La tensión entre el futuro, el presente y el pasado genera un poderoso factor de interacción entre la cultura y sus expresiones en toda sociedad.
Guillermo Castro H. / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Panamá
“Siglos tarda en crearse lo que ha de durar siglos. […] Lamentémonos ahora de que la gran obra nos falta, no porque nos falte ella, sino porque esa es señal de que nos falta aún el pueblo magno de que ha de ser reflejo, - que ha de reflejar – (de que ha de ser reflejo). ¿Se unirán en consorcio urgente, esencial y bendito, los pueblos conexos y antiguos de América? ¿Se dividirán, por ambiciones de vientre y celos de villorrio, en nacioncillas desmeduladas, extraviadas, laterales, dialécticas…?”
José Martí, 1881[1]
En estos tiempos de transición, el lenguaje adquiere una importancia que puede llegar a ser decisiva en los procesos de formación de una cultura nueva, y de las conductas que la expresen. Tal ocurría en los tiempos de la juventud de José Martí, cuando empezaba a madurar un liberalismo democrático, opuesto al oligárquico – y colonial por su espíritu – entonces dominante en nuestras repúblicas.

