de Lima, y Keiko Fujimori, hija y continuadora del ex dictador que impuso a sangre y fuego el modelo en los años 1990’.

En los próximos meses se irá perfilando si es el crujido estructural que agobia a las mayorías o la porfiada ceguera de los sectores dominantes y su monólogo en los medios masivos de comunicación el que predomina. Lo que haga o deje de hacer cada cual en esta batalla electoral cobra especial relevancia en esta encrucijada del pueblo peruano que afectará sin duda el balance de poder en América Latina. Esto es importante de considerar, especialmente tomando en cuenta que 800.000 electores peruanos votan en el exterior, la mitad de ellos en países de América Latina.

Como en otra decisiva batalla librada también en territorio peruano, la de Ayacucho en 1826 contra el poder colonial español, conviene a los pueblos prepararse y avanzar “a paso de vencedores”.

México: El proconsulado

Las convicciones de que México forma parte de lo que llamamos hoy América Latina, y que sus ojos e intereses deben estar dirigidos hacia esa comunidad que con gallardía se opone al sometimiento, por lo visto han sido voluntariamente olvidadas o lo peor, postergadas por compromisos inconfesables.

Bernardo Bátiz / LA JORNADA

En su libro El proconsulado, publicado en 1939, José Vasconcelos fustiga con severidad a los gobiernos de Obregón y de Calles, especialmente a este último, por su sometimiento al gobierno de Washington, por la influencia y preponderancia del embajador Dwight W. Morrow quien, como revela el autor, actuaba como procónsul de su gobierno imperial.

Este nefasto personaje, Morrow, era un abogado al servicio del banco estadunidense JP Morgan metido a diplomático, y ejerció en el gobierno de Plutarco Elías Calles una influencia total, al grado de que los amigos y los enemigos del sonorense le reconocían más fuerza que a un secretario de Estado y lo aceptaban como el personaje más influyente en la política mexicana de la época.

Durante el imperio romano, un procónsul era el gobernador de una provincia sometida a la metrópoli; tenía el carácter de magistrado y la obligación de proteger los intereses de Roma y de los ciudadanos romanos en la provincia a su cargo. Vasconcelos, El maestro de América, con muchos agravios recibidos de Calles, destaca el paralelismo entre los funcionarios romanos y los embajadores de Estados Unidos en México; no hay que olvidar que hacía muy pocos años se había firmado entre los gobiernos de ambos países el llamado Tratado de Amistad y Comercio, conocido en México como los Acuerdos de Bucareli, por el cual el gobierno mexicano reconocía y se obligaba a pagar daños reales y supuestos a ciudadanos estadunidenses durante la Revolución y, lo más grave, aceptaba que el artículo 27 constitucional, en lo referente al petróleo, no podría aplicarse retroactivamente a las compañías petroleras de ese país.

Las justas y oportunas recriminaciones de Vasconcelos podrían, en nuestros días, hacerse al gobierno encabezado por Felipe Calderón, por actuar ante el poderío estadunidense en forma similar. Entonces, uno de los plenipotenciarios de ese país, declaró: “México hizo un papel airoso para obtener el reconocimiento”; se refería a las relaciones entre ambos países que se habían roto unos años atrás. Hoy, Hillary Clinton felicita al presidente porque también está haciendo un papel airoso. Es la forma de calificar a quienes sirven bien a los intereses del vecino, con el que siempre hay que tratar con cuidado y con firmeza. Lamentablemente nuestro gobierno actual, al igual que entonces bajo la presidencia de Calles, no ha estado a la altura que debiera y no sólo acepta ciegamente los lineamientos y las indicaciones provenientes del norte, sino que, según ha revelado Wikilaeks, se ha atrevido a pedir auxilio expresamente para salvar un poco la cara de su régimen en el caso extremo de la fronteriza Ciudad Juárez.

Da pena ajena. Los signos vergonzosos son muchos: las visitas constantes de altos funcionarios de Washington a Los Pinos, las exigencias para que cumplamos al pie de la letra con el tratado de libre comercio y otros tratados leoninos, como el de aguas, pero sin que por nuestra parte podamos exigir el cumplimiento a la contraparte; basta recordar el caso de los camiones de carga mexicanos que no pueden circular por las carreteras allende la frontera.

