sábado, 30 de mayo de 2026

Magnifica Humanitas

 Magnifica Humanitas enriquece el marco de referencia para el discernimiento sobre la dimensión socio-tecnológica de la crisis actual, y abre un espacio para la búsqueda de la verdad sobre las contradicciones y conflictos en el mundo del trabajo que va tomando forma en el curso de esa crisis.

Guillermo Castro H./ Especial para Con Nuestra América
Desde Alto Boquete, Panamá

“la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir.”

León XIV, papa, Magnifica Humanitas


El papa León XIV ha dado a conocer su Carta Encíclica Magnifica Humanitas, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial.[1] Allí examina los retos de nuestro tiempo a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia – de la que dice que “no es un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino un camino de discernimiento comunitario” (MH, 27)-, con especial referencia a los riesgos y oportunidades que implica la incorporación de la Inteligencia Artificial a la gestión de los asuntos que atañen al desarrollo humano integral. 

 

A lo largo de una Introducción y cinco capítulos, la Encíclica discute el contexto global en que se inserta la Inteligencia Artificial en el proceso de transición que vive el sistema mundial. Ese proceso es examinado con especial detalle en los capítulos III y IV, titulados respectivamente “Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante la promesa de la IA”, y “Custodiar lo humano en la transformación. Verdad, trabajo, libertad.” El sentido de ese examen es establecido ya en la Introducción, donde se plantea que la tecnología

 

No debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica respecto a la persona; por el contrario, está arraigada en nuestra historia desde el principio, en cuanto es ‘un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre’. A lo largo de los siglos, el desarrollo tecnológico ha contribuido a una mejora significativa de las condiciones de vida de la humanidad; al mismo tiempo, cada etapa del progreso también ha puesto también ha puesto de manifiesto el lado ambiguo de instrumentos capaces de causar daño cuando no se orientan hacia el bien. Hoy, sin embargo, nos encontramos ante una situación nueva, en la que el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de la toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo: ‘Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma’. Las nuevas tecnologías abren un horizonte que se extiende en direcciones que, aunque intuibles, aún no podemos prever por completo. Esto hace que sea más complejo evaluar su impacto y sus efectos a largo plazo sobre la dignidad de las personas y el bien común.” (MH, 4)

 

Al respecto, Magnifica Humanitas plantea que la Doctrina Social de la Iglesia – en elaboración y actualización constante desde la publicación de la encíclica Rerum Novarum (Las Cosas Nuevas) por el papa León XIII en 1891 – ofrece el marco de referencia adecuado para esa evaluación de las cosas nuevas de nuestro tiempo, de manera que

 

No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento – la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa Común, la paz – y traduzcámoslos en prácticas de planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz. (MH, 14).

 

Dentro de ese marco de referencia general, la Doctrina Social de la Iglesia, dice, ofrece “al menos tres intuiciones” de especial pertinencia: “la conciencia de que las injusticia no se refieren sólo a los comportamientos individuales, sino también a las estructuras económicas e institucionales; el valor del principio de subsidiariedad, que invita a fortalecer el tejido asociativo y comunitario, evitando nuevas concentraciones de poder[2]; y el vínculo entre la dignidad del trabajo, la justa remuneración y la posibilidad real para las familias de llevar una vida humana digna”. (MH, 31) Desde esa misma perspectiva, añade que, en nuestra época, “marcada por nuevas formas de poder global y por desigualdades crecientes, son “especialmente significativos” tres principios: “la exigencia de que el derecho prevalezca sobre el interés, la conciencia de que las disparidades económicas son terreno fértil para las tensiones y la violencia, y el valor de un tejido asociativo capaz de mediar entre el individuo y el Estado.” (MH, 32)

 

Al respecto, Magnifica Humanitas plantea que, en el contexto de la revolución digital, el principio de subsidiariedad implica que el nivel superior “no es el Estado, sino todo gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico sobre las condiciones de la vida común”. En el caso de la IA,

 

El nivel que absorbe competencias, datos y capacidad decisional está constituido por empresas y plataformas, que definen condiciones de acceso, reglas de visibilidad, formas de relación e incluso oportunidades económicas. La subsidiariedad requiere que dichos procesos no se impongan desde lo alto de modo opaco y unilateral, sino que estén orientados al bien común mediante la transparencia, la responsabilidad y formas reales de participación (auditorías independientes, transparencia en los algoritmos, acceso equitativo a los datos, herramientas de apelación). (MH, 71)

