La prueba de fuego decisiva para el discernimiento ético de la IA es la lucha contra las nuevas formas de esclavitud. Se trata no de renunciar a la tecnología o negarnos a las bondades de su desarrollo, sino de impedir que sea convertida en un arma en favor de las múltiples estructuras de opresión que persisten en nuestra sociedad.
Mario Patrón / LA JORNADA
Hace apenas cuatro años la inteligencia artificial (IA) irrumpió en la vida cotidiana de las sociedades; todo parece indicar que llegó para quedarse como una variable con enorme poder de incidencia en la configuración de nuestro modo de vida y, sin duda, como una expresión eminente de la revolución tecnológica que se ha producido en nuestro mundo desde finales del siglo pasado y especialmente en el siglo XXI. La novedad que ha provocado su llegada ha estado acompañada de admiración por las capacidades de esta herramienta, pero también de preocupaciones por sus alcances y por las previsibles consecuencias que traerá su uso en ámbitos como el económico, social, cultural, laboral y educativo, entre muchos otros.