Otro signo ominoso es la aceptación de la llamada Iniciativa Mérida, nombre inexplicable de lo que era originalmente el Plan México; por él se abre la puerta a la injerencia militar y de inteligencia en cuestiones de seguridad interna mexicana a cambio de préstamos en especie, ni siquiera decididos por la parte mexicana, sino determinados por funcionarios de Estados Unidos.

Felipe Calderón sin duda ha olvidado sus lecturas de Vasconcelos. No recuerda la insistencia y tenacidad de este destacado pensador, que defendió con gallardía el honor y la soberanía nacionales. El pensamiento de Vasconcelos influyó en la doctrina del Partido Acción Nacional, que ahora se encuentra arrumbada, pero que en su momento sostuvo que la nación mexicana es una realidad viva con tradición propia y con un claro destino.

Un párrafo que hay que echarles en cara a los panistas actuales, discípulos adelantados del priísmo, es el contenido en la declaración de Principios de Doctrina de 1939, que en uno de los párrafos del capítulo primero, denominado Nación, dice textualmente: “El desarrollo interno de México, su verdadera independencia y su colaboración eficaz en la comunidad internacional, dependen fundamentalmente de una celosa conservación de la peculiar personalidad que nuestra nación tiene como pueblo iberoamericano, producto de unificación racial y ligado esencialmente a la gran comunidad de historia y de cultura que forman las naciones hispánicas”.

Estas convicciones de que México forma parte de lo que llamamos hoy América Latina, y que sus ojos e intereses deben estar dirigidos hacia esa comunidad que con gallardía se opone al sometimiento, por lo visto han sido voluntariamente olvidadas o lo peor, postergadas por compromisos inconfesables.

Panamá: ¿Quién es el presidente Ricardo Martinelli?

Martinelli es la expresión extrema de una política fracasada que se instauró en el país hace 20 años después de la invasión militar norteamericana de 1989.

Marco A. Gandásegui, h. / ALAI

El presidente Ricardo Martinelli representa un fenómeno político original, que sintetiza todo lo viejo. Algunos lo llamarían una expresión transitoria. Su estrella podría mantenerse sobre el horizonte hasta que dure la presente crisis política panameña. Crisis que se manifiesta en el sentido clásico: Lo viejo se resiste a desaparecer y no deja que lo nuevo haga su aparición.

Es común que identifiquen ideológicamente a Martinelli y sus seguidores como conservadores. Es decir, ligados a los sectores tradicionales de los terratenientes (urbanos y rurales) y a la Iglesia católica. Martinelli ha demostrado con hechos que no comulga con esas ideas conservadoras.

Otros asocian a los actuales gobernantes con ideas fascistas. Quienes levantan las banderas fascistas se identifican con ideas nacionalistas en el marco de una alianza populista que subordina a las masas urbanas al liderazgo de los grandes capitalistas. Este tipo de alianza suele ser encarnada por un líder “carismático”. Martinelli rechaza toda identidad nacional y no pretende cooptar a los sectores populares. Al contrario, su ideología es anti-nacional y no pretende darle dirección alguna a los sectores populares.

Otros ven a Martinelli en el campo neoliberal, política impuesta por EEUU entre 1983-2008. La ley “Chorizo”, derogada a fines de 2010, pretendía acabar con la capacidad negociadora de los trabajadores. El proyecto de ley minera actualmente ante la Asamblea de Diputados pone fin al estado de derecho en el país. También aumentó el impuesto al consumo (ITBMS) en un 40 por ciento.

El aumento impositivo ha multiplicado los ingresos del fisco. Esta política le parece sospechosa a los millonarios panameños y a EEUU. Entre los cables secretos enviados por la Embajada norteamericana a Washington se destaca uno que acusaba a Martinelli de no cumplir con los principios neoliberales al pretender cobrarle impuestos a los ricos. En realidad, Martinelli no encaja en lo que el Banco Mundial llamaría neoliberal.

Hay quienes señalan que la política económica de Martinelli es de “des-posesión”: Le quita el empleo a los trabajadores, las oportunidades de inversión a los pequeños empresarios y la tierra a los productores rurales.

Martinelli, entonces, no es conservador, tampoco es fascista, ni neoliberal. Entonces, ¿qué es el presidente de la República y hacia dónde conduce el país? Martinelli es la expresión extrema de una política fracasada que se instauró en el país hace 20 años después de la invasión militar norteamericana de 1989. En aquella época, sin mediar un estudio de la realidad panameña, se impusieron las privatizaciones, la desregulación y la flexibilización de la fuerza de trabajo. El objetivo inmediato de estas políticas neoliberales – al igual que en el resto del mundo – era transferir parte importante de las riquezas acumuladas por los sectores populares (los salarios y bienes de los trabajadores) a la clase capitalista.

