Si deseamos un ambiente distinto tendremos que construir sociedades que sean diferentes en la medida en que sean un mismo tiempo prósperas, equitativas, democráticas y capaces de crear las condiciones necesarias para hacer sustentable el desarrollo humano.
Guillermo Castro H./ Especial para Con Nuestra América
Desde Alto Boquete, Panamá
“Fue de aquellos a quienes es dada la ciencia suma, la calma suma, el goce sumo. Toda la naturaleza palpitaba ante él, como una desposada. Vivió feliz porque puso sus amores fuera de la tierra. Fue su vida entera el amanecer de una noche de bodas.”
José Martí, 1882[1]
El 5 de junio, la conmemoración del Día Mundial del Medio Ambiente permitió comprender que, si bien el cambio climático constituye el aspecto principal de la crisis socio-ambiental que encaramos, ella tiene raíces que se remontan a las formas en que los humanos han venido organizando sus relaciones con la naturaleza al calor del desarrollo del mercado mundial, en particular del siglo XVIII a nuestros días.
[2] El objetivo mayor de esa organización ha sido, en efecto, la extracción masiva de recursos de los sistemas naturales, con destino a mercados distantes. Esto, a su vez, se ha combinado con la transferencia -también masiva- de los desechos resultantes del procesamiento y consumo de esos recursos al entorno natural, erosionando a un mismo tiempo la capacidad regenerativa de los ecosistemas así expoliados, y la de los ecosistemas que reciben los desechos para degradarlos y restituir sus componentes a la biosfera de la que hacemos parte.