 

En este sentido, un orden social justo en la era digital 

 

es aquel que garantiza a todos un acceso igualitario a las oportunidades, protege a los más pequeños y a los más frágiles, se opone al odio y a la desinformación, y somete a control público el uso de los datos y de las tecnologías, de modo que el criterio no sea sólo el beneficio sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos. (MH, 80) 

 

Esta visión se corresponde con la que propone la Encíclica con respecto al desarrollo humano integral, por el cual entiende “un proceso en el cual el crecimiento de las personas y de los pueblos abarca todas las dimensiones de la existencia y abre el futuro también a las generaciones venideras.” (MH, 82) Así entendido, “cuando pone en el centro a las personas y no la acumulación de bienes, y cuando se refiere también a los pueblos, no sólo a los individuos.” (MH,83) De este modo, se añade,

 

el desarrollo humano integral es el horizonte en el cual se han de leer las transformaciones de nuestro tiempo, incluyendo las de la revolución digital. Las innovaciones tecnológicas – incluida la inteligencia artificial – no son neutrales; pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión. Por eso han de ser examinadas con una pregunta decisiva: ¿contribuyen realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa Común y a las generaciones futuras? Es aquí donde los principios de la Doctrina Social se vuelven criterios de discernimiento… (MH, 85)

 

Disponer de esos criterios de discernimiento, y ejercerlos, tiene especial importancia en estos tiempos de transición histórica. En efecto, “toda transición real se produce a través de una discontinuidad: es desigual, fragmentaria y, a veces, conflictiva. Por tanto, no existe un modelo de cambio único, ni una solución global; hay territorios e historias que exigen respuestas diferentes.” Así, dada “la desigualdad que caracteriza a nuestro mundo, la difusión de la IA y de los sistemas computacionales produce efectos distintos en cada lugar”, y en cada uno de ellos debe ser planteado el problema en busca de las soluciones adecuadas. Por lo mismo, la transición en curso demanda “herramientas capaces de adaptarse: modelos articulados, experimentos locales, redistribuciones progresivas, nuevos derechos de acceso a los bienes esenciales. Sin perseguir una armonía abstracta, se trata de construir formas concretas de convivencia humana en la transformación”. (MH, 153)

 

En esta circunstancia histórica, plantea Magnifica Humanitas, recae una  responsabilidad particular “sobre quienes trabajan en el mundo de la investigación. Todos los protagonistas de este ámbito -científicos, empresarios, inversionistas, autoridades académicas, políticos, entre otros – 

 

están llamados a trabajar a trabajar con una lógica de transparencia y responsabilidad, manteniendo viva la conciencia del amplio marco en el que se inscriben los avances tecnológicos a los que contribuyen, incluidos los relacionados con la IA. Cuando uno se limita a mirar sólo a su propio sector, se engaña a sí mismo creyendo que realiza una tarea moralmente neutra y evita las preguntas sobre los fines últimos que orientan a determinados experimentos: así se corres el riesgo de cooperar, tal vez sin quererlo, en proyectos oscuros que alimentan nuevas formas de violencia, manipulación y dominio. (HM, 209)

 

Nunca ha sido tan importante como ahora la capacidad de discernir. Magnifica Humanitas enriquece el marco de referencia para el discernimiento sobre la dimensión socio-tecnológica de la crisis actual, y abre un espacio para la búsqueda de la verdad sobre las contradicciones y conflictos en el mundo del trabajo que va tomando forma en el curso de esa crisis. Todas las fuerzas progresistas tienen un lugar para sí en esa búsqueda, de la que depende que el conflicto socio-tecnológico adquiera la dimensión política que demanda su solución en la perspectiva de un desarrollo que sea sostenible por lo humano que llegue a ser.

 

Alto Boquete, Panamá, 29 de mayo de 2026



[2] De acuerdo al principio de subsidiariedad, “aquello que pueden hacer las personas, las familias, las comunidades locales y los cuerpos intermedios no debe ser absorbido por instancias superiores. Las instituciones de nivel superior deben reconocer, proteger y promover la libertad y la creatividad de los niveles inferiores, coordinando sus aportaciones para que cooperen eficazmente al bien común.” (MH, 68)

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