Las estadísticas lo demuestran claramente. Mientras que en 1990 el 65 por ciento de la distribución de la riqueza producida por los panameños terminaba en los hogares de medio millón de trabajadores, en 2009 estas familias sólo recibían el 40 por ciento. En cambio, mientras que en 1990 el 35 por ciento de la riqueza nacional quedaba en los hogares de 20 mil familias acaudaladas, en 2009 había aumentado al 60 por ciento.

Las estadísticas presentadas en números fríos, sin embargo, no nos dicen lo que realmente ocurre en nuestras comunidades. Mientras que la extrema pobreza prácticamente no existía en Panamá, ahora el 20 por ciento de los hogares panameños vive en ese estado de miseria. En total, casi el 50 por ciento de los hogares panameños viven en lo que el Banco Mundial llama la pobreza. (El 40 por ciento de los trabajadores panameños son informales. Es decir, trabajan sin contrato y/o sin seguridad social).

El gobierno del presidente Martinelli no entiende lo que representan estas cifras. Los neoliberales decían que a mayor pobreza, producto de sus políticas, había que aumentar los programas “focalizados” para distribuir caridad a las comunidades más golpeadas. El Banco Mundial creó la “Red de Oportunidades” durante la administración de Martín Torrijos y con Martinelli ha generado la “Beca Universal” y los “100 para 70”.

Un país, sin embargo, no puede sobrevivir con estas políticas absurdas, depredadoras y especulativas. El neoliberalismo tuvo éxito en empobrecer a los sectores populares y a las capas medias, mientras enriquecía a los más ricos. Esa política hizo crisis a escala mundial y pronto hará igual en Panamá. Martinelli preside sobre un régimen transitorio.

La pregunta es ¿cuándo cederá lo viejo a las nuevas fuerzas sociales que todavía no emergen? ¿Quién es el sujeto (grupo social) nuevo que dirigirá ese proceso de reconstrucción?

La situación colonial de Puerto Rico es un asunto de América Latina

La víctima más emblemática y dolorosa de esta política adelantada por el gobierno federal de los Estados Unidos en contra del Estado de Puerto Rico, es la Ilustre Universidad de Puerto Rico, baluarte de la resistencia cultural y política de la juventud y los intelectuales borincanos contra la ocupación y colonización impuesta, desde hace más de 100 años, por los Estados Unidos de América.

Yoel Pérez Marcano / ADITAL

La crisis general en que se debate el sistema capitalista y, en particular, su epicentro imperial, los Estados Unidos, convierte a los pueblos y países coloniales en victimas principales de sus formulas draconianas de superación de la crisis, por cuanto acrecienta la explotación del trabajo, reduce la planta laboral, incrementa las tarifas de los servicios y los impuestos, mientras reduce las contribuciones para financiar los presupuestos fiscales necesarios para mantener el gasto publico social y, en especial, la atención de los sectores sociales especialmente vulnerables.

Esta fórmula colonialista de contención de la crisis del Capital está siendo aplicada por los Estados Unidos en el Estado de Puerto Rico, lo cual ha llevado a proyectar la reducción de hasta 30.000 puestos de trabajo en la Administración Pública, la reducción de los presupuestos de salud, educación y asistencia social y el incremento de los impuestos y derechos; decisiones que han empobrecido a miles de hogares boricuas y aumentado la mendicidad, la violencia social y del comercio de la droga, como estrategia de sobrevivencia de cientos de miles de jóvenes desempleados y sin futuro.

La víctima más emblemática y dolorosa de esta política adelantada por el gobierno federal de los Estados Unidos en contra del Estado de Puerto Rico, es la Ilustre Universidad de Puerto Rico, baluarte de la resistencia cultural y política de la juventud y los intelectuales borincanos contra la ocupación y colonización impuesta, desde hace más de 100 años, por los Estados Unidos de América.

Contra la Universidad de Puerto Rico, el gobierno colonialista de los Estados Unidos y sus agentes del gobierno anexionista de Fortuño, han lanzado una ofensiva dirigida a la privatizarla mediante el aumento descomunal de las matriculas, con el objetivo estratégico, no solo de reducir los aportes del Estado de Puerto Rico para garantizar el Derecho a la Educación de los sectores populares sino, especialmente, para limitar las posibilidades de ingreso de los hijos del pueblo, por cuanto ven en ellos, la nueva generación borincana, que bajo el ejemplo de Hostos, Alvizu Campos, Lolita Lebron Filberto Ojeda, se convertirán en la nueva generación que ha de sostener la lucha indeclinable del pueblo de Puerto Rico por la Soberanía y la Independencia.

