Murió La Doña a sus 95 años y a 47 de la desaparición de su hijo Jesús. Hoy la tierra abraza su cuerpo en Monterrey, en un México que le sigue debiendo mucho a ella y a tantas familias.
Tania y Pável Ramírez Hernández / LA JORNADA
Rosario Ibarra, La Doña, era una mujer que reía mucho: pese a la tristeza en sus ojos reía a carcajadas cuando valía la pena. Su casa era casi un museo en el que coincidían fotografías de sus nietos, objetos art déco, libros apilados, rosas y canastas con la correspondencia más valiosa y solidaria. Las fotos de Jesús también estaban ahí, incluida esa versión grande de cuerpo completo con la que descubrimos que también ella necesitaba no sólo fotos de su rostro sino dimensionarlo entero para sentirlo cerca.