Pese al aparato represivo del Estado de Puerto Rico y al apoyo de las agencias de inteligencia del gobierno federal de los Estados Unidos, el movimiento de los trabajadores al servicio del Estado y, especialmente, el combativo gremio de los electricistas, junto a los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, ya han cumplido un (1) año de lucha contra los despidos masivos, las privatizaciones del patrimonio del pueblo de Puerto Rico y el aumento de la matrícula universitaria, convirtiéndose tales luchas, en manifestaciones de resistencia contra el régimen colonial, por cuanto cada vez se hace más evidente para la Nación Puertoriqueña que las actuales circunstancias del país son inseparables del régimen colonial a que han sido sometido y que la única manera de superarlo es mediante la lucha por la soberanía y la Independencia.

Los pueblos de América Latina, que regaron con sangre su sagrada tierra para liberarse de la opresión colonial española en el siglo XIX, tienen conciencia de la importancia de sostener la defensa de los principios de Autodeterminación de los Pueblos y No Intromisión en los Asuntos Internos de los Estados, pero en los casos de los pueblos y países sometidos a situación colonial, conforme a la Resolución 1514 de la Asamblea General de Naciones Unidas, tales principios no pueden ni deben ser observados en el caso del hermano pueblo del Estado Puerto Rico, por cuanto el régimen colonial impuesto por los Estados Unidos de América constituye un estado de opresión que viola flagrante y continuamente los derechos de los pueblos sometidos a tan oprobiosa situación, careciendo de legalidad y legitimidad el Poder Colonial que ejerce sobre un pueblo que, conforme a la Ley Internacional, tiene todo los atributos para ejercer plenamente su Soberanía y Autodeterminación.

En esos términos, todos los Estados, pueblos y naciones de América Latina, no solo tienen el Derecho sino la obligación ética y política, de apoyar las luchas reivindicativas y anticolonialistas del pueblo del Estado de Puerto Rico y promover todo lo que sea necesario para aliviar las difíciles condiciones de vida impuestas por el gobierno colonialista de los Estados Unidos y el actual gobierno anexionista del Estado de Puerto Rico, reivindicando además, el Derecho Inalienable e Imprescriptible de la Nación Puertoriqueña de fundar un Estado plenamente Soberano e Independiente y unirse a la Comunidad de Naciones Hermanas de América Latina.

Ética y espiritualidad ante los desafíos contemporáneos

La cultura está comprometida con el destino humano. Ejerce un papel funcional en la historia. Situada en el sistema nervioso central de las civilizaciones, sintetiza los elementos necesarios para la acción y el funcionamiento de la sociedad como organismo vivo.
Armando Hart Dávalos / Cubarte y Rebelión

Patria es humanidad, sentenció el más excelso de los cubanos, José Martí, con lo cual proclamaba la irrenunciable vocación universal de nuestra patria. Ese concepto forma parte de la raíz y recorre el alma de la historia y de las esperanzas de Cuba.

En Cuba apreciamos los valores espirituales de la cultura universal y nos esforzamos por tender puentes de amistad y entendimiento común, a pesar de las distancias geográficas, porque sabemos que lo más importante es la identidad de sentimientos y la comunión de empeños en favor de la redención humana. 

Enumeremos los desafíos que enfrenta hoy la civilización occidental, un mundo al que no somos ajenos, puesto que con la globalización de la vida social y económica de los últimos años los problemas también se han globalizado. Hagámoslo desde una perspectiva cultural, en tanto estoy convencido de que es en ese campo donde se debate y decide el drama de la contemporaneidad.

Ahí está el reto que tienen ante sí la civilización y la cultura occidental. Sólo puede salvarse del caos y de la muerte exaltando sus más hermosas tradiciones humanistas y asumiéndola en todas sus consecuencias, es decir, no para servir al apetito insaciable de una parte de los individuos, sino para defender los derechos e intereses de todos. Esto se puede comprender y alcanzar si se estudia y analiza el profundo significado de una expresión martiana: Ser cultos es la única manera de ser libres. LEA EL ARTICULO COMPLETO AQUI...